#Underground: Tom Petty y los trans

El collar del caníbal ahora se llama Underground

 

Cuando escuché por primera vez a Tom Petty yo tenía siete años y la casa estaba llena de transexuales. Veía ‘El Rey León’ cuando ellas irrumpieron por el pasillo con un tufazo dulce y vulgar. Todo en esa época era de color violáceo, sus vestimentas no podían ser la excepción; entalladas faldas ceñidas a rudos cuerpos sacados del aeróbic por un dios clemente para desplomarlos después sobre mi estancia. Piernas kilométricas, hombros vastos, originando ese olor azucarado de sudor y feromona, de perfumes diferidos en alcohol emulando la fragancia en boga. Distinción, experiencia y arrogancia era lo que transmitían a los cuatro cuadrantes de nuestro departamento, y unas risas poseídas que me recordaban a las de las hienas en la anticuada película de Disney.

Mamá las había invitado para que se arreglaran en su habitación, se celebraría por la noche un concurso en una discoteca, algunas de ellas concurrirían para ganarse el título como la doble de Madonna o Cyndi Lauper; personalidades todas que desfilaban en bragas por nuestras alcobas, sólo con sostenes finísimos y estrechas fajas que tonificaban sus organismos urbanos de palestra y gimnasio. Pelucas rubias o brunas, encrespadas o lacias que intercambiaban mientras se ponían al tanto sobre las nuevas conquistas, disertaciones guarras e indecorosas, húmedas y morbosas, escoltando la voz de Tom Petty en el tocadiscos portable de papá, un estuche azul que reproducía el primer disco de los Rompecorazones, aquél álbum grabado en 1976 que contenía el sencillo “Anything That’s Rock ‘N’ Roll” que la rompería en el Reino Unido. Y yo, que nunca había escuchado nada parecido, apagué el televisor donde canturreaba un ya decadente Elton John al lado de Hans Zimmer para seguir escuchando más de las señoritas sucias de dedos largos y polleras cortas. Apenas se auscultaba el segundo sencillo del álbum cuando ya me daba por satisfecho, emergía un nuevo himno, “Break Down”, la balada de todos los rotos del corazón: Breakdown, go ahead and give it to me./ Breakdown, honey, take me through the night.

Tom Petty, portrait, New York, 1977. (Photo by Michael Putland/Getty Images)

Los vecinos estaban horrorizados, no faltó quien tocara a la puerta para decirle a mamá que la entrada de esos “jotos” acarrearía mala suerte al fraccionamiento, ella les objetaba con la puerta en la nariz tras la carcajada de las nuevas inquilinas y el bajo de Donald “Duck” Dunn. Yo no veía nada de malo en el hecho de que un grupo de artistas entrara a nuestra casa para convertirla en el camerino de un burdel, al contrario, me encontraba atónito, fascinado con su música y perniles. Mentiría si dijera que no me hice la paja con ellas pues algunas eran sumamente atractivas, mucho más que la media de mujeres que se sintieron sosegadas por su presencia. Comencé a respetarlas, ¡me habían presentado a Tom Petty! un material que hasta la fecha sigue siendo tan importante para mí, ya que sin él habría crecido tullido, desprovisto de salud a falta de los riffs melódicos de Mike Campbell.

La noche se asomaba por las grandes ventanas de nuestro departamento aquella tarde de los años 90, el disco de ‘Tom Petty and the Heartbreakers’ daba un giro en cuanto concluía y volvía a comenzar, los loores que prodigaban el rimel oscuro eran “Hometown Blues”, “The Wild One Forever”, “Anything That’s Rock ‘N’ Roll”, “Fooled Again” y “American Girl” que ellas cantaban una y otra vez como si estuvieran dentro de la película ‘El silencio de los Corderos’ al asecho de Buffalo Bill, al igual que en aquella secuencia de Brooke Smith al volante. Graves gritos eufóricos, tratando de conservar la dicción lo más delgada posible, pero que frente a la ausencia de oídos ajenos poco importaba, había que cantar al unísono el coro adhesivo de esa canción, una letra que las definía a su máxima potencia: Oh yeah, all right/ Take it easy baby/ Make it last all night/ She was an American girl.

Eran ellas las verdaderas mujeres americanas, chicas de pueblo criadas bajo falsas promesas, creyendo que había un poco más de vida en otra parte, en otro sexo. Podría decir que mi concepto de Punk nació esa noche, con esas personas y con esa melodía; comprendí entonces que ese género musical me seguiría para siempre, una ideología, un credo que parte de nuestra habilidad para reconocernos a nosotros mismos y expresar nuestra singularidad genética.

Para el 2 de octubre Tom Petty había muerto de un paro cardiaco a los 66 años de edad en su casa de Malibú. Los trans que llevaron ese vinilo a casa han sido asesinados. No encuentro otro homenaje para ambos que volver a reproducir el acetato, el track número diez que ellas modularían alguna vez en el hogar de mi puericia. Después de todo, este era un mundo enorme en aquél entonces, un mundo en el que cabíamos todos y ellas podían hacer que durara un poco más, podían hacer que durara toda la noche.

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Alfredo Padilla

Alfredo Padilla

Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador. Autor de los libros Una pastilla más para que pase el dolor (Ponciano Arriaga, 2015) relatos incendiarios y rabiosos, acercamientos a la música, aseveraciones psiquiátricas e historias de alcantarilla, Monólogos de un niño inconforme (Abismos, 2017) la anarquía explicada a los niños y Guadalajara Caníbal (Paraíso Perdido, 2017) crónicas, periodismo de inmersión y contraturismo en la perla tapatía.

Es colaborador de las revistas Letras Explícitas, Yaconic, Rolling Stone, Nexos, Noisey, Vice, Sabotage Magazine, Clarimonda, México Kafkiano, SOMA, Erizo, Revés y Diario Norte de Ciudad Juárez, así como de los fanzines Punkroutine y El vacío. En el 2014 obtuvo el Premio Manuel José Othón de Narrativa. Ha sido incluído en las Antologías Cuentos Fugitivos (Centro de las Artes San Luis Potosí / Coordinación de Literatura, 2009), Taller de Creación Literaria Vol. III (CONACULTA / Centro de las Artes San Luis Potosí, 2010), Cuentos Potosinos (Ponciano Arriaga, 2010), Lados B. Narrativa de alto riesgo (Nitro/Press / Ponciano Arriaga, 2015) y 17 Voces que dicen presente, antología del 4to. Encuentro de Narrativa Centro Occidente (Instituto Zacatecano de Cultura, 2015). Formó parte del Taller Literario de Zacatecas coordinado por Martín Solares.

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