To Roma with Love – la última postal made in Europa de Woody Allen

En el camino de esta peregrinación cinematográfica —Match Point (2005), Vicky Cristina Barcelona (2008) y Midnight in Paris (2011)—, Woody Allen escoge como nuevo destino europeo la capital italiana con su última película, To Roma with Love. Como su título lo indica, Roma es la encargada de ofrecer el decorado para este nuevo lienzo inspirado en la obra de Boccacio, Decamerón, pilar de la literatura italiana del siglo XV. Un clásico ya visitado en 1971 por uno de los grandes maestros del cine italiano: Pier Paolo Pasolini. En To Roma with Love, Woody Allen interpreta a Jerry (el padre de la futura novia), sin mover una sola coma a su propio estilo. El realizador hace su come back, después de seis años ausente de la gran pantalla alegando que no encontró a nadie para este papel. Diga lo que diga, haga lo que haga, desde hace más de medio siglo Allen sigue creando expectativas en los estrenos de sus obras. Ni los escándalos personales ni las revoluciones tecnológicas del séptimo arte han conseguido destronar su popularidad. Pasan las décadas y las películas de Allen se siguen catando con agrado, al margen de las grandes bodegas del cine comercial, en acogedoras tabernas con sonido a jazz, entre un sorbo de clarinete y un mordisco de chiste con sabor a Gran Manzana.

 

Woody Allen: plan B

Domingo 22 de julio, Miami, 1 de la tarde. Los que pensábamos ir a solearnos a Miami Beach tenemos que buscarnos un plan B. La tormenta tropical que nos está llegando por el Golfo de México nos regala una ranchera padrísima de viento y agua… ¡para quitarse el sombrero! Plan B: me conecto a internet para descargar una película de Woody y suena el Skype. Es Anthony, desde París. Anthony es un joven que trabajó como mi asistente de cámara durante el festival de Cannes 2011; ahora está haciendo sus pinitos en la capital francesa como modelo, y cuando hay suerte, trabaja como extra para el cine. Su sueño, ser actor.

—Hola, Anthony, ¿qué haces? ¿Cómo estás? —le pregunto. Anthony —cuyo parecido con Alain Delon es más que evidente— me contesta con voz de Alain Delon, pero de buen humor:

—Pues saliendo del cine, por fin: fui a ver la última de Woody Allen, To Roma with Love. ¿La has visto? ¿Qué te pareció?

Woody Allen: el pequeño pelirrojo de la Gran Manzana

Allan Stewart Königsberg, conocido como Woody Allen, nació en Brooklyn, Nueva York, el primero de diciembre de 1935. De origen ruso por parte de padre, más bien “buenazo”, y austriaco por parte de madre, más bien “machacona”. Sobre esta última ironizará en sus primeros chistes: “muy joven tuve que tomar clases de boxeo para poder conversar con mi madre”… Sin embargo, el joven Allan vivió una vida de niño judío, neoyorquino, pelirrojo y feliz durante gran parte de su infancia. Este dibujo perfecto se descompuso el día en que, con tan solo 6 años, descubre tras el funeral de un pariente de la familia que tarde o temprano, nos moriremos todos, incluso él. Entonces, ¿de qué sirve ser el primero de la clase, ser el mejor pitcher de baseball, pelearse con todos para salir con la chica más guapa o ser el más rico de la Gran Manzana, si de todas formas te puedes morir en cualquier momento?

Woody Allen: de estudiante a vendedor de chistes

Allan se valdrá de esa resignada y peculiar forma de ver la vida como fuente de inspiración para sus primeros bocetos como “ensayista humorista”. A los 16 años, Allan Stewart (que ya de niño aborrecía la escuela, alegando que sus profesores no comprendían su sentido del humor) se entretiene combinando estudios y escritura de chistes para columnistas famosos en la prensa neoyorquina. Tras abandonar sus estudios de cine en la universidad arguyendo que las clases son terriblemente aburridas, el joven se dedicó a tiempo completo a escribir chistes poniéndose a la orden de famosos humoristas para programas de radio y televisión. Con su primer sueldo de “vendedor de chistes” (40 dólares), Allan se compra su famosa y hasta hoy irremplazable Olivetti, una máquina de escribir de segunda mano que sesenta años más tarde sigue siendo su fiel colaboradora y la calígrafa de todos sus guiones. Con 17 años, ganando ya más dinero que sus padres y a modo de sellar un margen entre su vida familiar y profesional, el joven Allan Stewart se otorga el pseudónimo de Woody Allen: Allan se convierte en Allen, y Woody lo toma de la sala de cine en el que trabaja su padre, el ‘Midwood Theatre’.

