Todo está en saber mirar

Paul Baudry

GreciaCaceresNovelaPosgtLa colección

Altazor, Lima, 2012

Grecia Cáceres

157 págs.

 

Si Enrique, el personaje principal de La colección (Lima, Altazor, 2012), hubiera pertenecido a una de las dos ramas de la familia Buendía en Cien años de soledad, hubiera sido, definitivamente, un Aureliano. Enamoradizo, desprovisto de la virilidad de los José Arcadio, sumido en sus elucubraciones obsesivas, en este caso, sobre el Perú precolombino, Enrique está habitado por una pesquisa, por un deseo de saber, de descifrar los manuscritos no de Melquiades sino del tiempo, de la Historia peruana, una actitud que termina por desteñir, incluso, en su relación a las personas y a los objetos.

La primera cala del personaje es ésa. Enrique es un curioso, un fisgón, un investigador que no se contenta con indagar sino que además desea poseer. En ese sentido, es un coleccionista cabal porque fragua su identidad en poseer para saber y en saber para poseer. Estos dos polos convergen en una búsqueda que se focaliza “aparentemente” en piezas arqueológicas de valor que Enrique adquiere, conserva y atesora en su estudio del Centro de Lima. ¿Es la colección de un niño o de un loco? Todo está en saber mirar. “[…]” Perlas de oro o de plata, […] minúsculos broches trabajados como el más delicado encaje, […] estatuillas de sacrificio, […] cuchillos ceremoniales, […] retazos de telares provenientes de magníficos atuendos adornados de plumas multicolores […]”[1] son algunas de la piezas prohibidas que Enrique almacena, pule y admira aislándose de la horrenda modernidad de esa Lima que no es ni chicha ni limonada y que nada entiende de su retraimiento y de sus manías.

En este pequeño antro, bajo el signo del tesoro prohibido, sólo penetra Ella (con mayúscula), una joven y misteriosa muchacha que se reúne por las tardes con Enrique para dejarse fotografiar vistiendo joyas y atuendos preincaicos. A Enrique se le acaban por completo las veleidades historiográficas porque queda seducido por Ella pero, sobre todo, porque surge un objeto capaz de rivalizar con el valor de su colección. ¿Dónde situarla a Ella con respecto a la colección? ¿Por encima, por debajo o a la par? La interrogante se resuelve sola.

Una tarde, mientras descansa a duermevela, Enrique ve o sueña con una mujer sigilosa, experta y gatuna que se introduce en su guarida para probarse, semidesnuda, las antiquísimas joyas en la penumbra. Esta escena, robada por la mirada Enrique, no sólo lo excita poderosamente sino que sella el principal eje de la trama. La mujer roba las piezas, profana la colección y desaparece. La doble razón de ser de Enrique -Ella y la colección- es borrada de un plumazo y con ellas su fetichismo. El resto de la novela se desarrolla en clave policiaca y presenta las diferentes conjeturas y aventuras que Enrique y Rodolfo, su mejor amigo, acometen para resolver el misterio.

Creo que Enrique es el mayor logro de Grecia Cáceres en La colección porque su mirada, la del personaje y la de la autora, funcionan como un prisma que permite condensar y penetrar la densidad histórica del Perú, es decir, el grosor y la textura de los siglos y milenios que se configuran como nuestro presente. ¿Quién es Enrique? Enrique, decíamos, es un coleccionista, un esteta, un huaquero, un obseso, un pobre diablo, un historiador, un solterón y quizás todos ellos a la vez. ¿Cómo define a Enrique su colección? Su tesoro lo transforma en un observador, un asocial, un sabio, un criminal, un conservador patrimonial, es decir, lo rescata de la bidimensionalidad de lo maniqueo y lo exporta a una pluridimensionalidad moral. Dicho de otro modo, para unos sería un héroe del Instituto Nacional de Cultura y, para otros, un saqueador de la Universidad de Yale[2].

