Setenta veces siete

Un buen cristiano sabe perdonar. Un verdadero seguidor de Jesús se distingue porque ante cada ofensa abre su corazón al perdón. El perdón ha sido una de las ideas centrales en la doctrina cristiana y, por ende, un hábito purificador de gran relevancia en el ámbito privado de millones de creyentes. El problema surge cuando lo que caracteriza a un buen cristiano se promueve indiscriminadamente como si fuese un deber ciudadano. Ciertos países sufren crisis perpetuas de identidad porque no terminar de asimilar del todo el carácter secular de sus instituciones. Colombia es uno de ellos, y a las constantes embestidas contra las barreras de la secularización, uno de los mejores logros de la civilización moderna, hay que sumar ahora los dilemas inherentes a la suscripción de un acuerdo de paz. El perdón, un acto necesariamente íntimo de gran potencial terapéutico, ha sido ascendido en la práctica al nivel de mandato cívico.

Sin perdón, dicen desde todas las orillas, será imposible que la letra impresa del acuerdo sea el preámbulo de un país en paz. A la gente que ha sufrido en la guerra hay que convencerla para que perdone, ha decretado el Presidente, Juan Manuel Santos. “Queridos colombianos: no tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón”, ha recomendado el papa Francisco en concordancia con la lección de Jesús según el Evangelio de San Mateo, de perdonar no siete veces sino setenta veces siete. Todo empeño para disminuir la violencia parece encarnar un esfuerzo para promover las bondades del perdón. ¿Qué ocurre entonces con los que deliberadamente asumen el precio de no perdonar? ¿Con los que, tras hacer un examen íntimo de conciencia, se confiesan incapaces de perdonar ofensas abominables, que para ellos están más allá del perdón? ¿Con aquellos a los que no les convencen las prescripciones ingeniosas de Jacques Derridá sobre el perdón a lo imperdonable? ¿Con los que sugieren que el verdadero perdón sólo lo puede otorgar quien ha sufrido directamente el daño, algo que resulta imposible cuando el daño se traduce en la aniquilación de la víctima? ¿Con los que condicionan su perdón a un gesto de verdadero perdón y genuino arrepentimiento porque no creen en las supuestas bondades del perdón unilateral? ¿Están condenados irremediablemente a una vida de rencor, presos para siempre en la rabia abrasadora, el dolor inconsolable y la tentación de venganza? ¿No tendrán espacio alguno en las iniciativas colectivas para cerrar el capítulo de la injerencia de las FARC en la historia del país? ¿Los van a perdonar a ellos por negarse a perdonar?

La historia de la familia Hackett en Irlanda del Norte, una historia a la vez lejana y cercana a oídos colombianos, puede ayudar en la búsqueda de respuestas. Pero para hablar de los Hackett conviene empezar por hablar de Michael Stone, la persona que los hizo célebres.

Tan lejos y tan cerca

Stone es un tipo de mirada fría, imperturbable, prácticamente inerte. La voz se mantiene en tono bajo, monocorde, sin sobresaltos, el caso de alguien que sabe que no tiene que gastar mucha energía para reclamar la atención. Tiene el hábito de apretar las cejas y la boca cada vez que quiere hacer énfasis en los dogmas en los que se refugia ante la presión ajena. El rostro se le ha ensanchado por el abuso evidente de los músculos maseteros, sometidos a la fricción permanente que es predecible de una vida en los límites permanentes de la tensión y la animadversión. Parece haber sido esculpido a propósito para lograr un efecto así de intimidante. Mucho maltrato previo cabría esperar en los antecedentes personales de alguien cuya conducta es más que coherente con la hostilidad de su fachada.

