“Todo está en nuestra manera de relacionarnos con lo que comemos”: Entrevista con Mercedes Cebrián

Dice la escritora Mary Karr que la voz narrativa es responsable de hacer o deshacer un texto. Si no establece una conexión con el lector, el escrito está condenado. De este mal Mercedes Cebrián no tiene que preocuparse: voz tiene para repartir. Basta leer un par de páginas para darse cuenta que la forma en que ordena las palabras, su punto de vista–infundido casi siempre con un sentido del humor entre cínico y nostálgico– y las convincentes relaciones que traza entre elementos a todas luces disímiles, resultan en una composición enteramente cebrianesca e imposible de imitar. En esta entrevista la madrileña habla de su nuevo libro, Burp: apuntes gastronómicos (2017), editado por los neoyorquinos Chatos Inhumanos; sus influencias literario-culinarias, el proceso de creación y qué se necesita para escribir sobre comida.

–El escrito que inaugura Burp se llama “Omnívoros”, un título que describe atinadamente el tipo de libro con que el lector está a punto de encontrarse por la diversidad narrativa que encierra. Dentro del mundo de la prosa ejerces, divididos entre ficción y no ficción, los géneros de la crónica, el diario personal, el guion cinematográfico y el ensayo. ¿Cómo fue que cocinaste este texto? ¿Hubo receta o aderezaste al gusto?  

Recuerdo siempre a Georges Perec, que buscaba escribir “un libro distinto cada vez”, es decir, difícil de emparentar con el anterior y con el posterior. Esa fantasía tengo yo a menudo en lo que escribo, de ahí que vaya picoteando entre distintos géneros, como si me fuese probando ropa diferente por ver cuál me sienta mejor, en qué atuendo me muevo más cómoda. Aunque en verdad, la idea de “comodidad” en la escritura no se aplicaría a lo que yo hago: en ocasiones pienso que el texto va a fracasar, que no lo voy a poder llevar a cabo precisamente por no acabar de encontrar mi modo de narrar. Es con este viento en contra con el que he trabajado varios de los textos incluidos en Burp.

–El tema central, la comida, pasa por la experiencia del placer sensorial pero no se queda ahí. A medida que avanzan las historias hablar de comida se convierte en un hablar de comunidades, de la modernidad y sus fracasos y de la nostalgia de un hogar que se pierde en el tiempo y el espacio. En suma, la comida es un registro propio. Ya lo mostrabas en tu novela El genuino sabor pero en Burp se intensifica considerablemente. Partiendo de aquí, me pregunto cómo balanceas o cómo se encuentran en tu cabeza tu identidad de comensal o “foodie” con la de escritora. Se me ocurre, por ejemplo, el trastabilleo deliberado en “Historia sentimental de la fiambrera”, donde anotas que el uso del anglicismo táper es más emocionalmente cercano a ti que la palabra fiambrera pero aún así escoges la última para el título.

Si en un mundo distópico estuviese prohibido escribir de cualquier tema menos de alimentación y gastronomía, yo creo que podría burlar la censura y hablar en realidad de un montón de temas que en ella se esconden. Por ejemplo es obvio que las costumbres alimenticias son un punto de partida muy válido para hablar de antropología y religión, también de moda, de consumo. Todo está en nuestra manera de relacionarnos con lo que comemos. Además, la comida también tiene algo estético, y no me refiero solo aquí a los platos sofisticados en sabores y presentación que elaboran los chefs contemporáneos, sino, por ejemplo, en lo brutal de ver animales degollados en una carnicería, o la experiencia estética de ver todos los productos clasificados en los estantes del supermercado. Esa manera de clasificar a la que estamos acostumbrados podría ser muy distinta: ¿por qué no hacerlo cromáticamente? En ese caso, la salsa de tomate, la mermelada de frambuesa y las carnes rojas se situarían muy cerca los unos de los otros. Creo que si fuese artista visual también trabajaría este tema, y desde lo plástico le podría sacar aún más partido. También pienso que el hecho de ser “comensal” a la vez que escritora (lo primero no se puede dejar de ser, ¿no?) garantiza un acercamiento literario al tema de lo gastronómico de primera mano. Esto es una obviedad, pero me siento bien escribiendo sobre comida precisamente por esa “autoridad biográfica” que tengo, y que cualquier escritor o escritora tendría si lo hiciera.

