Trabajos del reino: Yuri Herrera

Ed. Perifércia, 2008.

135 páginas.

Aprecio a Yuri Herrera (Actopan, 1970) por esforzado. Muy paciente. Trabajador. Pero no trabajador prolífico, sino perfeccionista. Sus dos novelas hasta ahora publicadas dan fe de una minuciosidad maniática rendida al texto. Su escritura debe mucho más a la sublimación del saber hacer que al efecto inmediato de la inspiración. Herrera es un platero. Y por eso sus novelas, sobre todo esta, Trabajos del reino, relucen, pequeñas como la maquinaria cromada de un reloj. Creo mucho en este tipo de novelista.

Al mismo tiempo, Herrera sabe pertenecer a una de las tradiciones con más identidad de toda la literatura en español. Siempre he pensado que, si las letras de países como España, Argentina o Perú orbitan en círculos concéntricos pero próximos, al igual que Venus, la Tierra y Marte, México extiende sus ciclos hasta más allá del Sistema Solar, como un cometa con formas propias difíciles de explicar. Solo en esos puntos cardinales ilocalizables cabe situar a escritores de la talla de Daniel Sada o Mario Bellatín. Herrera bebe de Rulfo. Y quizá el México que atestiguaba Rulfo en los 50 no posea una esencia muy distante del México norteño actual. Un territorio legislado por los fuertes. En similares circunstancias históricas y políticas se inspiran los libros de caballerías y los wensterns que, a fin de cuentas, vienen a ser la misma historia con distintos indios.

De igual forma, en Trabajos del reino  tenemos una novela sobre narcotráfico narrada como una vieja fábula. Con sus palacios, con sus reyes, con sus artistas e incluso brujas.

“Era como siempre se había imaginado los palacios. Sostenido en columnas, con estatuas y pinturas en cada habitación, sofás cubiertos de pieles, picaportes dorados, un techo que no podía rozarse. Y, sobre todo, gente.”

Herrera no se preocupa por cargar las tintas en denunciar explícitamente la política o la sociología del narco. A él le preocupa más buscar, en cada individuo, los mecanismos emocionales que lo hacen posible. Por eso el lector puede identificarse con el protagonista de la novela, un joven e ingenuo cantante de corridos que se integra en la corte del narco más importante de su ciudad por pura y llana y leal admiración.

“Si algo entendía es que en el trance de vivir uno hace daño, tarde o temprano, por eso mejor decidir de frente a quién se lo hace, como obraba el Rey. ¿Quién tenía esa bravura para aceptarlo? ¿Quién aceptaba el calvario por los demás? Él era su manto, la herida que se agranda para que al resto no le duela. Al Artista no le cuenteaban: él había crecido sufriendo al poder de uniforme y chapa, él había soportado la humillación de los bien nacidos; hasta que llegó el Rey.”

Asistimos a la típica historia de esplendor y decadencia, abundante en tramas shakespearianas: celos, traiciones, dudas, ambición… Pero el mayor interés recae en unos personajes que han asimilado la brevedad y futilidad del estar vivos y han aprendido a convivir con la muerte como una posibilidad rotunda en cada una de las veinticuatro horas del día. Es un mundo de insectos y vivir equivale a respirar y metabolizar.

“¿Qué hay ahí? ¿Qué hay ahí detrás? ¿Un alud de linderos que se repiten tras una piedra en el agua? (¿Será la vida una piedra en el agua?)”

Pero lo que eleva esta novela varios peldaños, hasta convertirla, a mi entender, en una pieza brillante de artesanía, es el lenguaje. Un lenguaje cuidado y pulido y labrado y revisado. El peso esencial de cada palabra, la palabra exacta e insustituible. El colorido de la prosa, lo sensorial de las escenas, los olores y sonidos, los acentos y vocabularios. Cada frase se escribe de una forma única, con una tensión especial. Se recorta tanto el texto, pero se conserva hasta tal punto la esencia, que la lectura cobra tintes oníricos. Y los sueños siempre importan.

“Volvió y de inmediato supo que había sucedido otra tragedia, pero ahora no porque la gente se precipitara hacia el lugar del crimen, sino porque se alejaban de él; con más premura que miedo, y eso era infame.”

Trabajos del reino se devora primero y luego, al digerirla, se experimenta la certeza de haber consumido algo inusual. Esta novela puede ser consecuencia de una sensibilidad poco cotidiana, un trabajo humilde que alcanza una estatura impensable gracias a la maduración y al perfeccionismo. Repito lo dicho: creo mucho en novelistas como Yuri Herrera.

 

 

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.