Estamos en 2006: tendrá más o menos unos 50 años; es decir, que nada de lo que dice o hace puede enmarcarse dentro de las circunstancias atenuantes de la juventud. No ha cambiado mucho desde que, en marzo de 1988, se coló en un masivo funeral en Belfast de tres soldados de una de las ramificaciones del IRA, le arrojó varias granadas a la multitud y con una pistola automática armó una balacera que le sumó tres muertos más al cortejo, dos civiles católicos y un voluntario del IRA, además de 60 heridos entre los que había de todo: niños, ancianos y una señora embarazada. Todo quedó registrado en cámaras: el sacudón de lo imprevisible, el desconcierto de quienes se escondieron detrás de las lápidas desportilladas por las explosiones, el intento de fuga de Stone y la muchedumbre encolerizada, que lo fue rodeando como una mancha de aceite expandiéndose en el agua y que al final logró cazarlo, cuando al agresor ya no le quedaban más balas en la recámara ni granadas en los bolsillos. Stone se salvó de morir linchado porque la policía llegó a tiempo para apresarlo, pero alcanzó a recibir una paliza que lo dejó con una cojera permanente. En youtube abundan las imágenes sobre el episodio, conocido como la Masacre del Cementerio de Milltown. Al ser arrestado, Stone, un paramilitar leal a la causa del Ulster Defence Association (UDA), admitió tres homicidios más. Uno de ellos fue el de Dermot Hackett, de 37 años: en su confesión aceptó haberle disparado 15 veces tras emboscarlo cuando se movilizaba en su camioneta de reparto de productos lácteos.

Volvamos a 2006: la esposa de Dermot, Sylvia, y un hermano, Roddy, tienen el coraje de sentarse al frente de Stone y de las cámaras de Facing the Truth, un documental de la BBC. Los Hackett buscan respuestas. Buscan confrontar a Stone, que ha recobrado la libertad gracias a los acuerdos del Viernes Santo de 1998. Buscan limpiar la reputación de Dermot negando con vehemencia su supuesta implicación con el IRA Provisional y la carnicería que por décadas devastó a Irlanda del Norte. La idea inicial es que una de las hijas de Dermot, Sabrina, también esté presente, pero la muchacha no soporta la cercanía del asesino y se ausenta del estudio apenas inicia la conversación. Sylvia hace un esfuerzo digno y sobrecogedor para que sus palabras no se deshagan en los espasmos del desconsuelo y, de entrada, advierte que no se ha sentado allí a perdonar a nadie. Roddy traga saliva y mantiene la compostura: detrás de unas gruesas gafas se esconden sus pequeños ojos que no aguantan la imagen de Stone por más de unos pocos segundos y recurrentemente buscan sosiego en el suelo. Ambos tratan de explicarle al asesino las verdaderas dimensiones de la tragedia personal y familiar que ha desatado su fanatismo. Se esfuerzan por hacerle entender que se trató no solo de un acto execrable sino también de un error miserable, porque Dermot, un humilde trabajador, jamás militó en el IRA Provisional o el Sinn Féin. Sylvia, que estaba embarazada de su segunda hija en el momento del asesinato, incluso ofrece darle la mano al final, como contraprestación de la verdad con la que pretende honrar póstumamente la memoria de su marido. Ante el dolor que transmite la escena cualquier palabra resulta superflua. Los Hackett quieren la verdad de los hechos. Stone tiene en sus manos la posibilidad de hacer una invaluable contribución para que los Hackett puedan cerrar en propiedad el capítulo más doloroso de sus vidas.

Se trata de una experiencia realmente estremecedora. Lo más probable es que el instinto de cada espectador de este diálogo esté anhelando que al final haya un instante de redención, un poco de fraternidad, una luz decorosa de esperanza. Es el propósito del documental y la inclinación natural de la mayoría de seres humanos. Los productores de cine lo saben, y es por eso que rara vez encontramos una película que no tenga un mensaje optimista y liberador al final. Lo que consideramos bueno y deseable, ideas como la del perdón, en la ficción usualmente se impondrán al final sobre lo malo, sin importar lo difícil que sea el recorrido o lo insalvables que sean los obstáculos que plantan en el camino. No son muchos los que van al cine o prenden el televisor para que les nieguen el derecho a la esperanza. El documental en mención, de hecho, fue la inspiración de una película que pasó hace unos años sin pena ni gloria, 5 Minutes of Heaven (título traducido al español como Cinco Minutos de Gloria o Cinco Minutos en el Cielo), en la que el victimario, Alistair, un afligido Liam Neeson, busca la absolución a los crímenes de su juventud y Joe, su víctima, un exaltado James Nesbitt, aprende a renunciar a las ensoñaciones de venganza y a cerrar las heridas de su pasado. Si todos los subversivos en trance de rehabilitación del mundo fueran como Alistair, que parece llevar el peso del mundo sobre sus hombros, las cosas serían más fáciles y las expectativas de reconciliación más realistas. El arrepentimiento genuino por los errores del pasado facilitaría el perdón y allanaría el camino de un futuro mejor.

