Sobre música, globalización y los discursos apocalípticos

Al principio de El 18. Brumario de Louis Bonaparte Karl Marx ironiza sobre aquella sentencia de Hegel según la cual todo acontecimiento de repercusión mundial tendría lugar dos veces en la historia. Según Marx, Hegel habría olvidado advertir que la primera como tragedia, la segunda como farsa. Si aplicásemos la frase a la reacción de la gente frente a los nuevos medios, bien podríamos concluir que el autor de El Capital se equivocó considerablemente. Cuando, hacia finales del Medioevo, apareció el libro, los apocalípticos pronosticaron inmediatamente la muerte de la lectura. ¿A quién se le ocurría leer en solitario? De igual manera, cuando en los albores del siglo XX, los medios técnicos posibilitaron la grabación de música, los expertos se rasgaron las vestiduras, denunciando que la tecnología clavaba una estocada mortal a ésta en cuanto volvía irrelevante experimentarla en vivo. Los discursos apocalípticos que despiertan los cambios que origina el enorme proceso de globalización actual en la música dan buena cuenta de la desconfianza con que el humano se enfrenta al avance tecnológico. Solo que esta repetición no es farsa alguna: la globalización actual ha transformado la música.

La afirmación es tan banal que es casi irrisorio formularla. Menos banal resulta, en cambio, interrogarse por la forma cómo lo ha hecho. Porque procesos de globalización en la música ha habido siempre: la difusión del sistema diatónico producto de la expansión colonialista europea, la instauración de estándares auditivos a nivel mundial con el auge de la microfonía o la injerencia mundial de ciertos géneros musicales propagados por la industria del disco a partir de la segunda mitad del siglo XX. Pero todo ello parece intrascendente si se lo compara con la forma cómo internet y la circulación digital de archivos auditivos ha repercutido en la apreciación humana de la música en los albores de este nuevo siglo. Es por ello que para hablar de música y globalización, es indispensable definir primero de qué tipo de globalización hablamos.

Con el término globalización nos referimos en la actualidad a la conexión transnacional de actores sociales en el mundo posmoderno, pudiendo ser tal enlace de carácter económico, cultural o político. Como afirma el sociólogo británico Anthony Giddens, la globalización no atañe solamente a las esferas públicas de la vida. Abarca también nuestro mundo privado, puesto que mediante nuevas tecnologías de comunicación, altera radicalmente nuestra percepción del tiempo y el espacio. Hoy que gracias a internet la información circula por doquier a una velocidad nunca antes imaginada, las nuevas formas de percibir el tiempo y el espacio influyen, por supuesto, en la producción y en el consumo de la música en todas partes.

Mientras que Lady Gaga, Rihanna o Taio Cruz son producidos en Occidente para ser consumidos, oídos e imitados en Nueva Delhi, Maputo o Moscú, supuestos intérpretes locales como Mano Dibango (Camerún), Warda (Egipto) o Juanes (Colombia) graban en las grandes mecas musicales occidentales, es decir, en los extramuros de los territorios en los cuales su música es consumida. Por si fuera poco numerosos géneros viven hoy por hoy en la diáspora. Existe raï argelino de París, highlife ghanés de Berlín, enka japonés de São Paulo o kuduro angolano de Lisboa, demostrando, no sólo que el mundo es un pañuelo, sino también que los determinantes territoriales han pasado a ser irrelevantes para la música de nuestro tiempo.

La circulación de música también ha sufrido cambios importantes. Hace treinta años era casi imposible comprar discos de Caetano Veloso en Buenos Aires, de Zhan Yi-wen en Madrid, o uno de Ryuichi Sakamoto en Londres. Hoy podemos descargar música de cualquier rincón del mundo con tan sólo hacer un clic sobre la pantalla de la computadora. De este modo no es exagerado afirmar que toda forma musical puede deambular actualmente por aquí o por la Cochinchina. Gracias a ello, otro rasgo de la vida posmoderna es que las culturas musicales pueden entrecruzarse de manera más directa que en el pasado y por lo mismo entablar diálogos, inspirándose de manera recíproca. Hoy la influencia del heavy metal americano es muy grande en Dhaka, como la del country en el sertão brasileño o la del Hip-Hop del Bronx en Katmandú. ¿Es que la alteridad y la fusión se han convertido en un producto mainstream?