Ese perspectivismo se multiplica en la mirada y en la fantasía de Enrique que es ajeno al valor mercantil y virtual de su colección. En efecto, el único valor que existe para este observador acreditado es, por un lado, sensual (palpar, limpiar, ordenar las piezas del tesoro) y, por otro lado, testimonial (imaginar los usos y vicisitudes de las piezas del tesoro). Esa importancia subjetiva, si se quiere, nace, crece y muere con la colección como sistema de adición y conservación pero, sobre todo, insiste en la mirada como herramienta crítica y valorativa del capital histórico peruano:

“Si se miraba con atención, al dar una vuelta por el barrio, se podían adivinar, bajo las capas superpuestas de viejos afiches y de pinturas diversas[3], las formas delicadas de las yeserías antiguas ornando algunas fachas, y, al interior de las casonas, los estucos antaño dorados de los salones que sobrevivían como de milagro al maltrato diario. Y más allá, si la curiosidad era viva, después de los portones abiertos de par en par, dejando atrás los antiguos patios sevillanos y sus fuentes, ahora mudas y habiendo perdido algunos azulejos, los jardines, transformados en lugar común donde se cuelga la ropa o se cocina a la leña, privados de su dibujo inicial, seguían dibujando un espacio armónico en sus proporciones. Todo está en saber mirar, repetía Enrique. Y él sí que sabía…”[4].

Fuera de contexto, y más allá de su excelente ritmo, este fragmento podría compararse a la barroca descripción de Vetusta, la ciudad inventada por Clarín en La Regenta, sin embargo, creo que la siguiente cita de Grecia Cáceres nos permite entenderla como una incursión óptica en la profundidad histórica de Lima y, con mayor razón, en la del Perú: “La temática de La colección tiene que ver con el aspecto del patrimonio cultural peruano, un tema que siempre me ha preocupado y es una constante en mi persona. El peruano no puede avanzar sino tiene su pasado, su historia actualizada”[5]. Por eso, es una idea, el haber construido a un personaje cuya relación al pasado sólo puede ser obsesiva sea quizás una manera de compensar simbólicamente la desidia cívica hacia las riquezas que se esconden debajo de nuestra corteza terrestre.

En ese sentido, esta cita de La colección me recuerda el trabajo de Raymond Hains y Jacques de La Villeglé, dos nouveaux réalistes, también llamados affichistes en el París de los años 1950, que rasgaban los pósters publicitarios para ir descubriendo las diferentes capas de otros pósters que habían sido pegados anteriormente, creando así un cuadro abstracto, colorido y lacerado.  Creo que Grecia Cáceres es una affichiste pero limeña, una escritora de las capas, de la dermis de la ciudad porque la mirada de Enrique, quien, recordemos, “sí sabe mirar”, hace lo mismo con las piezas de tu tesoro o, en este caso, con el centro de Lima. Lo lacera, lo desgarra para hurgar en su pasado arquitectónico y acceder, bajo toneladas de indiferencia estatal y cotidiana, al yacimiento de nuestra abigarrada identidad.

En La colección, las capas de la ciudad son también las capas del texto, de la peruanidad, de un subsuelo histórico y su lectura, como ejercicio de excavación, nos conduce, creo, a una pregunta aparentemente simple. ¿Qué hay bajo Lima? Una pregunta absolutamente fascinante, si me lo preguntan a mí, porque podrían contestarla arqueólogos o ingenieros o literatos con la misma pertinencia. La respuesta de Grecia Cáceres, por su aparente simplicidad, es aún más desconcertante. El desierto, debajo de Lima está el desierto. ¿El desierto, un desierto o nuestro desierto?

Existen los tres. Existe el desierto con sus connotaciones metafóricas de aislamiento y desolación, existe un desierto que se extiende de Tumbes a Tacna sobre la estrecha franja oeste de un país llamado Perú, y existe nuestro desierto que, creo, es el que tematiza La colección. Enrique, cuando contempla la riqueza y la diversidad de sus trofeos, se pregunta:

“De dónde provendrían, de qué artesanos hábiles, destinados a qué dueños desconocidos para siempre, surgidos así de las entrañas del desierto, cuyo grado de calor y sequedad los habían preservado milagrosamente de los embates del tiempo”[6].