El dilema es que esto es la vida real, y Stone está en las antípodas de la simpatía que podría despertar un personaje como el de Neeson. Sus palabras parecen bofetadas y hacen que los Hackett pasen rápidamente del abatimiento a la indignación y se revuelvan incómodos en sus sillas. Stone trata infructuosamente de hilvanar un torpe alegato en el que se autoproclama al mismo tiempo como un resuelto e implacable soldado y una compungida víctima más del adoctrinamiento militar. Se desdice de su confesión inicial y sostiene que, aunque intervino en la planeación del crimen, el asesino de Dermot no es él sino un muchacho al que quería librar de toda responsabilidad penal para que retomara su participación en la guerra. Asegura ser un soldado riguroso y escrupuloso, incapaz de disparar a una persona inocente, y semejante cinismo obliga a sus víctimas a recordarle lo quedó registrado para siempre en las cámaras: que fue él quien disparó a mansalva, sin mayor planeación o escrúpulo, contra la multitud en el cementerio de Milltown. Reitera que sigue considerando a Dermot como un objetivo militar legítimo, pero evade la petición de los Hackett para que pruebe cualquier vinculación de la víctima con el IRA Provisional y no aporta nada diferente a su certeza, tan arrogante como difusa, de la veracidad de los informes de inteligencia con los que se seleccionaban los objetivos. Stone es, ante todo, es un dogmático de manual, la viva demostración de los peligros de la cerrazón mental: no es capaz aceptar que su información es incompleta, de dudar, de conceder una posibilidad contraria a su visión infalible del mundo, de escarbar en los argumentos ajenos alguna verdad que le permita ajustar su percepción de la realidad.

Las lágrimas se han secado temporalmente en el rostro de Sylvia; queda solo el estupor de saber que Stone ha comparado el dolor que ella ha sufrido con el que él siente al no poder ver a su nieta por razones de seguridad. Es el mismo tipo que dice después que no busca compasión ni redención. Sylvia y Roddy lo confrontan una y otra vez con gallardía, pero desde el principio se habrán dado cuenta de que el hombre está más allá de la razón, y más lejos aún de cualquier vibración mínima de empatía por el sufrimiento ajeno o de cualquier señal de arrepentimiento genuino. Saben, sin embargo, que están ahí para tratar de cerrar un capítulo. Sylvia confiesa la lástima que siente por los hijos de Stone, y hace al final lo que dijo al principio que no podía hacer: dice apresuradamente que lo perdona, con la convicción debilitada de una voz que a continuación culpa también a Stone de la muerte de su madre. Incapaz de contenerse por más tiempo, su tristeza estalla como un volcán y se abandona al hombro de Roddy, un gesto entrañable antes de lo inimaginable: se levanta de su silla para darle la mano a Stone. Nadie podría juzgarla por lo que ocurre en ese instante: apenas siente el tacto del asesino en su piel huye del escenario, conmocionada, como si le hubiera dado la mano al diablo en persona. La escena definitiva de reconciliación ha quedado trunca. Los Hackett se han quedado sin el alivio de la verdad, sin el consuelo del arrepentimiento. El final, sin embargo, ha sido revelador: Stone ha ido aflojando un poco la guardia, solo hasta cierto punto: se confiesa incapaz de un gesto de grandeza como el de Sylvia, reconoce que son ellos, los Hackett, mejores personas que él, y manifiesta su deseo de que el encuentro haya servido para sanar las heridas de sus víctimas.

El moderador principal del encuentro, el Nobel de Paz Desmond Tutu, quizá el exponente más popular del perdón en el mundo, decreta su satisfacción por lo sucedido. Cierra la sesión diciéndole a los Hackett y a Stone que es por gente por ellos que hay esperanza. Ambos reciben el mismo elogio, indiscriminadamente. Será por eso que las palabras de Tutu suenan postizas, a pesar de sus buenas intenciones. Suenan como si fueran parte de un libreto que tiene preparado para recitar sin importar la resolución del encuentro. Inevitable sentir que queda una turbia sensación de amargura flotando en el ambiente. E inevitable mencionar que, muy pocos meses después del encuentro, Stone, supuesta fuente de esperanza, volvió a la cárcel. Sus aversiones fueron más importantes que la libertad que gozaba tras la amnistía general acordada en Irlanda del Norte. Fue condenado nuevamente por el intento de homicidio de sus enemigos a muerte, los dos principales líderes del Sinn Féin, Gerry Adams y Martin McGuiness.

