Un franco 14 pesetas; un euro, 166


En su momento, Un franco 14 pesetas (2006), película dirigida y protagonizada por Carlos Iglesias —conocido actor cómico español por su participación en programas y comedias de televisión como “Esta noche cruzamos el Mississippi” (1995-1997) o “Manos a la obra” (1997-2001)—, no tuvo demasiado éxito en España, aunque Iglesias fue nominado a mejor director novel en el festival de cine de Montreal (2006) y en los premios Goya (2007). Quizá la llegada de un gran número de inmigrantes de todos los continentes, atraídos por la bonanza de la economía española, hizo olvidar a los más jóvenes que no muchos años atrás eran los propios españoles, “los gallegos”, los que tenían que emigrar, dejando su patria en busca de un futuro mejor, por tierra o por mar, legal o ilegalmente, llevando consigo aquellas maletas de madera donde algunos escondían con celo el bocadillo de chorizo para evitar que lo confiscasen en la aduana. Actualmente, cuando las 166 pesetas del valor del euro se han convertido en una verdadera losa para la economía española, es una película muy recomendable. Marcos (Javier Gutiérrez) y Martín (Carlos Iglesias) son madrileños, amigos y compañeros de trabajo en Pegaso, una de las empresas más emblemáticas de la España industrial de los sesenta. Durante la crisis nacional, Martín es despedido y Marcos renuncia con la idea de buscar una mejor oportunidad laboral en Suiza, así que convence a Martín para marcharse juntos. Allí pronto consiguen trabajo como mecánicos cualificados, y una vez que se estabilizan, la aventura y la comedia dejan paso al verdadero drama de la realidad del emigrante: vivir siempre en un limbo mental producto de la nostalgia por su tierra y la ausencia de sus seres queridos. Transcurrirán los años, y a pesar de tener ya una vida estable, Martín y su familia deciden regresar a España. El resultado no será el mejor: encontrarán la misma situación de precariedad laboral que los convirtió en emigrantes. Pero aún así, deciden finalmente quedarse. Cuando se abandona el país de origen, la condición de emigrante permanece durante toda la vida. En muchos casos, el emigrante retornado se convierte en extranjero en su propia tierra. Esto lo sabe muy bien Carlos Iglesias, que si bien nació en España, vivió hasta los trece años en Suiza y experimentó, como Martín, el choque emocional del retorno: abandono del estado de bienestar suizo para afrontar la realidad tercermundista española. Los miles de emigrantes que en esa época, como Martín, retornaron a España trajeron consigo una nueva mentalidad “europea”: aquella que contribuyó a la regeneración cultural y modernización de un país caracterizado por la corrupción, explotación laboral, por colegios de curas que “pegaban a los niños zurdos”, chavales que se divertían en la calle apedreando a los perros o el inexistente espacio laboral para la mujer, limitado al tamaño de la cocina de su casa. Y es que el actual estado se basa en valores democráticos que los emigrantes conocieron y disfrutaron antes que el resto de españoles: educación pública laica y gratuita; respeto al individuo sin distinción de nacionalidad; cuidado del entorno, y por supuesto, el reconocimiento a la importancia del trabajo de la mujer para el sostenimiento económico de la familia. La mujer española emigrante supo sacar rendimiento a las famosas 14 pesetas del valor de conversión del franco suizo, ayudando económicamente a sus familiares o invirtiendo en negocios y bienes inmuebles. El siglo XXI comienza para España como han comenzado todos los siglos, con una misma historia que se repite cíclicamente: la de los emigrantes. Pero ese mal endémico que supone la emigración es, paradójicamente, el factor que más ha contribuido al desarrollo económico y social del país, especialmente a partir de los años setenta, coincidiendo con el inicio de un largo periodo de libertad y justicia social. Por ello, sirva esta publicación como homenaje a ellos, a todos ellos, a los mejores, a los de antes y a los de la generación mejor preparada en la historia del país: los licenciados “mileuristas” que se preparan para afrontar un futuro incierto que, en muchos casos, los empujará a la emigración. Suerte tendrán aquellos países que los acojan. Únicamente les aconsejo que, para el viaje, lleven en sus maletas esperanza, ilusión y bocatas de tortilla. Hay cosas que no han cambiado todavía.

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Alfredo Pastor Parejo

Alfredo Pastor Parejo

“Tuve que subirme a un avión y recorrer 4675 millas para convencerme de que tenía que hacer de una vez lo que realmente me gustaba. La vida no tiene por qué ser larga y dura; tenemos que intentar lo imposible para que nos resulte corta y hermosa. Así que un buen día, hace algunos años, decidí desertar de un cubículo para comenzar una nueva aventura profesional, la cual me permite ahora formar parte de un proyecto cultural interesante y necesario para el sur de la Florida.”

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1 Comentario

  1. Muy acertada la comparación Alfredo. La verdad es que como la gente no espabile se lo van a robar todo y van a desaparecer como el humo. Parece que hemos vuelto a la época de esa película o a otras muy parecidas por las que ya ha pasado este país. Te lo comparto en mi grupo de FB.
    Un Saludo

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