Algunas páginas después, no contento con este fantaseo, prosigue:

“Algunas piezas, las más valiosas, se quedarían a vivir con él, bien protegidas dentro de sus cajas, escondidas en un lugar secreto que había fabricado él mismo, un falso entresuelo. De vez en cuando, las sacaba de ahí y las desplegaba, sobre una mesa, o cerca de la ventana, para admirarlas, solitario y en silencio, como en pleno desierto, un ermita en éxtasis”[7].

La mirada de Enrique es una mirada que perfora las apariencias y revela la esencia histórica de su tesoro, de Lima y del Perú. Allí donde los otros ven un espacio yermo en sentido propio (Lima está construida sobre una tablada desértica) o en sentido figurado (Perú está construido sobre un páramo institucional), Enrique valoriza y protege un legado enterrado en esas soledades. El páramo que conservó las piezas de su tesoro no es sinónimo de aridez o de infertilidad, al contrario, “de las entrañas del desierto” nace su razón de ser, germina su deseo de vivir y de amar, aunque sea obsesivamente.

Con esa riqueza semántica que se esconde bajo la arena y los guijarros, con esa fertilidad simbólica del desierto me identifico como limeño y, quizás deba añadir, como limeño cuya infancia estuvo asociada a nuestro desierto. La arena de la costa peruana, nuestra arena, al borde de las carreteras, al pie de las huacas, al lado de los primeros cerros, tiene conchitas, desmonte, palitos de helado, pedazos de vidrio, extraños minerales, fierros retorcidos, pero también plantas fosilizadas, casquillos de rifle, telares y vasijas, huesos humanos, huesos de de pollo y hasta huesos de dinosaurios. Es decir, el valor del desierto, tal como lo percibe Enrique en La colección, es el de ser un espectro de nuestra historia milenaria, un resumen, una metáfora que, además, protege un acervo a la espera de una mirada que lo rescate.

No cabe duda de que todo aquel que pretenda acometer tamaña empresa se sienta como ermita, sí, pero como añade Grecia Cáceres, “un ermita en éxtasis”. Y esa soledad gozosa, pero soledad al fin y al cabo, la del coleccionista, pero también la del lector de La colección, quizás sea una advertencia para los que pensamos, contra viento y marea, que todo está en saber mirar.

París, febrero de 2013


[1] CÁCERES, Grecia, La colección, Lima, Altozar, 2012, p.15.

[2] En el 2011, la Universidad de Yale devolvió al Gobierno del Perú varias piezas que el arqueólogo y aventurero Hiram Bingham llevó consigo a Estados Unidos tras sus primeras excavaciones en Machu Picchu entre 1911 y 1915.

[3] El subrayado en las citas es nuestro.

[4] CÁCERES, Grecia, Op. Cit., p.13-14.

[5] http://www.limaenescena.com/2012/11/grecia-caceres-la-coleccion-y-una.html

[6] CÁCERES, Grecia, Op. Cit., p.15.

[7] CÁCERES, Grecia, Ibid., p.17.

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Paul Baudry

Paul Baudry

Paul Baudry es escritor, doctorando y profesor en la Universidad de la Sorbona. Reside actualmente en París donde ejerció también como periodista y traductor. Es autor de un primer libro de cuentos (Distraiciones, Lima, Hipocampo Editores, 2005) y de varios artículos de crítica literaria publicados en revistas y libros tanto en Francia como en el Perú. Ha trabajado sobre la estetización del fracaso en Dichos de Luder (1989) y sobre la influencia de Flaubert y del bovarismo en el fracaso ribeyriano. Actualmente, su investigación doctoral está abocada a reconstruir el discurso normativo o la poética de Julio Ramón Ribeyro a través de sus ensayos, diarios, entrevistas y correspondencia.

 
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