Simona lloraba conmigo

La mañana que murió mi madre, para expulsar el tormento desesperado del cuerpo, mi padre llamó al periódico y puso en venta Corralito. Esa semana, nuestra finca recibió compradores de toda Colombia, incluso inversionistas del exterior, hombres muy educados que fumaban tabaco y calzaban zapatos de cuero sin medias y que llegaban acompañados de guías turísticos que servían de intérpretes. Mi padre los recibía en la sala enroscado en su hamaca de colores patrios y, hediendo a ron, sin ponerse de pie, gritaba: «Váyanse al carajo». Los guías turísticos, avergonzados con sus patrones, se obligaban a traducir en medio de risas forzadas los mal propios de aquel borracho.
Yo tendría unos diez años, pero nunca olvidaré aquella mañana, los ojos botados de uno de nuestros mensajeros que, descalzo y recuperando el aliento, se plantó en medio de las columnas de la entrada de la casona, despertó a mi padre de su hamaca y gritó a todo pulmón, como vendiendo el periódico: «Llegó el Mono, llegó el Mono». Enseguida las domésticas y los obreros salieron de la cocina y se apilaron detrás de la columna más escondida. Contuvieron la respiración y bajaron los machetes los hombres; ellas, por otro lado, excitadas como hembras en celo, cubriéndose una tras la otra, entre risa nerviosa que tapaban con las manos. «Llegó el Mono, llegó el Mono». Mis hermanos y yo nos fuimos cerca de mi padre, pero este dio instrucciones de alejarnos a un trabajador. De la camioneta blindada se bajaron dos indios de cabellera negrísima. Ordenaron con un gesto despreciable a los guardias que abrieran el portón de la finca, cosa que hicieron de inmediato. Los dos guajiros anduvieron por el caminito de piedras que daba justo hasta las puertas de nuestra casa. Mi padre ni se molestó en levantarse. Pidió que subieran el volumen al vallenato. Los guajiros apenas se plantaron en la entrada, uno con un rifle al hombro, el otro con una maleta, observaron el inmenso cuadro del fondo que retrataba el aplomo de mi madre: ojos almendrados oscuros, cuello largo anillado por una gargantilla de perlas grises, la sonrisa jovial y discreta. Los guajiros se llevaron la mano al pecho. Segundos más tarde apareció una figura alargada, portando una pulsera brillante y crucifijos de oro. El Mono era tan blanco que desde que cruzó el patio se le veía todo el ramillete de venas subir de los brazos al cuello. Se plantó enfrente de la hamaca, observó el retrato del fondo, se llevó el sombrero de paja al pecho, y con la otra mano se quitó las gafas oscuras y aunque las domesticas apenas notaron la brillantez de sus ojos marinos, festejaron entre cuchicheos, risas y codazos. Mi padre intentó ponerse de pie, pero el alcohol no lo dejó. «Mucho tiempo, Escalona», saludó el rubio. «No está en venta, Mono», interrumpió mi padre. Buscó el balance de su cuerpo con los brazos abiertos y, mirando al gigante entre el pecho y la quijada, simuló decirle a los ojos: «Y te largas por donde viniste». Las domésticas se llevaron las manos a la boca, mi padre las mandó a callar, y como gallinas temerosas se metieron de inmediato en la cocina. Mis hermanos y yo nos abrazamos a los obreros. Uno de los guajiros, el del rifle, avanzó unos pasos, pero el Mono lo detuvo con la mano en el aire. «Te ofrezco el doble, Escalona; uno por tu tierra, otro por Simona». Con otro gesto de mano, avanzó el guajiro de la maleta. Mi padre la escupió encima y se tumbó de nuevo en la hamaca. «Vete a la mierda, Mono. No está en venta». Yo tenía unos diez años, repito, y nunca olvidaré los ojos de toro endemoniado de aquel guerrillero con pinta de alemán cuando cerró violentamente la maleta llena de pesos y se largó de la finca en silencio, apuntando la frente de mi viejo con su mano en forma de revólver.
