Un par de anteojos Bollé

gafa1Uno de mis mejores amigos representa en Lima a la compañía francesa de anteojos Bollé y en una visita que le hice , me enseñó un grupo de lentes de sol separados del lote principal por adolecer de algún defecto técnico que, por muy leve que fuera, impedía que salgan al mercado. Me ofreció escoger el que más me gustara y me lo obsequió, a pesar de que le dije que no tenía, al parecer, defecto alguno. Al día siguiente, en un almuerzo al aire libre con un grupo de amigos en el Terrazas, me inquirieron sobre los llamativos lentes y entonces aproveché para devolver el favor haciendo apología del producto: su origen francés, su tecnología de avanzada, diseño europeo ultramoderno, modelos exclusivos, las estrellas del Festival de Cannes, el campeón mundial de ciclismo y la teta del sapo…

Una amiga acotó que los había visto a menos del diez por ciento de su precio en un mercado de pulgas y la corregí de inmediato refutando que se trataba de una vil imitación de burdo material traída de China con el nombre “Bolléto” cuyas dos últimas letras eran borradas luego en un taller de los suburbios para sacarlos al mercado con la marca “trucha”. Mientras todos asentían comprensivos, una de las lunas (cristales) de mis anteojos se salió de su marco y cayó estrepitosamente a la mesa causando automáticamente un laaaargo minuto de silencio, luego del cual el grupo estalló en carcajadas y yo, más colorado que pipilí de mono, intenté explicar que se trataba de un obsequio fallado, pero ya era como quien dice “demasiado a posteriori”. La gente no dejaba de reírse; hasta los mozos, la bartender estrábica y el policía gordo; y yo, hecho un estúpido, sin saber que hacer, con mi Campari en la mano y con un anteojo tuerto, a lo pirata, buscando una cara amable y comprensiva dispuesta a escuchar mis explicaciones tardías… “Si estos son los verdaderos, entonces cómo serán los falsos…” Dijo sorpresivamente un cura de la mesa vecina mientras tomaba su black label, dándome pie a que le pregunte si debía tomar la anécdota como una prueba más del Señor… Han pasado más de tres años y aun me preguntan por los benditos Bollé… y aun los tengo, maldita sea, y encima son “los únicos que me alumbran”. Luego de un poco de pegamento, los lentes no volvieron a salirse, aunque ya pasaron inexorablemente de moda, así que, como está la situación, sólo me queda esperar a que se vuelvan clásicos…
Gino Nzski
Copy rigths FII UNMSM 2009 The Miami Herald USA If you want an English version of this article, please contact an official translator in your country.

Un par de anteojos Bollé… By Gino WinterUno de mis mejores amigos representa en Lima a la compañía francesa de anteojos Bollé y en una visita que le hice , me enseñó un grupo de lentes de sol separados del lote principal por adolecer de algún defecto técnico que, por muy leve que fuera, impedía que salgan al mercado. Me ofreció escoger el que más me gustara y me lo obsequió, a pesar de que le dije que no tenía, al parecer, defecto alguno. Al día siguiente, en un almuerzo al aire libre con un grupo de amigos en el Terrazas, me inquirieron sobre los llamativos lentes y entonces aproveché para devolver el favor haciendo apología del producto: su origen francés, su tecnología de avanzada, diseño europeo ultramoderno, modelos exclusivos, las estrellas del Festival de Cannes, el campeón mundial de ciclismo y la teta del sapo… Una amiga acotó que los había visto a menos del diez por ciento de su precio en un mercado de pulgas y la corregí de inmediato refutando que se trataba de una vil imitación de burdo material traída de China con el nombre “Bolléto” cuyas dos últimas letras eran borradas luego en un taller de los suburbios para sacarlos al mercado con la marca “trucha”. Mientras todos asentían comprensivos, una de las lunas (cristales) de mis anteojos se salió de su marco y cayó estrepitosamente a la mesa causando automáticamente un laaaargo minuto de silencio, luego del cual el grupo estalló en carcajadas y yo, más colorado que pipilí de mono, intenté explicar que se trataba de un obsequio fallado, pero ya era como quien dice “demasiado a posteriori”. La gente no dejaba de reírse; hasta los mozos, la bartender estrábica y el policía gordo; y yo, hecho un estúpido, sin saber que hacer, con mi Campari en la mano y con un anteojo tuerto, a lo pirata, buscando una cara amable y comprensiva dispuesta a escuchar mis explicaciones tardías… “Si estos son los verdaderos, entonces cómo serán los falsos…” Dijo sorpresivamente un cura de la mesa vecina mientras tomaba su black label, dándome pie a que le pregunte si debía tomar la anécdota como una prueba más del Señor… Han pasado más de tres años y aun me preguntan por los benditos Bollé… y aun los tengo, maldita sea, y encima son “los únicos que me alumbran”. Luego de un poco de pegamento, los lentes no volvieron a salirse, aunque ya pasaron inexorablemente de moda, así que, como está la situación, sólo me queda esperar a que se vuelvan clásicos… Gino Nzski Copy rigths FII UNMSM 2009 The Miami Herald USA If you want an English version of this article, please contact an official translator in your country.

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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