Su estilo novedoso de joven sarcástico y judío neoyorquino no tarda en conquistar el público de Manhattan. Casado por primera vez con tan solo 18 anos, sus chistes son una autocrítica libre y sin complejos de su vida cotidiana: matrimonio, familia, religión, todo vale y todo pasa por el colador de su mente obsesiva y psicoanalista, destilando un chorro de palabras chispeantes, total reflejo de sus fobias.

Woody Allen: de actor a realizador

En 1968, Woody Allen escribe, actúa y realiza su primera película: Take the Money and Run, una producción de 2 millones de dólares, que en pocas semanas se convirtió en un récord de taquilla. En 1970, después de este éxito, Woody firma con una de las compañías cinematográficas más importantes de la época de oro de Hollywood: United Artists (UA, productora creada en 1919 por Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford y David Griffith), y sus productores le dan total libertad, confianza y control de sus películas. En aquel entonces ni Francis Coppola ni Martin Scorsese gozaban de un tal privilegio. Sus primeras películas serán principalmente ambientadas en Manhattan, haciendo de su querida ‘manzana’ uno de los decorados más populares y míticos del nuevo cine americano.

Desde los años setenta, Woody Allen conjuga con talento las diferentes actividades de escritor, actor, guionista, músico y realizador y es uno de los directores más respetados y prolíficos de la era moderna: desde 1969 rueda una película por año. Sus influencias cinematográficas oscilan entre directores como Ingmar Bergman y Federico Fellini, pasando por artistas como Charles Chaplin, Groucho Marx y Bob Hope. En 1977, Allen escribe, protagoniza y dirige Annie Hall, película considerada todavía por muchos como una de las mejores comedias de la historia del cine. Con un costo de producción de 4 millones de dólares, la película recaudó más de 136 millones de dólares en su paso por taquilla. Hasta ese momento, Woody Allen solo era una máquina de hacer chistes, pero con esta película Woody Allen se convierte en una máquina de hacer cine. Annie Hall marca también el comienzo de su propia madurez como director, convirtiendo el joven humorista de Manhattan en un cineasta de genio con reconocimiento internacional.

Annie Hall fue galardonada con cuatro premios Oscar: mejor guion, mejor dirección, mejor película y mejor actriz (Diane Keaton), que en aquel entonces era musa y compañera de Allen. Dicha relación nunca pasó por el aro del matrimonio, pero duró más de diez años, y aun hoy permanece una admiración mutua e inalterable amistad entre ellos.

Woody Allen: coleccionista de premios

A pesar de su conocida indiferencia por los premios, Woody Allen se ha convertido a lo largo de su vida en uno de los grandes coleccionistas de premios de cine: cinco Oscar, dos  Golden Globe, nueve BAFTA (premio de las Artes de Gran Bretaña), dos César (recompensa del cine francés), un Goya (premio de la academia del cine español), etc. En el año 2002, Woody Allen recibió el premio Príncipe de Asturias de las Artes de manos del príncipe Felipe de Borbón y compartió foto de familia con el dramaturgo estadunidense Arthur Miller.

Woody Allen: encuentro con un hombre luz

Hay momentos en la vida en que a uno le cuesta distinguir ficción de realidad; para mí este es sin duda uno de esos.