Días más tarde enterramos a mi madre. Aunque el velorio intentó ser una ceremonia privada, la mitad del pueblo logró apilarse en las afueras de la iglesia agitando sus pañoletas moradas pues sabían era su color favorito. Era inverosímil pensar que hacía un año exactamente preparábamos en medio de algarabía y desorden nuestras cortas vacaciones a San Andrés. Simona, siempre tan amorosa, llena de energía, tan madre. Unos años más tarde era su propia sombra. Todo sucedió demasiado pronto. Los médicos confirmaron su cáncer, que poco a poco la dejó muda y disecada en la cama. Por ello, cuando me acerqué a su tumba y la vi de nuevo robusta y sonriente como en el cuadro, pensé que se hacía la dormida. Sí, me vi reflejada en sus cachetes brillantes, aporcelanados por el exceso de maquillaje, y golpeé desesperadamente el cristal por un intento de despertarla. Mi padre se acercó llorando. «Ya está, mi pelaíta. Ya está», dijo pegando su boca a mi cráneo, «Deje a su madre subir al cielo», agregó. Fui rabia y malcriadez: «Está dormida, está dormida» me salí de sus brazos y de inmediato fui aprisionada por mis hermanos quienes impedían que yo entrara de cuerpo entero en el ataúd de mi madre.

Se llamaba Jon Jairo Dorosgoitea; le decían el Mono porque así llamamos a la gente rubia en Colombia. Según me confiesan las empleadas de la finca, el hombre, desde chiquito, vivió enamorado de mi madre. Mi padre lo sabía y, ahora que soy mayor y conozco lo que es el orgullo y la vergüenza, puedo entender por qué de vez en cuando, tras una disputa con Simona, se enrollaba directo en la hamaca, con la media botella de anís en la mano, maldiciendo a Jairo a la par que gritaba el vallenato que sonaba a todo volumen. Aquella única «cruz» que protegía a Corralito de otros guerrilleros hacía hervirle la sangre. Y tal vez, sí, fue el amor del Mono hacia mi madre lo único que nos protegió por tanto años. Pienso ahora en sus ojos de toro endemoniado y asumo que fue un error no haberle vendido la finca.
Siempre hubo incidentes con la tierra o el ganado: un empleado dormido en sus funciones de guardia, o alguno otro que llegaba borracho a ordeñar las vacas, o cuando buscaban propasarse con las domésticas, incluso con alguna mula en celo, mi padre que siempre fue un gran patrón, los despedía de inmediato. Y ellos se vengaban: levantaban algún fuego menor en un corral abandonado, o robaban dos o tres conejos, o macheteaban las matas de plátano más retiradas. Todos los ganaderos o empresarios de tierras saben que estos pormenores serán constantes en sus propiedades. Pero desde que murió mi madre, y, sobre todo, desde aquella visita del Mono, no solo los incidentes cesaron de inmediato, sino que reinaba un silencio y una paz, pero sobre todo una obediencia por parte de los domésticos que nos parecía muy sospechosa, yo diría alarmante. Cierto. Todo era mental pues jamás se concretó algún indicio de que nuestros empleados colaborasen de modo secreto con la guerrilla, pero aquella obediencia inmaculada, cuando los fines de semana de antes era un corre-que-corre y un bullicio en la cocina, no era normal o sana. Aquellas alegrías se acabaron de inmediato como si nuestra gente presintiese la gravedad de haber rechazado al hombre más temido del pueblo, como si nuestra finca estuviese a punto de ser consumida por las llamas, como si semejante fuego habría de acontecer ese mismo domingo. Pero llegó el domingo y no sucedió nada. Luego el otro domingo, nada. Los cuatro domingos de aquel abril, por su quietud, fueron los peores. Siguió mayo, nada. Junio y nada. Ocho años y nada.
