Siete saberes que la educación debe entender

 Por Luis Miguel Cangalaya Sevillano

 

 

En 1999, la UNESCO publicó en París una investigación de Edgar Morin, un reconocido filósofo y sociólogo francés. El texto se tituló Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, una interesante reflexión sobre la educación de los años venideros.

La UNESCO, para aquel entonces, había solicitado a Morin que pudiera expresar sus ideas con motivo de hacer una contribución al debate internacional sobre la forma de reorientar la educación hacia el desarrollo sostenible. En este texto, el autor nos presenta siete principios que considera fundamentales para la educación del futuro.

1. LAS CEGUERAS DEL CONOCIMIENTO: EL ERROR Y LA ILUSIÓN.

Es evidente que nuestra educación se muestre “ciega” ante lo que es el conocimiento humano, y que tienda tanto al error y a la ilusión. Esta educación ya no se preocupa por conocer lo que es conocer. Hay que tomar conciencia que el conocimiento del conocimiento nos permite afrontar estos riesgos –el error y la ilusión– que nos perjudican tanto. Por tanto, nuestra educación debe atender a estudiar las características cerebrales mentales y culturales del conocimiento humano.

La racionalidad está presente en diversas mentalidades. Es decir, en toda sociedad hay racionalidad. Entonces, en la educación para el futuro debe reconocerse un principio de incertidumbre racional: “la verdadera racionalidad no solamente es teórica ni crítica sino también autocrítica”. Sin autocrítica se puede caer en la ilusión racionalizadora.

2. LOS PRINCIPIOS DE UN CONCEPTO PERTINENTE.

Se debe poner atención en promover un conocimiento capaz de abordar problemas globales y fundamentales para inscribir allí conocimientos parciales y locales. La educación debe promover una inteligencia general que sea apta para referirse al contexto, a lo global, a lo multidimensional y a la interacción compleja de elementos. Debe tener la capacidad de plantear y resolver problemas. Para ello necesita ejercer la curiosidad.

El siglo anterior vivió bajo la seudorracionalidad. Por un lado, el siglo XX produjo grandes progresos, pero, por otro, produjo una nueva ceguera hacia los problemas globales, lo cual generó muchos errores e ilusiones.

3. ENSEÑAR LA CONDICIÓN HUMANA.

La condición humana debe ser objeto esencial de cualquier educación. Para ello debemos reconocernos en nuestra humanidad común y, al mismo tiempo, reconocer nuestra diversidad cultural. Conocer lo humano es situarlo en el universo y a la vez separarlo de él, pues sabemos que cualquier conocimiento debe contextualizar su objeto. Todo desarrollo verdaderamente humano implica el desarrollo de las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y del sentido de pertenencia con la especie humana.

Una educación para el futuro debe entender la unidad humana y la diversidad humana. Para ello debe examinar y estudiar la complejidad humana. Con ello se tomará conocimiento y conciencia de la condición común a todos los humanos y a la vez de la diversidad de individuos, pueblos y culturas.

4. ENSEÑAR LA IDENTIDAD TERRENAL.

Hay que tomar conciencia y un sentido de pertenencia que nos ligue a nuestra Tierra como primera y última patria. Hay que “estar-ahí”. Esto significa aprender a compartir, a comunicarse, a comunicarse, a comulgar. Pero, es de saber que también aprende todo ello simplemente como humanos del planeta Tierra, es decir, con un sentido de pertenencia e identidad.

Para poseer esta identidad terrenal –acondicionar, mejorar, comprender– debemos tomar conciencia antropológica, ecológica, cívica y espiritual. Esto resulta muy necesario y hasta imprescindible.

5. ENFRENTAR LAS INCERTIDUMBRES.

El siglo anterior ha descubierto su impredecibilidad. La historia humana ha sido y sigue siendo una aventura desconocida. Ella no constituye una evolución lineal, sino que es un complejo de orden, de desorden y de organización. De allí se desprende que una gran conquista de la inteligencia sería poder deshacerse de la ilusión de predecir el destino humano.

La incertidumbre no solo se da sobre el futuro, pues también sobre el conocimiento. Así como nos hemos educado en un sistema de certezas también debemos educarnos en la incertidumbre. Estamos ante una nueva conciencia: el hombre enfrentado a ella por todos lados. Por eso debemos aprender a encararlas, sin desligarlas del conocimiento.

6. ENSEÑAR LA COMPRENSIÓN.

En nuestra enseñanza está ausente la educación para la comprensión. Una enseñanza de ese tipo requiere una reforma de las mentalidades: esa es la tarea de la educación para el futuro. Se requiere la comprensión entre humanos, entre sociedades, entre culturas, pueblos y naciones.

Para que pueda darse esta comprensión entre estructuras de pensamiento se necesita pasar a una metaestructura de pensamiento. Si sabemos comprender antes que condenar podremos humanizar las relaciones humanas. En buena cuenta, la comprensión favorece el bien pensar, la introspección, la apertura subjetiva hacia los demás y la interiorización de la tolerancia.

7. LA ÉTICA DEL GÉNERO HUMNANO.

Para considerar una ética propiamente humana se debe tener en cuenta una secuencia de “individuo-sociedad-especie”. De allí surge nuestra conciencia y nuestro espíritu propiamente humano.

La ética propiamente humana (antropoética) conlleva a la esperanza de lograr la humanidad como conciencia y ciudadanía planetaria. Para ello la democracia no puede ser tan simple, pues necesita el consenso de la mayoría de los ciudadanos, así como las diversidades y los antagonismos.

En conclusión, todo esto es sumamente necesario para entender la educación pensada en el futuro en cualquier situación o contexto. Hay que tomar conciencia, aplicarlo e interiorizarlo para formar parte de ella con miras a lo que queremos proyectarnos en materia educativa. Como se menciona en el mismo texto: “Hay siete saberes fundamentales que la educación del futuro debería tratar en cualquier sociedad y en cualquier cultura sin excepción alguna ni rechazo según los usos y las reglas propias de cada sociedad y de cada cultura”.

 

 

 

 

 

 

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Lima, 1983. Escritor, educador y doctorando en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue premiado con el 1. ° puesto en el concurso literario Cuenta Lima, organizado por la Municipalidad Metropolitana de Lima (2016). Asimismo, obtuvo el 1. ° puesto de la categoría cuento en los Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (2015). Además, fue ganador del 1. ° puesto en cuento y en ensayo en los Juegos Florales de la Universidad César Vallejo (2013). Es redactor en la Revista Cultural Suburbano de Miami (EE.UU.) y columnista en la sección cultural del diario Expreso (Perú). Del mismo modo, se desempeñó como redactor en la editorial San Marcos. Es coautor de diversos textos universitarios en la especialidad de lengua y literatura, y autor de varios textos narrativos que han sido publicados en antologías. Asimismo, dicta talleres y conferencias sobre educación, investigación y redacción académica y científica. Actualmente, es catedrático en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), en la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH), y docente virtual en la Universidad Privada del Norte (UPN).