Cannes, mayo de 2011, hotel Martínez. Tras asistir a la conferencia de prensa por la mañana, Anthony, François Michel y yo subimos para hacerle una entrevista a Woody Allen y llamamos a la puerta de la suite 3225. Nos abre él mismo, vestido con la misma camisa que llevaba por la mañana (azul celeste, casi demasiado grande para él), un pantalón de pana, color pajizo, el pelo aplastado en la parte trasera de la cabeza (de seguro por una visera recién quitada). Woody nos invita a instalarnos en el salón principal de la suite, frente al balcón cerrado que da hacia la croisette. A la derecha del salón, la doble puerta abierta de la habitación deja entre ver un montón de papeles expandidos por toda  la cama, y hasta por el suelo; en la mesa del salón hay un estuche de cuero negro abierto: el de su clarinete. Empieza la función.

Woody Allen: mi encuentro con Gordon Willis cambió mi forma de dirigir

Cuando debuté como director, no sabía muy bien lo que quería. Solo una cosa me obsesionaba: que el chiste fuesebueno. Mi encuentro con el director de fotografía Gordon Willis en Annie Hall cambió rotundamente mi forma de dirigir. Gordon me enseñó todas las posibilidades de la cámara, no solo en cuanto a luz sino también en desplazamientos para seguir a los actores. Colaboramos diez años: juntos hicimos Annie Hall, Manhatan, Zelig, La rosa púrpura de El Cairo y alguna más. No estuvo mal, ¿verdad? Nuestra dirección estaba basada en un credo muy sencillo: “cuando los actores se desplazan, la cámara los sigue”.

El día en que tuve que cambiar de director de fotografía porque Gordon no estaba disponible, Carlo Di Palma lo reemplazó y con él experimenté nuevas cosas. Esta vez ya no se trataba de seguir los actores físicamente con la cámara, sino de acompañarlos mentalmente y traducir con la imagen sus pensamientos. Me sentí muy a gusto combinando esta forma de llevar el guion a la pantalla. Si quería cortar un plano en donde se me antojaba, podía hacerlo independientemente del movimiento de los actores; me sentí todavía más libre con la adaptación del guion durante la dirección de escenas. Globalmente, diría que me gusta cuando las cosas pueden evolucionar de forma totalmente dinámica, dándome más margen para la creatividad.

Woody Allen: sigo trabajando mis guiones como al principio

Siempre escribo todas mis notas a mano, me lleva meses. Luego, como nadie puede leer mi letra, se las confío a mi querida Olivetti. Sé que esto sorprende a más de uno, pero sigo escribiendo con mi vieja máquina de hace un siglo: jamás he tocado una computadora en toda mi vida, ni sé mandar un e-mail. En mis películas mis personajes siguen escribiendo con máquinas de escribir porque así los sigo imaginando. La gente me pregunta cómo hago si tengo que modificar algo en el guion; pues es muy fácil: escribo los cambios en otro papel, lo recorto, lo pego con cinta adhesiva o lo uno con grapas al guion inicial. Es muy sencillo, no hay otro secreto (risas).

Woody Allen: me gusta que los actores me propongan cosas

Una vez terminado el guion se lo paso a mi directora de casting; ella me suele proponer unas quince posibilidades. A veces ni conozco a los actores que me propone; cuando es así, arreglamos una cita. La idea es de encontrar cada vez a la persona ideal, que va a entender perfectamente las sutilezas de su personaje sin que yo tenga que explicárselo todo. A veces he tenido que

separarme de algunos actores durante el rodaje y reemplazarlos por otros, porque no llegaban a sentirse bien con el guion. Eso es muy desagradable; en ese caso no me queda otra, lo hablamos y los remplazo. ¡Para eso están los actores! Personas como Scarlett Johansson leen el guion y me dicen: “Ok, entendí, cuando estés listo me llamas”. Por eso también luego, si ella quiere, puede cambiar cosas del diálogo en el guion, o proponerme improvisaciones, puesto que ya entendió el espíritu de su personaje. En ese caso, yo nunca me opongo a nuevas ideas.

Cuando terminamos de rodar en España Vicky, Cristina, Barcelona (2007), Penélope Cruz y Javier Bardem me  confesaron que tuvieron mucho miedo de no convencerme durante las primeras escenas en las que trabajamos juntos. ¡Yo no me di cuenta! Cuando empezamos a rodar yo no los conocía, pero la verdad es que enseguida me encantaron: son buenísimos actores, me divertí mucho trabajando con ellos. La mayoría de las escenas que interpretaban juntos estaban en español y yo no entendía nada, pero sentía que estaban perfectos. A veces me decían que habían improvisado y cambiado el texto, no pasa nada, ellos eran dueños de sus personajes. Disfruté mucho trabajando con ellos, y me enseñaron algunos buenos restaurantes (risas).