Pese a la penumbra de silencio y sospechada obediencia que se almacenó en todos los rincones de la finca, Corralito durante todo ese tiempo prosperó en ganado y cultivo. Las empleadas chismoseaban entre ellas que el espíritu de mi madre había retomado el campo. Mi padre dejó de beber, yo tenía los dieciocho recién cumplidos y me encontraba lista para estudiar medicina en Bogotá. Fueron años de calma y cordura. Pero una noche, la madrugada anterior a mi ida a la capital, dos disparos rompieron el canto nocturno de los saltamontes. Una caravana repleta de militares irrumpió contra el portón de la propiedad. Nuestros guardias abrieron fuego de inmediato. «Los Muchachos, los Muchachos», gritaron las empleadas. El estruendoso intercambio de balas me despertó enseguida. Precipité mis pasos hasta la ventana. La noche, a escasos metros, dejó entrever aquellos malditos arrastrándose por el piso. Todo el cuerpo me temblaba. Uno ?solté aire. Dos ?solté aire. Tres ?solté aire. Pero en cada apertura, y cerrada de boca, me empeoraba el temblor. «¿Qué hago? La policía, la policía», me dije mirando las paredes, la cama tendida, las mesas de noche. Tomé de inmediato el teléfono, ya sin línea, lo arrojé contra el piso. Desde la distancia los gritos desesperados de las empleadas forzaron que mis piernas, mis fuertes rodillas, se doblasen de tal forma que ignoro cómo pude avanzar hasta la habitación contigua. «Viejo, viejo», susurré con desespero al entrar. Palmeé la cama, a ciegas, y encontré las frías sábanas aún tendidas. De pronto sentí una fuerza que me ancló de nuevo al suelo. Mis piernas no daban más. Me desplacé gateando hacia la puerta. Contuve la respiración: Uno ?solté aire. Dos ?solté aire. Tres ?solté aire. Allí, en cuatro patas, saqué la cabeza hacia el pasillo. Un caótico movimiento de linternas subía deprisa hasta la habitación. El lejano ruido de las botas se hacía más fuerte.  Me dispuse, entonces, ya sin importarme nada, a lanzarme del balcón. De pie, a punto de correr hacia la ventana: Uno ?solté aire. Dos—… Una punzada traicionera en la nuca me tiró de boca al suelo. Cuando desperté en medio de la oscuridad no pude mover los brazos ni las piernas. En la pesada negrura de donde demonios me tenían, yo sentí la maldad de aquellas cuerdas mordiendo y cortando la circulación de mis tobillos y muñecas. Restablecieron la electricidad de un golpe. Amarrada y encogida en el suelo como un feto, mi ojo, menos hinchado, pudo reconocer la sala. Esa ya no era la sala de mi casa: a lo lejos, la hamaca multicolor de mi padre yacía despedazada en mil tiras. La mesa de madera donde desayunábamos, abierta en la mitad, sin patas. Y el cuadro inmenso de la entrada, donde figuraba hiniesta y sonriente mi madre, era un trapo agujerado y quemado sobre el suelo: Simona lloraba conmigo.
Por unos minutos me dejaron abandonada en aquella esquina. Mis manos y mis piernas se azulaban cada una por su lado. Al principio las manos, amordazadas por unas gruesas cabuyas de guacal, se me volvieron pálidas y frías, luego empeoró el color. Lo mismo con las piernas. Mientras más intensa era la sombra morada de mis extremidades, menos las sentía. De pronto unos gritos de niños irrumpieron del fondo. Al verme tirada en el piso, los dos indiecitos semidesnudos comenzaron a burlarse y a mostrarme sus dientes negros. El más grande me señalaba con una metralleta, el otro, barrigón por las lombrices, me hacía la cruz con un machete más grande que él.  Las botas de los encapuchados pisaban los grandes charcos de sangre que se había formado a nuestro alrededor. Avanzaban hasta la cocina del fondo sin mirarnos. Desde lejos se les veía registrando los gabinetes blancos, arrojando los platos contra el suelo, sus caras por entre las tuberías del lavaplatos por todos lados oliendo como desesperados perros antidroga.
