Ya no existe el Under

 


Entrevista a Esteban Aldrete

El año pasado alguien me regaló el número veintidós de una serie de cincuenta discos artesanales grabados en México D.F. a las orillas del viaducto. La guitarra y la voz de aquella rareza sonora corrían a cargo de ‘El Hospital de México’ (Esteban Aldrete), quien firmaba como Nicolás, anticipando su muerte acústica con un “(Q.E.P.D.)”. Lo vería posteriormente incinerando diversos escenarios con las diferentes bandas en las que colabora: ‘Everything’, ‘Soledad’, ‘Pellejos’, ‘Nicolás’, ‘Palladium’ y ‘CZCDMX!’, sin saber que se trataba de la misma persona: el Tomás Belot de las alcantarillas o el Maurice Ravel del Noise.

Esteban Aldrete es un introvertido músico que desde hace tiempo se dedica a musicalizar los confines del Underground, mismo que ha dejado de existir para él, pues piensa que todo está expuesto con el Internet y sucede al mismo tiempo; infinidad de música a la espera de ser escuchada. “Uno puede grabar una canción aislado en casa y compartirla de manera virtual, a disposición de quien se interese a escucharla en cualquier parte del mundo”.

Un compositor cuyo talento pareciera estar tocado por dioses de sinfonías milagrosas, en él se concentra el misticismo, el esoterismo y la voz de los muertos, desplegada a través de riffs disonantes y sanadores, comunicantes; esos dioses no nacieron al azar, como escribe Antonin Artaud en ‘Viaje al País de los Tarahumaras’ (1975), sino que están en la vida como en un teatro y ocupan los cuatro rincones de la conciencia del hombre donde yace el sonido, el gesto, la palabra y el soplo que escupe la vida.

Charlé a fondo con Esteban Aldrete. Una plática que pasó por el tamiz y los recovecos del subsuelo, el arte sonoro, el cine y la literatura.

“La contracultura es un stand en la sección de juguetería del supermercado”, dice Fernando Savater, ¿cómo han sido todos estos años de nadar a contracorriente en las alcantarillas del underground?

Con el Internet ha cambiado el subsuelo y la manera en la que se organiza. Siento que ya no existe el under, pienso que todo está expuesto y sucede al mismo tiempo; infinidad de música a la espera de ser escuchada. Uno puede grabar una canción aislado en casa y compartirla de manera virtual, a disposición de quien se interese a escucharla en cualquier parte del mundo. Puedes encontrar música de distintas épocas, existiendo de manera simultánea en la red; un dato más en el infinito. Pero aún así, una vez arriba puede generar una reacción: quien encuentra lo que haz hecho y le agrada, lo comparte con más personas, así sucesivamente. Me ha sorprendido que gente me ha invitado a una tocada o ha sacado una cinta sólo porque lo han escuchado en línea. Mucha de la música que hago no está concebida para presentarse en vivo y dependo de la virtualidad para compartir ese trabajo. No puedo esperar a que alguien quiera editarlo para que circule el material. Todo está en la red gratis. Las veces que presento música en vivo es con ‘Soledad’; pues siempre ha sido un proyecto para escucharse en directo. Últimamente intenté llevar al ‘Hospital de México’ a ser un acto en vivo, pero siento que se disfruta mejor en casa, sin la distracción de ver a un músico en el escenario.

Posiblemente la primera gran obra de arte sonoro, fue el pabellón de la empresa Philips en la Expo de Bruselas de 1958. La marca holandesa contrató para mostrar sus logros tecnológicos al arquitecto suizo Le Corbusier. Este respondió con una frase ya famosa: “No haré para ustedes un pabellón, sino un poema electrónico, y un recipiente para contener ese poema: luz, color, ritmo y sonido unidos en una síntesis orgánica”. ¿Cómo conceptualizas el arte sonoro y qué representa para ti?

