Tendríamos que haber venido solos: Guillermo Roz

Paco Bescós

Editorial Alianza, 2012.

203 páginas.

 rozGuillermo Roz (Buenos Aires 1973) acaba de obtener el premio Francisco Ayala de narrativa por la novela Les ruego que me odien. Antes de esto, había publicado La vida me engañó (Mirada Malva, 2007), Avestruces en la noche (Mirada Malva, 2009) y, la que aquí nos ocupa, Tendríamos que haber venido solos, con la que se llevó el reconocimiento Nuevo Talento FNAC 2012. Un premio para cada una de sus dos últimas novelas confirma a Roz como un autor cuya proyección merece la pena tener en cuenta.

Tendríamos que haber venido solos es un thriller en el que se enumeran las vueltas de tuerca que una persona puede aguantar antes de volverse loca. La primera vuelta la pone el propio carácter del protagonista, obsesionado con la idea aislarse, pues, en su opinión,  le quieren demasiado; la segunda vuelta la aplica una dulce esposa vulnerable y embarazada; la tercera, una suegra agotadora; la cuarta es obra de los enormes espacios abiertos de la Pampa, donde todo es extravío; la siguiente, una tormenta apocalíptica. Y la última, una pistola. Estos son los ingredientes que llevan a Norberto a precipitarse en la pesadilla. Rodando cuesta abajo conocerá al ingeniero Venturino, un hombre muerto de abandono, a cuya vida únicamente se asoman su perro Manteca y los locos que cuida su hija en un hospicio perdido de vista.

En definitiva, el libro resulta válido como reflexión acerca de la soledad, en cuanto detonante de comportamientos desmesurados.

“La soledad es una patria compleja; al llegar allí, los exiliados de las tierras más disímiles, lo más distintos, los descoloridos y los coloridos, los invisibles y los visibles, los tristes y los contentos, todos tienen una oportunidad para darse la mano.”

Al margen de algún altibajo, la narración funciona sobre todo cuando el autor aprovecha tres elementos para los que demuestra gran destreza: el ritmo, el humor y la atmósfera.

En la primera parte de la trama, el ritmo es alimentado a base de leña al fuego cada pocas páginas. Los acontecimientos que soporta el protagonista, en determinados pasajes, resultan tan agobiantes que el lector llega a sentir verdadera empatía hacia él. Cabe destacar el arranque, cuando se cuenta la infancia de Norberto: donde más difícil parecería mantener la tensión del relato, es donde mejor se desenvuelve Roz, con una serie de hechos delirantes, que concentran una gran parte del humor negro, y un uso magistral de la elipsis para situarnos en el punto de salida: la carreterucha de la Pampa, camino de una urbanización aislada en mitad del llano.

Desafortunadamente, en la segunda mitad aparecen algunos fragmentos en que la narración pierde fuelle, y uno, acostumbrando a la vertiginosidad de los momentos anteriores, echa de menos alguna pirueta más.

El humor negro es otro importante factor. Roz no tiene piedad con ninguno de los personajes. Primero los retrata como plañideras, retorcidos en la propia exageración de sus pesares, y luego les da verdaderos motivos para llorar, siempre mediante fórmulas tan grotescas que sustituyen por una sonrisa cruel cualquier tentación de apiadarse de ellos por parte del lector.

“Un minuto después llegó la madre clavada, con el pie chorreando sangre, pero agarrada con fervor religioso a su cartera de piel de leopardo (…) La mamá clavada juraba que si le hubiese dado en el corazón, la mataba (hipótesis tan obvia como que el día que dejase de respirar, también moriría)”

El tercer factor es la atmósfera. Y es que se llega a percibir al ser humano como algo verdaderamente pequeño en esta novela; un insecto a merced del espacio y de la fuerza de la naturaleza. La tradición literaria argentina está cargada de geografía, desde El Sur de Borges, hasta Blanco nocturno, de Piglia. Roz demuestra ser un buen continuador de esta tradición, insertando en los espíritus de los personajes el mismo vacío opresivo del paisaje que les rodea.

El coche pasa de largo porque el que conduce sabe de la manía que tienen esos borrachos de andar bajo la lluvia y de lo peligroso que puede salir la apuesta solidaria.

Norberto observa cómo el coche se aleja, igual que un barco abandona a los náufragos. Se va irremediablemente y no hay fuerza mental que lo haga regresar.

Si aprende a corregir determinados detalles que chirrían, propios de distracciones poco meditadas, como algunas escenas difícilmente verosímiles que hay que pasar por alto, no hay duda de que Roz puede erigirse como una voz a seguir, con un mensaje propio sobre la soledad, la familia y los límites de la persona cargado de contenido.

“Había intentado explicarse esa reacción desmedida de amor y le parecía que la mera presentación de la pregunta lo convertía en un intruso colado en las filas familiares.”

A pesar de llevar muchos años afincado en Madrid y de haber viajado a lugares de todo el mundo, Roz conserva en la sangre, tal y como nos contaba en una reciente entrevista, el camino natural del tango y, en la memoria atávica, estímulos procedentes de lo más profundo de la Pampa. Todo ello lo ha volcado en este trabajo, Tendríamos que haber venido solos. 

© 2012 – 2013, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.