–El mundo entero conoce ya lo que aconteció durante la primera mitad del siglo XXI, ¿realmente vas a pedirme que te lo explique de nuevo?

–Por favor, profesor. No sé si acabo de entenderlo.

–Para que lo comprendas, debes familiarizarte primero con el concepto de air guitar.

–Me suena.

–El air guitar es un fenómeno que surgió espontáneamente, cuando miles de aficionados a la música, insatisfechos por su falta de habilidades instrumentísticas para emular a sus ídolos, empezaron a imitar la forma en que estos tocaban sus guitarras, eso sí, en el aire, sin instrumento alguno.

–Esos malditos jipis…

–Exacto. Al escuchar discos en sus hogares o en cualquier concierto, discoteca o bar musical, los practicantes del air guitar no tenían pudor en utilizar el brazo izquierdo suspendido en alto, como si sujetaran el mástil de una guitarra, y agitar la mano derecha sobre el vientre, como si rasgasen las cuerdas. Algunos incluso movían los dedos de las manos, arpegiando o pulsando trastes inexistentes. Los más osados también aporreaban la batería.

–Parecerían epilépticos.

–Y tanto. Para comprender el éxito que luego experimentó la práctica del air guitar, debes conocer sus atractivos. Miles de personas sin talento para la música, demasiado holgazanas como para querer dedicar su tiempo a aprender solfeo, armonía y técnica, feos como ratas, carentes del mínimo carisma que pudiera sostenerlos sobre un escenario, se sentían embriagados durante unos instantes por la misma sensación que invade a las estrellas del rock. Bastaba darles dos cervezas y ponerles Stairway to Heaven o Smoke In The Water o Sultans Of Swing o Sunshine Of Your Love. El fenómeno se extendió y se vio impulsado por las nuevas ideas acerca del arte que la revolución digital traía consigo, según las cuales ningún artista merecía ni tan siquiera ser pagado por lo que hacía.

–Esos malditos comunistas…

–Pronto los concursos de air guitar fueron más populares que los festivales de música, y los participantes elevaban sus ganancias por encima de las royalties de los autores y de los cachés de los instrumentistas de las canciones que fingían interpretar.

–Tiene sentido.

–El problema fue surgiendo en paralelo. Cuando a principios de siglo las personas empezaron a pensar que la política era tan indigna de ejercicio como la música y que era mucho más divertido y funcional imitar su práctica que practicarla. Primero la calle se llenó se asambleas y movimientos. Entonces aún existía una intención más allá del simulacro. Lamentablemente, tanto megáfono y tanta plataforma digital atrajeron como moscas a los que hoy hemos dado en llamar air politicians.

–No harían ningún daño.

–Siempre y cuando la gente no los tomara por verdaderos expertos en política, lo cual ocurría a menudo, pues no había una carencia de guitarra que desvelase la trampa. Aún así, lo peor vino más adelante, con el estallido de la cultura air. Pronto empezaron a verse por las plazas air philosophers, con el dedo índice en alto y moviendo los labios para simular un discurso mudo. Todos ellos tenían air students, que aplaudían sin llegar a chocar las manos de vez en cuando. No era extraño, por aquel entonces, que al llamar al fontanero llegase al hogar un individuo que no hiciera más que mover las muñecas en el aire, alrededor de una cañería, como fingiendo sostener una llave inglesa. Claro que el air plumber corría el riesgo de acabar en las redes de un air consumer, quien echaba la mano al bolsillo para extraer un monedero invisible del cual sacaba dos intangibles billetes de cincuenta y se los tendía al air plumber, esperando cambios.