Uno de los elementos de ese pabellón fue ‘Poem Electronique’ de Edgar Varèse; la primera vez que la escuché fue en una compilación llamada ‘OHM: The Early Gurus Of Electronic Music (1948-1980)’, es increíble. No toda las composiciones de Varèse son así, al escuchar esa pieza me recordó a la música de ‘Planeta Prohibido’ (1956); hay algo de la música electrónica de esa época que la relaciono con el viaje al espacio, con imágenes de mundos fantásticos ajenos a la tierra. Músicos como Ursula Bogner, Raymond Scott —en especial los ‘Soothing Sound For Baby’ (1962)— y  Daphne Oram tienen un efecto similar sobre mí. Su música me transporta, estimula la  imaginación. 

Cuando escucho que alguien me habla de arte sonoro, yo me vuelco a pensar en Nicolás, una experiencia derivada de diversos ritmos secuenciales. Un proyecto que fue antologado en el cassette [Perdidos001] de Ediciones Conquista. ¿Es este quizás tu proyecto más personal y ambicioso?

Creo que ‘Nicolás’ es más tradicional en el sentido de que me preocupo por escribir canciones. Lo cual siento que lo aleja del arte sonoro que no tiene esa limitante. Trato de experimentar con diferentes maneras de construir una canción, también me preocupo por la letra, trato de experimentar con los sonidos al igual que con la temática de la letra en las canciones.

Pienso que el sonido secuencial que mencionas, es el de ‘Las Lomas II’ (Night People 2013) y posteriormente en ‘Prófugo En El Inframundo’ (cz2014). Decidí hacer esas canciones usando una caja de acompañamiento análoga KORG-PSS-50 de los años ochenta que me había pasado una amiga. A esta máquina le modificaba el sonido usando un par de pedales, añadiendo eco y reverberación. El sonido hace referencia a la música electrónica de la que hablaba anteriormente; todas esas canciones las hice con esa máquina, le saqué todo el jugo posible y agoté sus posibilidades. Ahora uso otros aparatos y por ende el sonido de ‘Nicolás’ ha ido cambiando.

¿’Nicolás hace referencia a Copérnico, por sus experimentos con las ondas sonoras?

Nicolás es mi segundo nombre, me llamo Esteban Nicolás. Pero también me remite a los interpretes como Emmanuel, José José, Raphael, etc… Siempre me ha gustado la forma como interpretaban sus canciones, veía muchos videos en donde aparecen cantando en escenarios abstractos, quería de alguna manera incorporar eso al imaginario de ‘Nicolás’.

Pareciera que la mayoría de tus proyectos están gobernados por el alcohol y su eufonía, ¿es así?

Cuando estoy haciendo música con amigos, es común que estemos tomando un trago, ya que vemos los ensayos como una celebración, la pasamos bien. Ayuda a soltarse, a dejarse ir, pero eso es todo, la música en sí es lo que me pone, es lo que más disfruto. Hay canciones en las que menciono al alcohol pero también me interesan otros temas, como la posibilidad de contactar a los muertos, los delirios internos, convertirnos en maquinas, etc.

¿Ya conocías a Emiliano Rocha Minter, el director de Tenemos la Carne (2016), con quien trabajaste en el soundtrack de dicha película?

A Emiliano no lo conocía, pero conocíamos a gente en común; un día me marcó para preguntarme si me interesaría participar en su película, a lo cual accedí una vez que tuvimos un par de reuniones y pláticas. Acabamos siendo amigos después del proceso de la película.

El periódico español El País define a Tenemos la Carne como una película visualmente potente y trasgresora, que hace apología del asesinato, la violación, el incesto, el canibalismo y la necrofilia. ¿Cómo la definirías tú?

Me parece que el cine tiene mucho tiempo de mostrar imágenes que incomodan, ha sido un vehículo para explorar esos territorios prohibidos, pero es tan sólo una puesta en escena, una ficción, no hay porque tomárselo en serio. Sólo hay que dejarse llevar por la película y después decidir si te gustó. Para mi es una película de fantasía.

¿Qué fue lo que le aportaste sonoramente a esta cinta?

