El verdadero sueño americano según Calderón de la Barca

“Como buen americano, nací en el extranjero”
Daniel Alarcón: Sam, no es mi tío

Recuerdo claramente uno de los primeros días de clase que tuve en la Florida International University. Era verano de 2007 y un profesor, que dictaba un curso sobre el Siglo de Oro español, hizo un alto en su clase —algo inusual en él— y lanzó una pregunta que nunca olvido. El profesor se tomó la molestia de preguntarnos a todos y cada uno de los alumnos —una veintena, más o menos— de dónde éramos y cómo nos sentíamos. Las respuestas que escuché me hicieron pensar y me dejaron agradecida por saber quién soy y de dónde vengo.

Una chica contestó: “Yo soy hija de madre  italiana y padre español; nací en Venezuela y vine a vivir a EEUU a los quince años (ella tendría unos 35 años, más o menos). No sé de dónde soy”, concluyó turbada. “Yo nací en los EEUU, pero soy cubano”. “Yo nací en Cuba, pero soy americano”. “Y yo no soy americano ni argentino”, dijo otro. Cuando llegó mi turno, me sentí absolutamente afortunada porque dije sin duda ni turbación: “Nací en el Perú, soy peruana y moriré peruana”.

Recuerdo que me embargó un gran orgullo por tener la respuesta de algo que me resultaba obvio e incuestionable hasta ese momento, pero que para otros era realmente un big deal en sus vidas, ya que simplemente no tenían una nacionalidad definida. Porque la nacionalidad amigos míos, no es un papel que te diga de dónde eres, ni un juramento que hagas ante una bandera, ni siquiera es un lugar de nacimiento, sino es por sobre todas las cosas, un sentimiento. Y esta experiencia me llevó a otra conclusión:

A pesar de que ya tenía viviendo en Miami unos cinco años y que conocía la dinámica de la ciudad, nunca vi tan claro el espectro que hay dentro del grupo de inmigrantes que la conforman. Cuando hablan de inmigración nos ponen a todos en un mismo saco y en realidad somos una gama variada de gente con costumbres distintas, de estratos sociales diferentes, con modos de hablar disparejos y que vino por motivos diversos. ¿Qué tienen en común una muchacha venezolana, que terminó una carrera universitaria, que viaja en avión y con visa de turista y que vino por sentirse una outsider en su propio país,  con un inmigrante mexicano que cruza la frontera de forma ilegal y que lo único que sabe y conoce es el cultivo en el campo? Parecerá raro lo que voy a decir, pero no tienen en común ni siquiera el idioma, ya que las expresiones que utilizan y la forma de hablar son tan disímiles que muchas veces uno tiene que agudizar el oído para entender al otro.

Al mexicano lo veo como un verdadero héroe que, a pesar de la adversidad y las penurias, se juega la vida —literalmente— para salir adelante. A la muchacha venezolana la considero una persona con coraje y audacia, que deja el confort de su casa y de su familia porque su país no la incluye en su proyecto a futuro y tiene una sensación de no-pertenencia. Ella asume riesgos y decide tomar las riendas de su vida para cambiar su destino. El mexicano no deja mucho atrás, porque no tiene nada, pero se juega la vida; la venezolana lo deja todo —y tiene mucho—, simplemente porque se siente una outsider. Es extranjera en su propio país. En realidad ambos son héroes.

Así como los ejemplos citados, puedo hablar del argentino que decidió salir de Argentina a raíz de la crisis de fines de los noventa, cuando aún no necesitaba una visa para poder entrar a los EEUU, o del cubano que vino por razones políticas, o del colombiano que vino por seguridad y huyendo del terror. En este vademécum de inmigrantes podemos incluir categorías como la edad, el estrato social, la razón de la salida, la época en que salieron, el sexo, los que dejaron todo, los que no dejaron nada, los que vinieron aún menores de edad, sin tener voz ni voto en el asunto, y los que lo pensaron con detenimiento, etc y todas estas categorías se mezclan y entrecruzan entre sí volviéndolas infinitas. Es más, si quisiéramos afinar aun mas las divisiones podríamos decir que, dentro de un grupo de la misma nacionalidad, también podríamos mencionar sus distintos motivos y estratos sociales.

En busca de algo que nos unifique,  me dediqué a preguntar a mis amigos y conocidos por una respuesta en común, y todos coincidieron en mencionar el mítico “sueño americano”. ¿Será eso lo que nos une? ¿Pero que es el sueño americano?, pensé. Después de varias interviews, llegué a una respuesta que definió exactamente lo que era: el security de mi oficina me contestó: “Ay, Augustita, tengo dos trabajos, dos familias que mantener, una en Cuba y otra acá, y mi jornada laboral es de quince horas diarias. Estoy tan cansado que yo he alcanzado el sueño americano: todo el día tengo sueño”. Finalmente descubrí que el denominador común es el sueño, porque como diría Calderón de la Barca —autor que leí en mi clase del Siglo de Oro—, “toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”.

© 2013, Pedro Medina León. All rights reserved.

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Nació en Lima, Perú, en 1977. Es autor de los libros Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami, Lado B y Varsovia. Es editor de las antologías Viaje One Way y Miami (Un)plugged. En el año 2017 se produjo el cortometraje The Spirit Was Gone, inspirado en los personajes de su novela Lado B. Además es creador y editor del portal cultural y sello editorial Suburbano Ediciones. Como gestor cultural ha sido co-creador de los programas #CuentoManía, Miami Film Machine, Pido la palabra y Escribe Aquí –galardonado con una beca Knight Arts Challenge por la Knight Foundation Center-. También es columnista colaborador en El Nuevo Herald y ha impartido cursos de técnica narrativa en el Koubek Center de Miami Dade College. Estudió Literatura (Florida International University) con una especialización en Sociología y en su país Derecho y Ciencias Políticas (Universidad de Lima).