Ventajas de viajar en tren

Antonio Orejudo

Editorial Tusquets

152 páginas

Hace apenas tres meses que la editorial Tusquets recuperó Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo, de la misma forma que antes hiciera con su primera novela Fabulosas narraciones por historias (Tusquets, 2007). Como nos gusta mucho Antonio Orejudo, aprovechamos que esta obra genial vuelve a estar de actualidad para dedicarle unas palabras.

Nos gusta mucho Antonio Orejudo porque defiende una literatura en la que la profundidad, la sensibilidad, la excelencia lingüística (vaya, la literatura, valga la redundancia)  van de la mano del humor. Vamos: que, si es con Antonio Orejudo, está bien visto morirse de risa y luego hablar de Proust con un poeta tuberculoso mientras se sostiene una copa coñac en el Café Comercial. Gracias a él, los más recalcitrantes obispos de la severidad literaria están obligados a reconciliarse con la diversión. De un tiempo a esta parte oigo a autores y críticos que parecen aborrecer de divertirse leyendo. Pues no, señores: cuando uno dice que se divierte leyendo no dice, necesariamente, que se divierta leyendo estupideces. Que a mí se me escapen carcajadas entre las páginas de Ventajas de viajar en tren no presupone que tenga que divertirme con las cien mil lámparas ultravioleta de El código Davinci. Ni tampoco presupone que no me divierta leyendo La montaña mágica, aunque con esta no me parta de risa, no. Yo me divierto leyendo, que es una cosa sana. Probablemente, si no me divirtiera leyendo, no leería. Vería la tele.

Ventajas de viajar en tren es una novela fragmentaria que funciona como un libro de relatos estructurado en torno al encuentro de una mujer, que acaba de dejar a su marido en el manicomio, con un psiquiatra que le contará la vida de sus pacientes. De ahí surge una espiral frenética de historias con la esquizofrenia y la paranoia como centro temático. Un conjunto de historias que le da a Antonio Orejudo la posibilidad de poner en práctica un variadísimo abanico de recursos. En Ventajas de viajar en tren, el humor es un vehículo de lujo para la literatura de primer nivel. Como ocurre con La conjura de los necios, algunas novelas de Eduardo Mendoza o las obras de Mihura.

Lo bueno de Ventajas de viajar en tren es (a diferencia de otras obras que, como su única ambición es hacer reír, no hacen reír)  la existencia de varios niveles de lectura: desde el nivel de quien solamente busca reírse con toda la caca y los chiflados y las salvajadas que salen en el libro, hasta el nivel de quien extrae una buena cantidad de ideas, verdades y asombros ante el buen hacer técnico de Orejudo (y que también se parte la caja, cómo no).

Porque hay, en Ventajas de viajar en tren, un acertado intento por hacer reflexionar al lector acerca de la verdad: qué es la verdad y cuánta verdad puede llegar a nosotros inserta en un mensaje que nos es transmitido. Qué ocurre cuando el mensajero da por cierto un mensaje que no lo es, o cuando el mensajero es alguien que no tiene en su cabeza los mismos parámetros de la realidad que tiene el receptor, o cuando el mensajero cree que es alguien que en realidad no es.

“Es cierto que todo aquello podía ser un cuento, palabras, pero es que si nos ponemos así, no hacemos nada en la vida; siempre nos sucederá lo mismo; que lo único que tenemos son palabras. Por eso es tan difícil averiguar la verdad algunas veces. No es que yo sea un nihilista, nada de eso; me limito a constatar un hecho. Lo único que dejamos las personas cuando nos esfumamos es un puñado de palabras. Pero una cosa son las palabras y otra muy distinta la verdad. Algunas veces coinciden y otras no”.

 Parecen dilemas muy simples, pero no lo son tanto cuando la lógica se retuerce en la enfermedad mental de los protagonistas. Se propone así una reflexión acerca de la verosimilitud, de la confianza en el testigo, que se puede aplicar a la confianza en el narrador o, más aún, en el escritor. Le gusta a Antonio Orejudo romper el pacto de verosimilitud con el lector, pero lo hace de forma irreprochable.

 “Yo el lunes que viene hace siete años y dos meses que dejé de leer. Antes sí que lía, leía un huevo, pero ahora, desde que leo con ojos de psiquiatra, no me creo una palabra, empezando por eso de que leer es como conversar (…) Además, la verosimilitud me aburre. ¿Para qué tanto esfuerzo en parecer real si todo el mundo sabe que no es más que un libro?”

Hay también, en Orejudo, una interesante forma de provocación. Provocar mediante el sexo explícito o la irreverencia religiosa o la violencia sanguinolenta, no nos engañemos, ya no provoca. Está superado, vaya. A nadie le escandaliza hoy día una escena pornográfica, aunque esté protagonizada por una monja y el obispo, ni siquiera si termina en un degollamiento colectivo. Sin embargo, Orejudo encuentra en la escatología una forma de hacer que muchos cierren el libro y otros nos sintamos orgullosos de no tener que cerrarlo, hasta la militancia (porque la provocación consiste en esto, ¿no?). Las páginas están llenas de mierda, sexo con mierda, mierda con mierda y coprofagia. Y, aunque sea difícil de creer, tengo que decir que tanta mierda resulta deliciosa.

“Pues claro, don Ángel, si es que tenemos muchos prejuicios; la mierda humana es la gran desconocida de nuestra cocina. Cuando termine todo esto, a ver si lleno este vacío y escribo un libro con un plato para cada día. No sé si titularlo Las semanas del jardín o 1.080 recetas de mierda, ya veremos”.

Una advertencia para el lector latinoamericano es que quizá encuentre a Orejudo muy propio del gusto castellano. Luce un sentido del humor endémico de la península, como el que existe en los guiones de Rafael Azcona y en las películas de Berlanga, donde los marqueses coleccionan pelos de coño. O incluso en los tebeos de Mortadelo y Filemón, donde siempre hay una berenjena encima de un radiador y los gatos muerden colillas de Celtas. Es un sentido del humor tragicómico, negrísimo y tremendista, que surge de cruzar lo bárbaro con lo ridículo.

Un sentido del humor que a este humilde redactor, para el que ya no existe la salvación, le divierte mucho, mucho, mucho.

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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Paco Bescós

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.