Recuerdos de Lincoln Road

Grettel Singer

lincoln_road-7476

Lincoln Road ya no es lo que era hace poco más de una década. Podría decir que ha perdido su encanto, pero eso sería injusto ante las incontables mejorías que el alcalde de Miami Beach ha logrado instaurar. Si hay un lugar en Miami que ha cruzado culturalmente las barreras del miameo es precisamente Lincoln Road y sus alrededores. Pero en aquel entonces, a finales de los 90s, no existían ni las tiendas de lujo como Journelle, Juicy Couture, Y-3, Babalú, ni mucho menos el imán de la Apple Store, ni BCBG que antes era 24 Collection, ni la increíble colección de Taschen Books —que eran apenas fantasmas en librerías más alejadas—, ni los tantos restaurantes de cadenas que ahora se aglomeran en el boulevard. La heladería The Frieze aún no se había trasladado, ni Pink Palm desaparecido —para luego regresar ambos a su casa original. Nada era tan fabuloso, excepto el restaurante Yuca y Pacific Time, que luego también se mudó una temporada cerca del GAP (recién estrenado) y hace un tiempo se fue definitivamente al Design District. A unas casas estaba el estudio del Miami City Ballet y más hacia el este Michael Tilson consagraba mundialmente a la New World Symphony.

Durante esos años yo trabajaba en las oficinas de MTV, y me pasaba el día entre el estudio de grabación que se encontraba en el polo opuesto de la Lincoln, pegado a Washington Avenue, y el sexto piso de las oficinas que siguen en el 1111, el edificio donde antes estaba el Suntrust, frente al cine —cuando éste era apenas un anteproyecto. Lincoln Road se convirtió en nuestro territorio, y siempre uno encontraba amigos o conocidos en el trayecto de un polo a otro. Salir sola a almorzar no quería decir que iba a terminar comiendo sola. Recuerdo que S. y yo llegábamos al estudio de grabación en patines mientras otros iban en sus patinetas o bicicletas o nos montábamos en el tram, el trencito por culpa del que me accidenté varias veces porque la parada se alejaba de mi camino y cada vez que me lanzaba caía rodando por el contén hasta la entrada de lo que era el Woolworths, justo al lado del estudio. En aquel momento no lo veía así, pero Lincoln Road estaba repleto de puntos cubanos. Ahí mismo en la Drexel había una cafetería que hacía unos batidos y unas tostadas con mantequilla para morirse, y luego estaba el David’s Café, cuando todas las camareras eran cubanas, y el Lincoln Road Café que era el mejor restaurante cubano de la playa y servían el café más rico y barato y ahí era donde llevaba a todos mis amigos latinoamericanos que querían probar un plato de frijoles negros y ropa vieja con tostones. También estaban las dos o tres tabaquerías y la tiendita de aquella santera que vendía de todo, desde agua bendita y cascarilla en polvo hasta cigarros Popular (por temporadas), cassettes de música cubana y otras cosas no tan cubanas. Books & Books no se había metido en la cueva que antes era un cine, y cargaba una selección más variada de libros en español y el cafetín en la tarima que daba a la ventana era como estar en algún escondrijo del Village neoyorquino. Enfrente, cerca de la fuente, había una pequeña sala de teatro en la que cabían cuando mucho veinte personas pero donde se montaban obras poco comerciales, demostrando el talento local que se formaba en esa década.

M. y M., las cubanoamericanas más fabulosas que hasta entonces había conocido, sabían dónde estaba lo mejor y por menos. Ellas iban descubriendo y yo tomando nota. Todas las chicas y algunos chicos de MTV seguíamos sus pasos y comenzamos a visitar el salón de belleza Rendezvous antes de que Daisy se fuera para Alton Rd, donde los precios por los servicios eran comparables con los de la Calle Ocho y el trato era el mismo o peor. Pero era nuestro sitio y nos conocían por nombres y tratamientos. Se llenaba de viejitas judías que iban una vez por semana a que convirtieran los cuatro pelos que les quedaban en una cabellera abundante. Descubrimos que algunas eran medio calvas y les lavaban y secaban la peluca y se las volvían a colocar y mezclar entre rolos y ganchos con su pelo natural. Allí hay ahora una tienda Bebe y los afiches ya no son de los años 70s con mujeres pelúas y no tan semidesnudas.

