Santos Godino, el Petiso Orejudo

De pronto la ciudad de Buenos Aires se quedó sin niños. Las calles y las plazas lucían una desolación que lastimaba. Alguien –“un monstruo”, “un degenerado”, eran algunos de los adjetivos que usaba la prensa– rondaba por los barrios porteños asesinándolos.

La policía había encontrado en una casa abandonada el cadáver de Arturo Laurora, de trece años, golpeado y estrangulado. A las pocas semanas, Reina Bonita Vainicoff, de cinco, había sido prendida fuego viva.

Algunas víctimas habían sobrevivido. Lo que tenían para contar, sin embargo, era algo que nunca antes había escuchado la sociedad argentina: niños con los parpados quemados con cigarrillos, otros con la cara deformada por tajos producidos por botellas rotas, otros enterrados vivos en baldíos. La táctica que usaba el criminal era la misma: los engañaban con la promesa de caramelos y ellos se dejaban tomar de la mano hasta desaparecer de la vista de los mayores. Cuando se les preguntaba cómo era el hombre, la respuesta parecía una mentira: era como ellos, un niño. Un niño de enormes orejas.

“El Petiso Orejudo” –el apodo que le reservaría la historia del crimen– se llamaba Cayetano Santos Godino. Había nacido en Buenos Aires en 1896. Por aquel entonces la ciudad se abría a la inmigración europea. En los barrios alejados del centro, familias de italianos, españoles y polacos se apiñaban en vecindades sombrías, como una continuación irremediable de los barcos en que habían llegado a la Argentina escapando del hambre.

La familia de Santos Godino provenía de Calabria. Su padre, que trabajaba como albañil, era alcohólico y sifilítico. De sus ocho hijos, solo con Cayetano parecía descargar su odio. Lo humillaba por su aspecto físico, le daba de tomar vino, lo golpeaba. El niño no fue a la escuela. En la calle encontraría su paraíso.

Con solo siete años Godino fue llevado por primera vez a la policía. Su padre, paradójicamente, lo denunció: dentro de un zapato encontró una paloma muerta. Debajo de la cama de su hijo descubrió en una caja más pájaros: tenían las alas partidas, los ojos quemados.

La tarde del 3 de diciembre de 1912 la conocida crueldad del Petiso Orejudo quedó eclipsada. La policía encontró en una quinta abandonada el cadáver de Jesualdo Giordano, un niño de tres años. Tenía las manos y los pies atados, golpes en todo el cuerpo, una soga en el cuello. Pero había algo que volvía aún más atroz la escena: a la cabecita del niño la habían atravesado con un clavo.

Minutos antes de cometer el crimen, el Petiso Orejudo, que había salido de la quinta para buscar otra cosa que pudiera por fin matar al niño, ya que pese a las torturas aún estaba con vida, se había topado con el padre de Jesualdo que buscada desesperadamente a su hijo. Al preguntarle si lo había visto, el asesino le había dicho que fuera lo más rápido posible a la policía para hacer la denuncia.

El Petiso Orejudo concurrió al velatorio de Jesualdo. Se acercó al cajoncito blanco y le tocó la cabeza al muerto, y se fue llorando. Por las declaraciones del papá de la víctima y testigos que informaron que Jesualdo iba de la mano con otro niño de orejas grandes, Santos Godino fue detenido. En el bolsillo tenía un recorte de diario con la noticia del crimen. Cuando se le preguntó por qué había ido al velatorio, el asesino contestó que quería saber si el niño aún tenía el clavo en la cabeza. También confesó que sentía dolores en la cabeza que sólo se iban cuando mataba.

Los médicos de la época dictaminaron que el Petiso Orejudo era un desequilibrado mental y que en el tamaño de sus orejas se escondería el motivo de su maldad. Aunque tuviera solo 16 años, Santos Godino fue confinado de por vida en el Penal de Ushuaia, Tierra del Fuego, la prisión de máxima seguridad ubicada en el fin del continente sudamericano. Allí le operaron las orejas.

Cayetano Santos Godino murió en 1944, a los cuarenta y ocho años. Nunca recibió una carta, nadie de su familia fue a visitarlo. Falleció a causa de las heridas producidas por los golpes que le dieron los otros reclusos. El Petiso Orejudo había ahorcado al gatito que tenían los presos como mascota.

© 2017, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

Compartir
Artículo anteriorBarajeando las cartas
Artículo siguienteOtra revolución humilde
Vera

Vera

Hernán Vera Alvarez, a veces simplemente Vera, nació en Buenos Aires en 1977. Es escritor y dibujante. Ha publicado el libro de cuentos Grand Nocturno, Una extraña felicidad (llamada América) y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas!. Es editor de la antología Viaje One Way, narradores de Miami. Muchos de sus trabajos han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, Nagari, Sea Latino, TintaFrescaUS, La Nación y Clarín. Ha entrevistado a Adolfo Bioy Casares, Carlos Santana, Ingrid Betancourt, María Antonieta Collins, Gyula Kosice, Sergio Ramirez, Maná, Gustavo Santaolalla, Gustavo Cerati, entre otros. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. Desde el 2012 también es ciudadano americano. A fin de año publicará su libro de ensayos Lit Argentina. Blog: www.Matematicasencopacabana.blogspot.com