Críticos de la globalización gustan de denostar la penetración musical occidental, aduciendo que ésta estimularía una supuesta homogenización auditiva. Pero como el sociólogo francés Frédéric Martel muestra en su libro Mainstream, el futuro de la diversidad musical no está en peligro. Martel demuestra con erudición empírica que la globalización no sólo ha robustecido la circulación de música popular norteamericana en el mundo, sino también de la música china, de la punjabi, de la latinoamericana, de la árabe y la sudafricana. Las estadísticas muestran por cierto que Estados Unidos no ha conquistado el mercado mundial como denuncian los apocalípticos, aunque Jennifer López o Justin Bieber sean consumidos a escala mundial. El mainstream americano ha fracasado en China, como el pop británico en los países árabes. Por el contrario el centro de la industria musical tiene que contar en estos días posmodernos con una seria competencia llegada desde la periferia: así, intérpretes como Michel Teló o Joanna Wang son parte del mainstream global, algo impensable años atrás.

¿Es la globalización un fenómeno hegemónico o subversivo? Difícil decirlo. Lo que sí puede asegurarse es que la renuncia a los vínculos territoriales ha fortalecido la producción multilocal de música. El cantante peruano Luis Ayvar, por ejemplo, graba sus canciones entre Alemania, donde él vive, y el Perú, donde realiza conciertos masivos y tiene grandes ventas. Sus discos llegan al mercado sin que algunos de sus músicos se hayan visto la cara una sola vez. Puede concluirse entonces que la expansión de la tecnología moderna refuerza la producción de música tradicional como en el caso del bardo peruano.

La globalización ha revolucionado además nuestros modos de escucha. Mientras que antaño la música era consumida exclusivamente de manera sedentaria, hoy escuchamos música más y más mientras nos desplazamos de un lugar a otro. Formatos como el mp3 o el mpeg4, productores colaterales de la globalización, son por ello más rentables que el CD o los discos de vinilo, pues nos acompañan por todas nuestras travesías. Una consecuencia de la globalización es por tanto que la música se ha vuelto nómade.

Tal vez una de las novedades más resaltantes de la globalización sea la aparición de lo que podríamos denominar consumo negativo. Una plataforma gratuita como YouTube hace posible consumir música para burlarse o para despotricar de ella. Los vídeos de la Tigresa del Oriente o los de Rebbeca Black han sido visualizados millones de veces, millones de veces han sido motivo de burla, y otras muchas, rapiña de las fieras del espacio cibernético. Si bien la globalización permite a cualquiera convertirse en un experto, se ha hecho también evidente que a menudo se abusa de esa democratización.

La globalización ha posibilitado además que músicas tradicionales adquieran presencia mundial. Uno puede aprender los secretos de las nyangas —las flautas de pan de Mozambique—, las danzas de los Pintupi del desierto australiano o de las canciones de los Xingú brasileños, en YouTube, MySpace o en otras páginas en la red, así como muchas culturas periféricas pueden disfrutar hoy en día de Aretha Franklin, Johannes Brahms, de las canciones de Franz Ferdinand o de las últimas grabaciones del cuarteto Kronos. Al tomar en cuenta esa dispersión de estilos y tendencias podemos concluir que si la globalización por un lado fomenta la homogenización de la música, por otro negocia la diferencia, la versatilidad y el intercambio. La globalización por consiguiente no sólo suplanta los usos antiguos de la música, también los promueve aquí y en la Cochinchina, al mismo tiempo que promociona la aparición de nuevas formas de producción y consumo musical.

Umberto Eco nos ha recordado con suficiente tino que los autores de discursos apocalípticos han pronosticado una y otra vez, erráticamente, la hecatombe final. Sí, la globalización ha cambiado el rostro de las culturas musicales de todo el planeta. Pero como reza la letra de una conocida canción alemana, no por eso se va a acabar el mundo.

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Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).

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2 Comentarios

  1. Estimada Elisa, muchas gracias por tus comentarios. Sí, de seguro Alemania me ha influenciado, aunque ya en Perú tenía estos puntos de vista. Me alegro por los comentarios y te envío cordiales saludos!

  2. Hola Julio, soy Elisa Meyer de Sub-Urbano/cronicas de cine…globalmente me encanto tu reflesion sobre musica, literatura y consumo de global de Arte…, te felicito, pienso tambien que tu nueva vision de de deportado artistico en Alemania te the la suerte de multiplicar no solo tu consumicion pero tambien te habre mucho mas a acceptar la idea de nuevos puntos de vista y reflexion, Bravo, un abrazo con carino de antigua emigrante espanola en Suiza y ahora en Miami!

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