Esteban Lozano

 

                                                            “All art is quite useless”

                                                                               Oscar Wilde

 

La Humanidad había salido del siglo XX dando un portazo. Así lo sentí tiempo después. Pero aquel aciago día no fui capaz de dimensionar lo que estaba ocurriendo mientras lo veía “en vivo y en directo” por televisión, en una confitería situada en la tradicional Avenida de Mayo de Buenos Aires, sin dar crédito a mis ojos mientras las torres ardían y el humo enviaba un mensaje que la inmediatez hacía difícil decodificar: la realidad era demasiado impactante, demasiado terrible como para que la reflexión pudiera abrirse paso en aquel momento. Lo que estaba sucediendo empequeñecía las tragedias personales, las crisis financieras y el derrumbe de las bolsas, e incluso los hechos de sangre —individuales o colectivos— que uno viera recreados en el cine o sobre los que leyera u oyera hablar… La realidad había estallado ante los ojos de todos, y soplaba con furia a través de esa puerta carente de dintel —o con el cielo haciendo las veces de dintel— cuyos pilares las torres del World Trade Center constituían hasta el 11 de septiembre del 2001: una puerta que durante tres décadas (desde su construcción a comienzos de los ’70) había simbolizado las cumbres a las que Occidente podía aspirar y llegar; una puerta que agonizaba en la pantalla y que al cerrarse, al implotar, dejaría al mundo anterior a aquel día, a aquella mañana, del otro lado de la Historia, del lado del pasado irrecuperable, porque el mundo anterior a aquella mañana se había acabado para siempre, estaba clausurado. El 11 de septiembre del 2001 le había hecho un nudo a la línea temporal de la Historia…

Recuerdo haber pensado confusamente, mientras la primera de las torres se desplomaba: “aquí se termina nuestra Historia y comienza a escribirse otra: una que tendrá menos que ver con el progreso de la Humanidad que con los desesperados intentos de rescatar lo poco que pueda quedar de humano en el mundo que se inicia. Este es, a la vez, el epílogo del mundo de nuestros padres y, lo que es peor, el prólogo del de nuestros hijos.”

Antes y después hubo acontecimientos igualmente terribles, e incluso peores, pero el 11/S se ganó su puesto como el primer horror del recién nacido milenio: ingresamos a él con una bulliciosa fanfarria que celebraba la muerte y con una pirotecnia acorde a dicha celebración. Aquel día, mi fe en lo que llamamos humano se tambaleaba como las mismas torres gemelas. Hasta el 11/S yo creía, ingenuamente, en la salvación —individual o colectiva— por medio del arte. Poco antes había escrito estas palabras: “La salvación de la humanidad —si la tiene— vendrá de la mano del arte. Ninguna religión ni ninguna filosofía lograrán este cometido, porque mientras que la religión le impone al hombre condiciones y la filosofía lo lleva al punto de partida (saber que nada sabe), el Arte le habla al corazón, a la pasión, a la sangre —vale decir, al alma—, con un lenguaje que no es necesario entender sino sentir: es un código diferente, que nada tiene que ver con la fe ni con el éxtasis místico ni con la metafísica… Un alfabeto, sí, pero de un orden distinto, incorporado a nuestro ser a través de la herencia biológica; un alfabeto que construye palabras y frases —desprovistas de ortografía y de sintaxis— que encierran y transportan mensajes dirigidos al alma, y que el alma, y sólo ella, comprende…”

El segundo pensamiento que tuve con relación a lo que estaba ocurriendo se situaba en las antípodas de lo antedicho: “Oscar Wilde tenía razón —pensé— cuando escribió que todo arte es completamente inútil.” Nada nos redimirá —en caso de que merezcamos ser redimidos—, ni siquiera el arte. Entonces… ¿para qué escribir, para qué pintar y esculpir y componer y cantar si el mundo no necesita del arte sino de un sacerdote que le dé la extremaunción?

Creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, más o menos conscientemente, vivimos aquel día nuestro Apocalipsis personal, de bolsillo, por decirlo de alguna manera. Sólo cada quien sabe lo que sintió, y cuán cerca —o lejos— estuvo su ánimo del Apocalipsis al que hago referencia. Y no olvidemos que la palabra “apocalipsis, significa, en griego, revelación. Indudablemente, el 11 de septiembre del 2001 fue revelador: un día-bisagra, un punto de inflexión en la historia de la Humanidad, un puente en llamas: la fecha exacta a partir de la cual el mundo, tal como lo conocíamos —o lo ignorábamos, más bien: de ahí la revelación— fue un poco —o un mucho— peor, como cuando se nos muere un ser querido y la “alegría de vivir” (el escéptico que soy no puede evitar las comillas) de pronto se marchita como una flor olvidada. Es en momentos como el 11/S cuando la especie humana deja caer la máscara y muestra su rostro tal como es: sus facciones deformes son las de Dorian Gray en el retrato, la alimaña bajo la piedra, el cáncer que acecha agazapado y repentinamente se prodiga en acelerada metástasis. Nadie deja de recibir su ración de malignidad; nadie deja de convidar al prójimo con la propia. ¿Que el 11/S es producto del conflicto entre dos o más bandos antagonistas? Poco importa eso: el 11/S nace del hombre y para el hombre; es la consagración de lo peor de nosotros mismos; es el mal que nos habita y sale a dar un paseo bajo el sol; es nuestro certificado de autenticidad, nuestro verdadero código genético… ¿Hay algún entomólogo que pueda clasificar, con nombre en latín o en el idioma que le apetezca, la clase de bicho no en que nos hemos convertido, sino que somos? Hemos roto nuestro pacto con la Naturaleza haciendo de “nuestro” planeta un basural; de “nuestro” clima, un arma que se nos vuelve en contra; de nuestro propio cuerpo, un templo donde se rinde culto al vicio, a la perversidad, a la corrupción y a la hipocresía… “Mataos los unos a los otros” pareciera ser el mandato bíblico del cual somos depositarios a juzgar por el celo, la dedicación y la voluntad que ponemos en cumplirlo. Se nos ha habilitado para auto-destruirnos, y una vez más demostramos cuán diestros somos poniendo nuestra inteligencia al servicio de la muerte (por dar tan sólo un ejemplo entre muchos: en apenas tres cuartos de siglo, el hombre ha llevado a cabo más de 2.000 pruebas nucleares atmosféricas, subterráneas, estratosféricas y submarinas).

Cada hito, cada cuenta en ese abalorio que denominamos Etapas de la Historia está constituida por un hecho de sangre. Si nuevamente tuviésemos que ponerle un señalador al Libro de la Vida —el anterior, muy lejano en perspectiva, destacaba 1789; exactamente un siglo después nacía Adolf Hitler), la página marcada sería la que relata lo acaecido el 11/S.

Me gustaría aportar, en medio de estas oscuras líneas, una nota de esperanza, un tinte luminoso que delatase, siquiera pálidamente, un nuevo amanecer, pero creo que no tenemos remedio y, por lo tanto, tampoco esperanza. Más aún: creo que no merecemos otra oportunidad, ya tuvimos demasiadas y no supimos ni quisimos aprovecharlas. Nuestra vocación de fracaso ha triunfado. Si hoy el planeta fuese anegado no por un nuevo diluvio universal sino merced al efecto invernadero, sería un acto de justicia que esta vez el Arca fuese abordada únicamente por animales carentes de raciocinio (si es que podemos llamar raciocinio a esa cosa fría y resbaladiza que anida y repta entre las paredes de nuestro cráneo como si se tratase de las víboras de la Gorgona vueltas hacia dentro). Los hijos de Noé no supimos ponernos a la altura de las circunstancias: todo nos fue dado y todo lo hemos perdido. Por segunda vez nos hemos expulsado a nosotros mismos del paraíso, no alejándonos de él sino convirtiéndolo en este mundo en llamas que gira sobre su eje a 1.670 kilómetros por hora, se traslada alrededor del sol a 107.208, se mueve en torno al centro de nuestra galaxia a 792.000 y, junto con ella, se desplaza en el universo a 2.160.000, vaya uno a saber hacia dónde, para qué, y cuál es la prisa…

 

© 2013 – 2014, Esteban Lozano. All rights reserved.

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Con su primera obra teatral, “Los amantes de Shakespeare” (basada en una novela de su autoría), Esteban Lozano obtuvo en el 2012 el primer premio Monteluna de textos teatrales otorgado por el Área de Cultura de la Universidad de Huelva, España. Su primera obra, la novela “Procurar antes perecer” (biografía libre del corsario francés Hipólito Bouchard), obtuvo el Premio Novela Argentina otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación. El jurado, que la premió por unanimidad, estuvo conformado por María Esther De Miguel, Cristina Piña, Josefina Delgado, Orfilia Polemann y Oscar Hermes Villordo. Lozano es, además, autor de un volumen de cuentos, “HOLOween y otras historias del cercano mañana”, y de otras cuatro novelas: “Las crónicas madacasianas”; “El clan del Homo Lumpen”, “Las aventuras del Dr. Infante” y la citada “Los amantes de Shakespeare.” También es guionista cinematográfico. Ha escrito  “La garganta del Diablo”, “Cuando yo te vuelva a ver” (en colaboración con el periodista Gabriel Lerman), y “La casa del sol poniente” (en colaboración con el periodista y escritor Claudio Iván Remeseira), comedia dramática cuya filmación comenzará en el 2013 bajo la dirección de Guillermo Fernandino. Ha sido colaborador en los diarios “Ámbito Financiero” y “El Heraldo de Buenos Aires”, y en las revistas culturales “Temas” y “Lilith”, todas ellas publicaciones argentinas. En la actualidad se desempeña como Editor Asociado para “Luxury Road Magazine”, publicación bimestral panameña sobre lujo, arte y cultura. Previamente, Lozano fue Jefe de Redacción de “4W Magazine”, revista de características similares a la anterior.

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