En la película estuve trabajando junto a Emiliano desde antes que se filmara, él me daba referencias sonoras y me platicaba cómo se imaginaba las escenas. A partir de esas conversaciones, componía canciones y grababa sonidos de un sintetizador y se los mostraba a Emiliano. Una vez filmada la película seguimos experimentando hasta tener una maqueta para mostrarle al diseñador sonoro Javier Umpierrez; con él grabamos nuevas canciones y se mezclaron en su estudio. Al final fue un proceso largo, siento que estuve presente durante cada etapa de la película, ¡hasta salí de extra! Me dio una idea de todo el trabajo que se invierte en una producción, algo que nunca había vivido antes.

¿Qué autores te acompañan en tu proceso creativo, qué estás leyendo ahora?

Estaba leyendo ‘En Pos Del Milenio’ de Norman Cohn, ‘Misa Negra’ de John Gray, ‘Historia de Las Utopías’ de Lewis Mumford, ‘Solaris’ de Stanislaw Lem, ‘Caliban y La Bruja’ de Silvia Federeci, ‘Ubik’ de Phillip K. Dick y ‘El Hombre sin Cabeza’ de Sergio González Rodríguez. Ahora leo ‘A contrapelo’ de Joris-Karl Huysmans y ‘La Comisión para la inmortalización: la ciencia y la extraña cruzada para burlar a la muerte’ de John N. Gray.

¿Cómo fue trabajar con Natalia Beristáin en Los Adioses (2016), una cinta que narra la vida de Rosario Castellanos, y en la que trabajaste en la composición de la música?

En el poco tiempo que llevo trabajando en películas, he tenido la fortuna de colaborar con directores que me han tenido paciencia; facilitan la experimentación y gustan de tomarse el tiempo para hacer las cosas. Con Natalia fue muy agradable trabajar, más porque en este caso no escribí canciones con letra como estoy acostumbrado, fue pura ambientación con guitarras; lo vi como una oportunidad de hacer algo diferente, lo cual fue muy estimulante.

¿Qué escuchas en estos momentos?

Michael Garrison, John Bender, Laurie Spiegel, Kool Keith, Haroumi Hosono, Arthur Russell, Esplendor Geométrico, Steve Roach…

El padecimiento silencioso es el más funesto, decía Jean-Baptiste-Racine; tu tormento se propaga a través del ruido y las guitarras distorsionadas, ¿cuánto daño hay en tu música?

Disfruto hacer música, es algo que me produce inmenso placer, me suspende en el tiempo y me saca de la realidad, es un escape. Sólo la puedo ver como algo positivo, como algo que cura, nunca como algo que hace daño.

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Alfredo Padilla

Alfredo Padilla

Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador. Autor de los libros Una pastilla más para que pase el dolor (Ponciano Arriaga, 2015) relatos incendiarios y rabiosos, acercamientos a la música, aseveraciones psiquiátricas e historias de alcantarilla, Monólogos de un niño inconforme (Abismos, 2017) la anarquía explicada a los niños y Guadalajara Caníbal (Paraíso Perdido, 2017) crónicas, periodismo de inmersión y contraturismo en la perla tapatía.

Es colaborador de las revistas Letras Explícitas, Yaconic, Rolling Stone, Nexos, Noisey, Vice, Sabotage Magazine, Clarimonda, México Kafkiano, SOMA, Erizo, Revés y Diario Norte de Ciudad Juárez, así como de los fanzines Punkroutine y El vacío. En el 2014 obtuvo el Premio Manuel José Othón de Narrativa. Ha sido incluído en las Antologías Cuentos Fugitivos (Centro de las Artes San Luis Potosí / Coordinación de Literatura, 2009), Taller de Creación Literaria Vol. III (CONACULTA / Centro de las Artes San Luis Potosí, 2010), Cuentos Potosinos (Ponciano Arriaga, 2010), Lados B. Narrativa de alto riesgo (Nitro/Press / Ponciano Arriaga, 2015) y 17 Voces que dicen presente, antología del 4to. Encuentro de Narrativa Centro Occidente (Instituto Zacatecano de Cultura, 2015). Formó parte del Taller Literario de Zacatecas coordinado por Martín Solares.

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