La opción de Sylvia

Hay más de una forma de escapar del laberinto del odio. Más de una opción de descargar el peso del pasado. Más de una vía para sentirse “livianito, livianito”, como dijo un político y ex guerrillero, Antonio Navarro Wolff, que se sintió cuando perdonó a sus enemigos y pidió perdón por los crímenes del M-19. Las bondades del perdón en muchos casos están fuera de controversia, pero el perdón no es el único medio para librarse del amargo recuerdo del daño sufrido, ni de la indeseable presencia en la mente de la persona que ha hecho el daño. Tutu, un hombre religioso, afirma categóricamente que no hay futuro sin perdón en el título de uno de sus libros. Sin embargo, las alternativas disponibles para las víctimas no pueden confinarse solo a una posibilidad. Cualquier proceso de paz es demasiado frágil para depender del nudo ciego que se forma cuando se corrobora que no todas las víctimas estás dispuestas a perdonar y no todos los victimarios están dispuestos a pedir perdón y demostrar sincero arrepentimiento. Eso pasa solo en las películas.

En la vida real, en el fuero personal que se separa del jurídico, habrá víctimas que encontrarán alivio en la absolución de quienes han desatado su tragedia, y otras que creen en lo irreversible; que hay algunos crímenes demasiado graves como para ser perdonados, menos cuando no hay un arrepentimiento sincero del agresor sino sólo una estrategia política o un requisito legal; que el alivio personal no se puede ganar a costa de la rehabilitación moral del criminal. Entre los victimarios habrá unos a los que se le quiebra la voz al lamentar los crímenes cometidos y otros, como Stone, protegidos detrás de una indestructible coraza ideológica que justifica siempre todos sus desmanes y los exonera en sus consciencias de todo sentimiento de culpa y en sus proclamas de toda manifestación genuina de contrición.

En una sociedad secular nadie tiene una autoridad definitiva sobre otro para imponer una verdad incuestionable respecto al perdón. Se trata siempre de una opción individual, que se puede acoger o rechazar según la consciencia o la conveniencia. Para trascender a los dilemas del perdón, la filósofa Martha C. Nussbaum propone la opción de la generosidad incondicional. De lo que se trata, ante todo, es de superar la obsesión con el pasado, que resulta indeseable tanto para los individuos como para los países. Con perdón o sin él. Se trata de fundar un proyecto de país posible no en el repaso permanente de las rencillas, las culpas y las discusiones estériles sobre el pasado sino en la construcción de un futuro en el que lentamente se van forjando valores compartidos entre los enemigos que lentamente aprender a reconocerse como simples adversarios. Lo que Nussbaum propone es evadir la trampa del perdón como el punto de partida de la reconciliación. Al respecto, el ejemplo de Sylvia es revelador.

Sylvia ha optado finalmente por no perdonar, pero eso no implica que viva consumida por la rabia y el resentimiento. Tras decantar sus verdaderos sentimientos después de la grabación del documental, tras repasar sin la presión de las cámaras el reflejo de terror que sintió al darle la mano, confiesa públicamente que, en realidad, jamás perdonará a Stone, y que no le ofreció estrechar su mano en señal de perdón. “Lo hice para demostrarle a ese hombre que yo era más fuerte que él y mucho mejor persona”. No podrá olvidar la imagen en la morgue del cuerpo inanimado de su esposo que todavía manaba sangre de una herida en el cuello, ni la cara de su hija cuando supo que su padre estaba muerto. Sin embargo, prevaleció el recuerdo de lo bueno y le ganó la batalla al odio. Dice que aprendió a ser más fuerte y más valiente que nunca, y que por Stone ya no siente nada distinto a la compasión por un hombre sin grandeza alguna que sucumbió al odio para arruinar muchas vidas, entre ellas la suya propia. Que evadió el deseo latente de insultarlo o agredirlo cuando lo tuvo al frente, y a superar la frustración que le generaba la desvergüenza del agresor, y a partir de esa experiencia supo que ya nada en la vida iba a ser superior a sus fuerzas. De su testimonio resulta evidente que encontró la forma de que Stone dejara de habitar su cabeza sin tener que incurrir en la obligación de perdonarlo. Su mente está enfocada en el futuro, en la ilusión de convertirse en abuela, en las dos hijas que le recuerdan todos los días el amor inextinguible por Dermot. La vida sigue valiendo la pena, ahora más que nunca.