Un encapuchado se me plantó enfrente. Le hizo una señal con el machete a los dos indiecitos como mandándolos a molestar a otro lado, los niños obedecieron con gran sumisión. Lo poco que recuerdo de este miserable encapuchado era su tamaño y mal aliento: era un enano como los de circo. Llevaba la camisa manga larga de los militares abierta como una bata de baño. Debajo traía una camisa negra que le llegaba hasta las botas con la silueta en blanco del rostro del Che Guevara. El enano se quitó la capucha. Me sonrió. Descubrí unos ojos negros, vacilantes y arañudos. Su enorme cara le ocupaba la mitad del cuerpo. Con sus manos pequeñas y deformes como si tuviera tan solo un dedo me sostuvo por los hombros y muy delicadamente me sentó frente a él. Me acarició con ternura el cabello. Luego paseó sus dedos por el trapo de cocina que me tapaba la boca. Yo corrí la cara hacia el otro lado, y me hacia shh, shh, shh, shh con su dedo sobre mi boca, domándome. En aquellos ojos hundidos y amarillos pude ver toda su asquerosa hombría. Abrió el hocico:
?¿Dónde está? –soltó con su voz hedionda a excremento.
Con asco miré hacia otro lado. El enano se acomodó encima de mí. Acercó su cabeza colosal un poco más cerca de mi boca, luego pegó su oído a mis labios. Yo sentía cómo se hinchaba al escuchar mi respiración. Hice tanto como pude para no abrir los labios. Al verme inmutada, giró suavemente su rostro hasta dejar su boca llena de ronchas casi rozando la mía. Su ternura, y todo lo que salía de él me espantaba. «¿Dónde está?», insistió. El enano me retiró, sin quitarme la sonrisa, el trapo de la bloca. Le escupí la sangre en la cara. No se inmutó. Se llevó la mano a la frente y parte de los ojos, y se lamió con gusto. Me clavó de nuevo sus ojos de araña, siempre sonriendo. Hizo un No con el dedo tras chocar la lengua con sus dientes y me inmovilizó el rostro con ambas manos. El puño que me arrojó después me dejó inconsciente por unos segundos. Al abrir los ojos, vi que mis dos manos estaban atadas a las patas de una mesa, yo de rodillas, mirando boca al suelo, con los pantalones bajos hasta las rodillas. Sentí su lengua recorrerme por detrás de las piernas como el ácido caliente de cualquier insecto repugnante. Yo no sabía cómo llorar o cómo gritar o moverme o dar patadas para sacarme aquella repugnancia de encima. El cansancio me había consumido, y fue allí, cuando por primera vez entendí lo que era el orgullo y la vergüenza. A Dios le imploré un milagro.
El enano había comenzado a desplazarme la ropa interior cuando se levantó de un golpe. Contrariado se fue corriendo hacia el otro extremo de la casa donde unos hombres habían gritado algo que no entendí, en otro idioma. En tres golpes todos se habían congregado fuera de la casona. Siguieron varios disparos, los gritos de las empleadas, ventanas rompiéndose, y luego el silencio, un silencio que tamboreaba dentro de mi cabeza, duro, metálico. De pronto la calma. Las cosas retornaron a su forma: la mesa a la mesa, mamá al cuadro, los muebles a los muebles, la sala bocarriba a una sala descuartizada, y yo, allí, tirada en el suelo y ensangrentada como un animal herido, huérfano, un animal sin orgullo, sin dignidad.