–En este libro, particularmente en “Americanos: Ni tan gordos ni tan sanos” regresas a esa relación en conflicto que mantienes con la cultura de Estados Unidos. Hablaste de ella en tu poemario Malgastar y ahora redoblas enmarcándola en términos de una escenificación. Escribes: “¿Cómo distingo su escenificación de la cordialidad de lo que sería su interés verdadero?” ¿Cómo reconcilias la desconfianza de esta cultura [culinaria] con el inevitable consumo de ella?

La verdad es que Estados Unidos es un país apasionante para mirar y pensar. Además, constaté tras mi estancia allí y al volver a España hace dos años, que sigue siendo el imperio cultural de Occidente. No solo me refiero a que marque tendencias en música, ropa o hábitos alimenticios, sino también en discursos. Esto es entre fascinante y escalofriante. Mi sorpresa en Estados Unidos es que, a pesar de la enorme variedad de comunidades que residen allí, hay mucha homogeneidad en sus miembros. Quizá para combatir el desarraigo (en el caso de los inmigrantes, o de los que viven a miles de kilómetros de su familia y amigos de infancia dentro de EE.UU.) . Por las razones que sean, he visto actitudes muy similares, fácilmente estereotipables (o esa es mi tentación primera…) en relación a las prácticas culinarias. He aprendido que el gusto por el vino está principalmente arraigado en las clases altas, y cómo el interés por los “sabores mediterráneos” también son casi propiedad de las clases medias y medias altas, lo mismo que ocurre en el Reino Unido, aunque no sean países en absoluto idéntico (un amigo del norte de Inglaterra, de la zona de Yorkshire me contaba que en su casa la ensalada la aliñaban solo con sal y quizás algo de vinagre. El aceite de oliva era, en su infancia, algo para ricos o gente snob). Respecto a mi propia relación con la comida estadounidense, reconozco haberme desvivido por los donuts caseros que venden en el Reading Terminal Market de Filadelfia, y también necesito mi dosis cíclica de sopa de matzo balls y sandwich Reuben, tan típico de los delis judíos. Ahora bien, no dejo de llevarme sorpresas respecto a los usos alimenticios estadounidenses, y eso dispara enseguida las ganas de escribir.

–Mencioné al principio que este libro es muy variado en sus aproximaciones al tema de la comida pero en mi opinión “Wunderkebab y el banquete maldito” se lleva las palmas. ¿De dónde salió la inspiración para este relato tan deliciosamente extraño?

Fue gracias a un proyecto de una editorial independiente argentina llamada Clase turista. El proyecto se llamaba “Mental movies” y consistía en elaborar un cartel de una película ficticia. Un profesional de la ilustración haría la parte gráfica y un escritor o escritora la sinopsis de la película, que podía ser en forma de guion o de narración en prosa. La idea principal era que no había limitaciones de presupuesto para esa película, ya que era solo mental y nunca se rodaría, por lo tanto eso abría las esclusas de la imaginación de par en par. Creo que en mi texto se nota, porque no escatimo en celebridades, obras de arte valiosísimas y situaciones que, filmadas, serían carísimas de realizar. Estas fueron las condiciones de producción que dieron pie al relato, pero mi selección del tema y los personajes viene, cómo no, de mi filia casi patológica hacia la comida. Partí de una imagen que me obsesionaba: el cono truncado de carne para hacer kebabs. En una ocasión vi uno plastificado, crudo, antes de que lo ensartasen en el palo metálico que gira y me dio entre asco y tristeza: sentí compasión por el pedazo de carne de pésima calidad. Eso, sumado a mi gusto por la parodia –pocas cosas hay más divertidas que imaginarse la vida secreta de las celebridades y hacerles hablar como si fuesen muñecos de ventrílocuo– y a mi interés todavía vigente por los dibujos animados, generó el relato, a caballo entre el guion cinematográfico y la  prosa narrativa. Después me contaron que salió la película “Sausage party” (La fiesta de las salchichas), que aún no he visto, pero que intuyo que me va a interesar porque tiene puntos en común con este relato, ya que los alimentos de un supermercado cobran vida.