Es de esperar que la opción de la generosidad sea el norte de quienes lideren a Colombia en el complejo proceso de la implementación del acuerdo de paz. Hasta el momento se han salvado miles de vidas, sobre todo de muchachos humildes que no tienen una opción distinta de vida, y ha finalizado una guerra inútil, destinada a perpetuarse porque la derrota militar definitiva sobre las diezmadas guerrillas nunca fue una opción realista. Pero el optimismo queda ensombrecido por la nube de inconformidad que diseminó la oposición, especialmente por las prerrogativas judiciales y políticas concedidas a los ex guerrilleros. Sus reclamos son legítimos, sobre todo cuando expresan el legítimo temor de que el saldo en materia de verdad sin límites y reconocimiento del daño sea negativo, o que los prospectos de reparación a las víctimas queden inconclusos, o que las concesiones penales a los autores de los delitos más atroces en el catálogo humano de conductas punibles generen a la larga más violencia de la que pretenden prevenir, o que esos mismos criminales se postulen a cargos de elección popular sin pasar primero por la justicia transicional. Con todo, son objeciones que no dejan de sonar extravagantes en boca de opositores con largos precedentes de ofertas generosas a los subversivos.

Lo más probable, a la vez lo más indeseable, es que ocurra lo de siempre: que resulte más fácil destruir que construir – ¡qué fácil que sería “hacer trizas” el acuerdo! – y que las ambiciones políticas cortoplacistas se impongan sobre el interés colectivo de superar un conflicto anacrónico que lleva 52 años despojando de recursos a la lucha contra la pobreza, la salud, la educación y la infraestructura. Al parecer el país tendrá que asumir otra vez la polarización y el desgaste de unas elecciones presidenciales en las que la urgencia del conflicto armado se sobrepone a la importancia de lo demás. Y nada le ayuda más a la oposición en su propósito de recuperar el poder en 2018 que el hecho de que los cabecillas de las FARC, los peores enemigos de las causas progresistas en Colombia, se parezcan tanto a Michael Stone. Finalmente han dado el paso de pedir perdón públicamente, pero la verdadera naturaleza de su arrepentimiento la refleja el comandante Carlos Antonio Lozada en un reportaje de John Lee Anderson en el New Yorker: a pesar de la violencia, a pesar de los vínculos con el narcotráfico que deslegitimaron su lucha para siempre, sus ideales revolucionarios le permiten “vivir con la conciencia tranquila”. Como Stone, son dogmáticos de manual, obsesionados con los lugares comunes, indiferentes al sufrimiento ajeno, ajenos a los intereses de los más humildes, impermeables a la evidencia. Tanto que lo mejor que tienen para ofrecer es seguir el camino sembrado de ruina y de corrupción de Venezuela.

Esas son las personas a los que, comprensiblemente, no todos podrán perdonar. Bastante tienen los colombianos con tolerar tantas dosis de injusticia en nombre de la paz social. Por eso conviene insistir en trascender la propaganda del perdón. Enfocarse en los verdaderos puntales de una paz efectiva, que son los de la verdad sin límites y una justicia que no por especial y simbólica puede dejar de ser reparadora. Hacer un diagnóstico realista de lo bueno que ofrece el presente y el futuro y trabajar por ello con generosidad incondicional, en un proyecto por fin colectivo de país y un acuerdo por fin incluyente de lo esencial, en el que el debate pacífico de las ideas y en las urnas condene a las FARC al ostracismo político. Cambiar las balas por palabras y el rencor por la ilusión, siguiendo el ejemplo de Sylvia Hackett y de miles de víctimas en Colombia que enaltecen a diario el país en el que viven.

 

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Juan Morris

Juan Morris

Juan Morris (Bogotá, 1977). Abogado y periodista, con estudios en literatura, cinematografía e historia del arte. Lleva 12 años trabajando como periodista freelance, editor, investigador y autor de contenidos para diversas plataformas impresas y digitales. Ha sido editor, entre otros, del informe “Alerta Democrática: Escenarios para el futuro de la democracia en América Latina 2015 – 2030”, auspiciado por la Open Society, la Ford Foundation y la Fundación Avina; del informe “Bogotá Escenarios 2025” de la Cámara de Comercio de Bogotá; y de la version en español de “El Problema de las Drogas en el Hemisferio: informe de escenarios” de la Organización de Estados Americanos (OEA). También ha sido lector y evaluador de proyectos editoriales y ghostwriter. Ha vivido en Bogotá, Londres, Buenos Aires, Montevideo y Florencia. Reside actualmente en Miami.

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