Todo quedó traslúcido…

“Luego de un soplo violento, caí aturdido, de rodillas, con una herida dentro la boca. Los residuos de la pólvora y el olor a carne quemada reposaban sobre mi paladar. El revolver calló hirviendo en la grama… y mira que loco… sobre la grama, mi cabeza. Pronto los pensamiento morirían también.” Los ojos de Matías se secaban. Sintió como sus recuerdos gotearon del orificio detrás del cabello, imaginando el alma que habían diseñado para él … pronto sembrada en alguien más.”

Con este párrafo, Santiago Parma, un escritor de tan solo diecinueve años de edad, cerraba Traslúcidos; su primera novela corta sobre la historia de Matías; a quien de niño le acompañaba un señor de sombrero ancho y zapatos blancos. Todas las tardes, desde la escuela hasta su casa… a pesar de que ese niño, siempre regresaba a casa solo.

Santiago también creció con personajes que solo él podía ver. Durante la presentación de su novela, a menudo interrumpía la lectura para indicarnos que muchos de ellos le esperaban junto a la tarima. Eran parientes del mismo hombre que acompañaba a Matías a su hogar. “Eran de la misma especie.” nos confesaba. La audiencia reía nerviosa.

Cada capítulo abría con un recuerdo, y cerraba con otro de sus suicidios.

La lectura fue convirtiendo poco a poco a Santiago, en una sombra de Matías. Con cada página que pasaba, el que vivía en el cuento comenzaba a narrar desde adentro la vida de quien lo leía desde afuera.  O al menos, eso parecía. Ambos se hacían a un mismo y único ser, nacido de dos vientres distintos. Un vientre de carne, otro en el papel. Ambas criaturas se volvieron idénticas, dispuestas a tomar el turno del otro entre los dos mundos.

Pero solo una de ellas existe cuando la otra la sueña. Solo una, revela su forma cuando la otra la imagina.

La última línea que leyó la criatura anunciaba el final de todas las cosas… “La desintegración del sueño, y de todos quienes vivimos en él, sucederá cuando el soñador abra sus ojos.” Era una promesa apocalíptica. El despertar de su personaje era inminente, y con ello, se disiparían nuestros restos como tinta en toda su obra.

                                                                                    *

Matías cerró su libro y bajó con cuidado por las escaleras de una tarima deteriorada. La terrible soledad de aquél salón abandonado la arrastraba todos los días al emprender su regreso a su casa.

Pero ahora era diferente… porque quien le acompaña ahora, aún no sospecha que lo hace…