–Estás muy bien acompañada en el frente de los “apuntes gastronómicos”. Aquí tenemos Lo más tierno de Ruth Reichl, Lo que hemos comido de Josep Pla y La cena de Herman Koch, por mencionar unos pocos. ¿Cuáles son algunos autores o títulos que te hayan servido de guía o con los que mantienes la conversación gastronómica/literaria? ¿Te identificas con esta corriente a veces referida como “Cook Lit”?

Es cierto que la escritura sobre comida interesa, tanto al mercado editorial como a los escritores, por eso inevitablemente me enmarco dentro de esa corriente en Burp. Como ya he dicho, la comida tiene grandes poderes evocadores (de ahí la celebérrima escena de la magdalena de Proust), por eso no me extraña que haya tanta literatura de ese tipo, ya sean memoires, diarios de viaje o recetarios comentados. Me gustó mucho la serie de columnas que el músico greco-escocés Alex Kapranos publicó en el diario británico The Guardian. Las tituló “Sound bites”. En ellas hablaba de los nuevos platos e ingredientes que probaba cuando iba de gira con su banda. A mi juicio tenía la capacidad de darte a conocer el lugar donde estaba, su cultura, sus peculiaridades, solamente a través de la anécdota de lo que comió y dónde. También me gusta Pla, “un punto de vista ambulante con boina”, como lo llamó Manuel Vázquez Montalbán, otro escritor interesado por los misterios del comer, que incluía recetas de cocina en sus novelas protagonizadas por el detective Pepe Carvalho . Y por último mencionaré a Niki Segnit y su Enciclopedia de los sabores (The Flavour Thesaurus). Puede parecer un libro práctico que se limita a dar ideas sobre qué ingredientes combinan bien con otros, pero cada una de las combinaciones incluye unos párrafos descriptivos, muy líricos, de la mezcla de sabores, que a menudo son fruto de alguna experiencia personal de la autora, con lo cual son muy evocadores.

–Para acabar, es la primera vez que publicas tus dibujos aunque llevas dibujando ya varios años, ¿qué te hizo dar el salto ahora? ¿Cómo fue tu proceso de elaboración y de su comunión con las historias?

Sin duda, la atracción visual que me generan los alimentos, ya sean frutas, verduras o alimentos sin procesar, como los que han pasado por manos humanas. También todo el instrumental que empleamos para comer y beber –tazas de té de porcelana, envases de plástico o cartón– me sugiere bastante. Me di cuenta de que lo mejor que podía hacer en las ilustraciones era actuar con libertad. Teniendo el libro en mente, me surgían imágenes posibles, pero no siempre fue tras buscar palabras clave que figurasen en los textos. De hecho, no hay una ilustración por cada uno de los textos. En ocasiones hay dos seguidas, después hay dos textos sin ilustración en medio… un desorden organizado, en definitiva.

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Isabel Díaz Alanís

Isabel Díaz Alanís

Escritora mexicana. Escribe para la sección Viajeros urbanos de El País. Ha escrito narrativa para Los Bárbaros de Nueva York. Fue editora de reseñas en la revista académica Hispanic Review de la Universidad de Pensilvania donde estudia su Doctorado. Vive en Filadelfia.

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