Recuerdo que en Lincoln, a una cuadra de Alton, abrieron un café argentino, Trillium, con unos sandwiches de miga riquísimos y facturas y alfajores que nos volvieron locos —y más gordos. La chica que nos atendía también organizaba excursiones en kayak una vez por mes por la bahía de Miami Beach a la hora del ocaso para contar la historia del Art Decó y las viviendas de los ricos y famosos que pululaban por la calles de Miami Beach como si nada, y ver a Iggy Pop cojear de arriba abajo era tan común como ver a la recepcionista de nuestra compañía o a aquel taxista que durante los fines de semana prendía su boom box a todo dar y bailaba música disco con sus plataformas doradas toda la noche y que hace un par de semanas me dio el gusto de verlo de nuevo y en las mismas. O al “Corredor”, así le decíamos a un indigente negro y musculoso que pasaba el día trotando y a quien le dábamos de comer cada vez que era posible, como hacíamos con Jesus Christ, otro indigente alto y benévolo que era ya parte de nuestras vidas. La reina de South Beach, Adora, el travesti más en boga de la época que en algún momento se había llamado Danilo de la Torre y había nacido en La Habana, paseaba hermosa e impecable, con sus largos vestidos y guantes en pleno verano, y su pandilla de fieles seguidores marcando territorio como la diva que era —y sigue siendo.

Los fumadores, que éramos muchos, nos reuníamos en la entrada del banco luego de comprar una y mil coladas al día en la bodega/minimarket que todavía está ahí, entre la licorería y la tienda de juguetes de adultos, más o menos frente a Epicure, otra institución de esa área que aún se mantiene en pie. Y el guardia del banco me cuidaba el carro para que no se lo llevara la grúa a cambio de la colonia que yo le regalaba cada Navidad. Yo lo escuchaba resignada y paciente, porque no era poco lo que tenía que decir sobre su difunta esposa, una cantante de ópera que había sido muy famosa en Cuba: aunque no reconocía su nombre nunca me atreví a dudar de la veracidad de su historia o su pasión y muchas veces le insistí para que escribiera todo aquello en formato de novela. Luego supe que él casi no sabía escribir.

Donde está ahora Pottery Barn antes estaba Fly Boutique, una tienda de segunda mano regentada por una pareja de argentinos con tremendo swing que luego se trasladaron a otro local y subieron los precios y ya nada fue igual. Justo al lado se encontraba un bar con su cartel de neón intermitente donde se leía BAR, y se llevaban a cabo largas sesiones de alcohólicos anónimos; muchos eran celebridades locales y de afuera. Justo al lado estaba el chino, donde siempre pedíamos General Tso Chicken, pero seguro comíamos General Tso Gato. Van Dyke era el Starbucks de todos y su salón de jazz ofrecía buenas sesiones; los viernes yo nunca me perdía la descarga de  Tony.

Más arriba estaba el restaurante italiano DaLeo, y el francés Papillon, y al lado The9thChakra, con su nube de incienso que me mataba de náuseas; para comprar algo tenía que ir con la cabeza cubierta y ropa de recambio escondida en mi bolso porque ese olor se impregnaba y me obligaba a vomitar el almuerzo. Cerca, en la avenida Drexel con Lincoln, estaba el sastre de toda la vida, que nos daba precios de toda la vida en aquel lugar que era como una burbuja, cuando las tetas postizas todavía no eran las normales.

Caminando ahora por ese boulevard siento la nostalgia de aquellos años en los que Ocean Drive y la zona de discotecas era turística y Lincoln Road era una plaza para los locales, y un pedacito mío armaba los pilares de lo que se ha convertido: un lugar demasiado popular donde el desfile de cuerpos ya no es de conocidos, donde irrumpe una nueva era de gente mucho más pretenciosa que carga sus bolsitos de marca y sus perritos de raza, y nadie saluda a nadie, y el chef ya no complace caprichos, y si pides otro café te lo cobran doble, y ver una pareja gay besándose libremente ya no es tan especial (por suerte), y el ambiente es más duro, más gordo y más rígido.

Porque Lincoln Road a finales de los 90s era algo fuera de serie, menos glamoroso, es cierto, pero lleno de encanto; escaparate de una variedad inimaginable de gente, de todos lados del mundo, desde superestrellas atraídas por aquella infusión de vida hasta el movimiento playero lleno de jóvenes creativos que venían de diversas capitales de Latinoamérica y formaban un ambiente que combinaba lo hippie con lo cool, lo intelectual y lo sofisticado con el hedonismo básico, y que seguramente evocaba la idea de un Cannes local y mucho más tropical, a lo SoBe.

© 2013 – 2014, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

Compartir
Artículo anteriorEntrevista a Oscar Janot
Artículo siguienteEl alma por el pie
Grettel Singer

Grettel Singer

Nació en La Habana, Cuba, en 1973. A los 12 años abandonó la isla con  su familia y luego de dos años en Venezuela, se instaló en Miami. Estudió Filosofía y Literatura en Florida International University. Edita el blog Mujerongas y colabora con diferentes revistas digitales. Reside actualmente en Nueva York.

Loading Facebook Comments ...

1 Comentario

Comments are closed.

Loading Disqus Comments ...