Mario Reggiardo

elephantEn el 2003 los White Stripes pasaron de asomarse como una discreta banda de culto a ser considerados el dúo que salvó al Rock & Roll de su extinción.   Supieron aprovechar el hype generado por los medios: el uso exclusivo de tres colores (rojo, blanco y negro) infaltables en su ropa, fotos y portadas; la curiosa formación de solo batería y una guitarra (sin bajo); un líder que parecía Johnny Deep en trance y una limitada baterista de enigmática sexualidad.  Ambos de pelo negro, piel blanca casi transparente, como unos vampiros atractivos.   Muchos hasta ahora incluso siguen creyendo la historia que el mismo dúo lanzó cuando decían que eran hermanos y para ese momento resulta que ya estaban divorciados luego de su precoz matrimonio.

El punto de quiebre fue el lanzamiento de “Elephant”, su cuarto álbum.   Un año antes escogieron un viejo estudio en Londres de inicio de los años 60, para grabarlo durante 2 semanas y en 8 canales analógicos.  No se usaron computadoras durante el registro de las tomas, mezcla ni masterizado del álbum.  La banda mostró así su intención de comprometerse con la antigua tradición musical de los Estados Unidos de América.  Blues eléctrico que tiene mucho de garage-rock, proto-punk y country.   Robert Johnson, Loretta Lynn, Hank Williams y Led Zepellin transportados al Siglo XXI pero sin limitarse a la ortodoxia de lo retro.  El resultado tiene mucha personalidad y genera un amplio abanico de sensaciones.  Pone a bailar frenéticamente, revienta los oídos con riffs muy sucios, arrulla mediante baladas irónicas y juega con detalles antropológicos.

El álbum está expresamente dedicado a la muerte del “sweetheart”, a honrar la memoria de los seres queridos.  Cada canción es una historia sencilla sobre las relaciones humanas básicas: el amor de pareja (“I’m only waiting for the proper time to tell you that it’s impossible to get along with you”), el amor maternal, los problemas con un profesor, todo presentado con sutileza desde la perspectiva de un estadounidense de las zonas rurales.  Por eso encontramos líneas como “I’ve got your number written in the back of my Bible” o el track “Little Acorns” donde un locutor hace un anuncio de servicio público que acaba con White recomendando a las mujeres salir adelante de sus problemas como las ardillas y cortarse los risos antes de caer en los excesos de la modernidad.

El dúo rescata también la jerga sexual del blues del Mississippi en

Ball and Biscuit“, cuando White le propone a su chica “Let’s have a ball and a biscuit, sugar.”  Aunque también hay quienes piensan que “the ball” hace referencia a la cocaína y “biscuit” al MDMA, siendo mas bien una canción sobre el consumo de drogas: “We’ll get clean together/And I’ll find me a soapbox where I can shout it” es un tópico recurrente en las viejas canciones de blues.  En esta canción White también dice ser el “sétimo hijo”.  En el folclore estadounidense, el sétimo hijo de, a su vez, otro sétimo hijo, tendrá poderes sobrenaturales.  Y White ofrece esos poderes para salvar a su chica de la adicción.   En la vida real, White, por cierto, es el sétimo hijo de sus padres.

El mayor mérito de la banda está en haber logrado que millones de jóvenes empiecen a escuchar de nuevo rock en un mundo dominado para ese entonces por el hip-hop y el new-metal.  “Seven Nation Army” es la canción emblemática que hizo que la banda tenga al mismo tiempo un rotundo éxito comercial y el beneplácito de buena parte de la crítica.    El track es una canción paranoide donde White dice “I’m gonna fight ‘em off (. . .) They’re gonna rip it off.”    El riff de guitarra, tocado con la cuerda más baja, se convirtió inmediatamente en un clásico contemporáneo.   Con un sonido tenso y explosivo (algo que también ya habían hecho bandas como Pixies y Nirvana) White lanzaba una premonición de lo que se le vendría luego del disco: ni millones de personas juntas podrán evitar que él escape de la fama.  Y para refugiarse del barullo se irá a Wichita, al mismo estado donde queda Topeka, ciudad que forma parte del imaginario de su idolatrada Loretta Lynn, a quien años después White le produciría un disco.

 “Elephant” es un álbum demoledor a pesar de ser tocado por solo dos personas y donde la baterista apenas puede sacar ritmos básicos.  Pero si Meg toca la batería de modo tan simple –haciendo sonar a Moe Tucker tan virtuosa como James Bonham- es porque su rol es la de ser el soporte para que encima Jack despliegue todo su universo con su guitarra y voz.   “Elephant” marca el momento en el que el mundo conoce a Jack White.  Y si bien a muchos nos pareció muy sospechoso que un mes antes de su lanzamiento el álbum haya aparecido en una lista de los 100 mejores discos de todos los tiempos para la New Musical Express británica, finalmente resultó que sí estábamos ante un prolífico genio.  Meses después de la salida del álbum, la banda era escuchada por millones de personas en un rango que empezaba con adolescentes fanáticos y llegaba hasta los cuarentones escépticos.

Hoy he vuelto a escuchar ese disco y suena mejor que nunca.

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