Llegué a Florida en un vuelo de emergencia, a la mañana siguiente. Mis hermanos me recibieron reteniendo sus lágrimas. Uno de ellos se ofreció a llevarme el equipaje y en cuanto vio que solo traía una mochila de escuela se la llevó violentamente al pecho y comenzó a llorar en el acto. Nos abrazamos con las cabezas metidas formando un círculo. De aquella invasión pude resguardar conmigo un trozo de hamaca destruida y los ojos negros del lienzo de mi madre. Aquí en Miami pedí asilo político, el cual me aprobaron al cabo de unos meses. Y de los diez años que llevo viviendo en esta hermosa ciudad, acepto que el primero fue el más hijueputa, como decimos en mi tierra. He conocido gente que ha perdido en un accidente de automóvil toda su familia. Tengo vecinos cuyas propiedades fueron reducidas a cenizas por «los Muchachos», como llaman los campesinos a la gente de la FARC. He leído artículos y biografías de sufrientes, hoy extraordinarios, que han logrado reconstruirse. Yo respeto estas pérdidas, pero no es el mismo luto, pues yo todavía ignoro si mi padre aún sigue secuestrado y recluido en un corral de gallinas o si me lo mataron. Mucho menos sé el culpable de este dolor. ¿Es al Mono a quien debo aplacarle todas mis maldiciones? El tamaño de mi angustia me supera; esta incertidumbre de no saber si los esporádicos corazones que me reciben en el espejo, al salir de la ducha, son o no formas de contacto que el alma de mi viejo usa para comunicarse conmigo, ¿o es acaso un simple vapor del azar? Ese primer año consistió en abandonarme en la cama y dar respuestas a todo eso. Sin comer, tomando pastillas para resistir la necesidad del baño, mi cama era un hospital. La habitación se volvió oscura y rancia, mis sábanas enmohecieron. Perdí peso, tanto, que una vez frente al espejo me hablé pensando que yo era mi propia madre cuando justo el cáncer le había absorbido toda la piel. Estoy segura que esa noche iba morir, pero entonces soñé. Ella movía la boca y, como tratándose de una película doblada, salía un poco atemporal la voz de mi viejo. Desperté de un golpe y lloré por última vez hasta quedarme sin saliva. En cada jadeo sentí mi piel limpiando esa sarna absoluta que me empotrada a la cama: «No se olvide, mija, que lleva nuestro apellido». Entonces fui a la ventana, corrí las cortinas de par en par y el sol penetró como si nunca hubiese llegado ante aquella oscuridad. La luz del mediodía amarillaba mi rostro, la habitación y fuera los techos rojos de las casas y luego el verde de los parques, y muy en el fondo la mar y su brisa humedeciendo de nuevo mi piel que absorbía aquella sal como una esponja. Desenredé el trozo de hamaca y lienzo que había anudado en mi muñeca y lo solté por los aires; se balanceaban, allí, mi padre y los ojos negros de Simona. Y sentí paz.

Este cuento forma parte del libro Los hijos de Israel, que puedes ordenar desde aquí.

Los Hijos de Israel - Geyser DacostaSinopsis: En estos nueve relatos, Geyser Dacosta aborda con todas sus consecuencias el error o el acierto de aquellos individuos que buscando en Miami la tierra que mana leche y miel, lamentan o aplauden su inicial partida. Ocurre, pues, que irse, — abandonarlo todo, quizá, por oxígeno económico— resulta, ya en muchos casos, no un sueño, sino su antónimo. Los Hijos de Israel, en su ficción testimonial, verifica este conflicto. Un evasor de impuestos, un lavaplatos, una cachifa, un americano ilegal, un cubano feliz, todos encaran el éxodo hacia los Estados Unidos como recurso último de supervivencia. Voces, en fin, que en lugar de hablar, gritan; no caminan, sino se arrastran. Hambrientas, afanadas, eso sí, en llenar afuera el vacío que todo inmigrante lleva dentro.

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Geyser Dacosta

Geyser Dacosta

Geyser Dacosta (Caracas, 1980) fue finalista del certamen poético Alfonsina Storni (Calgary, 2009) y el mismo año galardonado con el premio de autores inéditos de Monte Ávila Editores, mención narrativa, por su obra Los Hijos de Israel. Sus textos y algunas críticas sobre su poesía aparecen en diversas revistas literarias (entre otras: Alba Volante, Almiar, Qantati, Ágora; papeles dramáticos). Vive en Montreal.