Algún air ambulance driver fue a la cárcel por imitar a gritos la sirena de su vehículo ante un enfermo auténtico. Algún air patient fue a la cárcel por fingir un cólico nefrítico a gritos en la cabina de una ambulancia auténtica. Claro que estos criminales eran arrestados siempre que no cayesen en manos de un air cop, el cual les colocaría unas esposas imaginarias y los encerraría tras una puerta de barrotes inexistente, emulando el chirrido de los goznes con un tímido Ññññíiiiiiii. Aquellos criminales esperaban en plena calle con las manos a la espalda, sorprendidos, aguardando a que viniese alguien a decirles qué hacer, y finalmente, al esconderse el sol, se encaminaban a sus casas tremendamente confundidos. Claro que también podía uno ser inocente y, al iniciarse el alegato del abogado en el que había gastado sus ahorros, asistir impávido a un silencioso movimiento de labios del air lawyer ante el juez.

Las alarmas saltaron cuando un air convict que había establecido su etérea prisión en la Puerta del Sol, con retrete, incluso, pegado a la cama, murió en una huelga de hambre con la que pretendía forzar al Ministerio de Interior a concederle el tercer grado.

–Oh.

–Esto indignó a la air people (quienes simplemente fingían existir, con la absoluta imposibilidad de diferenciarlos de quienes efectivamente existían, pues, de hecho, la air people, más allá de su simulacro, existía) y de pronto unos air politicians de izquierdas, miembros del air parliament, promulgaron unas leyes para asegurar los derechos de los condenados en las air prisons. Y todo estalló.

–¿Qué estalló? ¿A quién le importaban las air prisons?

–Pues al gobierno auténtico, votado los auténticos votantes, y no por los air voters que recorrían los centros escolares introduciendo papeletas intangibles en urnas intangibles. Pronto temieron la fuerza de tanta imaginación y denunciaron un golpe de Estado imperceptible. El Rey (el verdadero, no alguno de aquellos air Kings que falseaban saludos en desfiles ficticios y entregaban premios ficticios a literatos ficticios en actos oficiales ficticios) firmó a petición del Parlamento el Estado de Emergencia. El ejército asaltó la calle.

–Esos malditos fascistas… ¿Y qué ocurrió?

–Pues que un innumerable ejército de air soldiers les hizo frente, sujetando fusiles de aire, apuntando y haciendo Pum con la boca. Por todo el país, air marshalls dirigían batallones ilusorios que avanzaban por montañas, llanuras y ciudades, y luego asistían a supuestas marchas de la victoria. Fue un desastre: el ejército auténtico afirmaba, con razón, que no localizaba enemigo alguno y que no podía tirar contra una pandilla de retrasados mentales, así que el Gobierno se echó atrás e hizo como que no había pasado nada.

–¿Y cómo se solucionó?

–Bueno, todo se arregló solo, simplemente, ignorando a los air. El fenómeno había cobrado tales dimensiones que quien se quejaba contra los air soldiers  ejercía de air striper y quien veía su libido frustrada por este practicaba el air Boxing. Lo real se mezcló con lo falso. Ocurrieron cosas importantes. Se aplaudió el descubrimiento de la air vaccine contra el air HIV por parte de un famoso air medical researcher. Se proclamó la air independece de air Euskadi y, al mismo tiempo, se celebró un plebiscito para unificar otro air Euskadi independiente con air España. Ganó el sí por gran mayoría. Gracias a la cultura air, todo el mundo ejercía, todo el mundo cumplía, nadie requería esfuerzos, la frustración quedó erradicada, la felicidad se generalizó.

–¿Y ahora?

–Las últimas investigaciones sociológicas dicen que el fenómeno air está casi extinguido. Pero es imposible comprobar si esas investigaciones sociológicas son verdaderas o simples air researchs para cualquier air institution.

–Así que podría seguir ocurriendo.

–Sí, pero como nadie podría distinguir el fenómeno, es como si no ocurriera.

–Y usted podría ser un air history teacher.

–Podría. Pero aquí está mi título.

–Está usted simulando que sujeta algo en el aire. Sin embargo en su mano no hay nada.

–Yo no estoy de acuerdo. Quizá sea usted un air university student y no puede resistir la idea de estar aprendiendo de verdad, por lo que finge no ver el título oficial que mantengo en majestuosa suspensión ante sus ojos.

–Quizá.

–Nunca lo sabremos.

–No, nunca.  

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.