Lo difícil es tener que explicar demasiado las cosas durante el rodaje y ver que algo sigue sin funcionar. Eso crea tensiones, no me gusta. Quiero que me sorprendan, yo necesito que la gente con la que trabajo se divierta, me proponga cosas, y que al terminar el día de trabajo, me pueda ir tranquilo a casa a tocar música o ver un pelea de boxeo…

Woody Allen: soy un urbano

La mayoría de mis películas se ubican en grandes ciudades: Nueva York, París, Londres, Roma… No me gusta el campo ni

 las pequeñas aldeas. Las grandes ciudades me inspiran porque en ellas puede ocurrir cualquier cosa; es muy estimulante para la creatividad. Yo soy urbano y las ciudades son personajes a partes iguales en mi obra. Mucha gente me reprocha mostrar las ciudades como Nueva York o París como postales idealistas; para mí se trata de ficción, por lo tanto de un fantasma.

Woody Allen: por eso sigo haciendo películas

En todas mis películas hay muchos errores. Cada largometraje está hecho de aproximaciones y los miro con cierta decepción. Es por eso que sigo haciendo películas.

***

Terminamos la entrevista hablando de España. Woody Allen me pregunta si sé hacer tortilla de patatas y le digo que sí. ¡Hay momentos en la vida en que a uno le cuesta distinguir ficción de realidad!

En conclusión, voy a ser sincera y contestar a la pregunta que me hizo Anthony desde París, que aún sigue colgado de su teléfono esperando mi respuesta.

Cuando se trata de Woody Allen siempre soy parcial. Creo que jamás he detestado una de sus películas. Es por eso que To Roma with Love no me decepcionó tanto como a algunos de mis colegas, pero tampoco diré que es una Golden Manzana. Woody Allen no es un piloto automático para regalarnos todos los años un Annie Hall o un Match Point.

Pero también en To Roma with Love hay, como en todas sus películas, momentos gozosos para refrescarse los oídos y los ojos, con personajes que se valen y se mueven por sí solos sin ser robotizados por mil y un efecto especial, como los muñecos del nuevo club de los “3D”. En To Roma with Love nos perdemos ingenuamente por las calles de Roma. Nos despertamos, desayunamos y nos afeitamos con un divertidísimo Leopoldo, interpretado por el pintoresco bufón Roberto Benigni, quien nos concede deliciosos momentos de divina comedia. Con Anna, divertida y sugestiva prostituta, hábilmente interpretada por Penélope Cruz (segunda colaboración con Woody Allen), vestida de corto y rojo pasión. Con Anna nos quitamos los tacones y nos metemos en la cama de todos lo cornudos del Coliseo.

Actualmente, Woody Allen ya nos está garabateando una nueva postal: este verano comienza el rodaje de su nueva película en Copenhaguen.

—Sí, Anthony, he visto To Roma with Love. ¿Y a ti que te pareció?

 

© 2012, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

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Elisa Ovalle de Meyer

Elisa Ovalle de Meyer

Elisa Ovalle de Meyer, León, España. Es licenciada de la escuela Bellas Artes de Ginebra, Diploma de Sociología de Arte. Estudió Arte Dramático en la escuela Americana de París. Trabajó como actriz en la compañía Nacional de teatro de Carouge, Ginebra, siendo durante ese momento la única extranjera del “Oeste“ en actuar en la Unión Soviética, por invitación expresa de la primera dama Raïssa Gorbatchev, en el Teatro Stanislawsky de Moscú. En 1990 fue productora y presentadora de programas culturales para la TSR (Televisión Suiza), en 1998 se graduó de Periodismo en la Universidad de Lausanne, creando luego su propia productora de televisión, radio y prensa. Actualmente es corresponsal en Miami para medios de comunicación en Suiza y colaboradora de la revista Sub-Urbano en Miami desde mayo 2012.