Rage against Siberia.

El mundo sabe ya que hace frío. Lo sabe porque lo siente. Se le congelan los huevos, al mundo, se le hiela el culo, no puede salir a la calle a echar una meada sin que el chorro cristalice. Podemos estar hablando de borrascas siberianas. O podemos estar hablando de cualquier otra cosa, en sentido metafórico, se entiende, pero es igual: el mundo lo sabe de todas maneras.

Recordemos, pues, los últimos días de aquel joven, Julien Blanch, conocido por el cariñoso nickname que utilizaba en Internet: Rage. Rage por adolescente rabioso, habitante del reino del tópico, ropa negra, calaveras bordadas en su espalda, música provocadora que habla de putas, muertos y dinero. Rage se siente oprimido, Rage se siente frustrado, Rage está hasta los cojones, Rage se caga en todo. Rage, que lo mismo acampa frente al Ministerio, en protesta por una reforma laboral que no existe, que ataca el website de una ONG izquierdista para denunciar su hipocresía: ‘El coordinador conduce un Bentley, que se mueran’, diría Rage. Rage hubiera regalado heroína a las puertas de un instituto si se le hubiera ocurrido, porque sí, sólo por joder y nada más, porque a la sociedad hay que joderla, que si no te joden a ti antes, nos joden a todos. Y luego hay que joder a todos, pues si no, te van a joder a ti, Rage, van a por ti: el director del instituto va a por ti, la vecina vieja va a por ti, la controladora del parquímetro va a por ti, el panadero va a por ti. Hijos de puta.

Rage calcula que en diciembre de 2011 la civilización habrá colapsado, los bancos se derrumbarán, las empresas quebrarán, la electricidad dejará de fluir y todos los archivos informáticos del mundo se extinguirán y arrastrarán a la sociedad a una lucha en la que se impondrá el más fuerte. Eso está bien porque Rage es fuerte, al menos eso cree. Se ha hecho imprimir una camiseta con la cara de Snake Plissken y una frase que dice ‘Pero qué pasa’, ignorando que esa frase no es de Snake Plissken, sino de Jack Burton, aunque a ambos los interprete el mismo actor: Kurt Russell.

Pero llega diciembre de 2011 y la civilización no se ha colapsado. Y Rage deja de sentirse fuerte, pues no ha conseguido que la civilización colapse. ¿Qué hace Rage? Lo que todos los adolescentes: se encierra en su habitación, pone System of a Down a un volumen suficiente para tirar la casa abajo, acepta los almuerzos que su cariñosa madre desliza a través de la puerta. También pasea, pasea mucho por las calles de Bruselas. Pasea y se va cagando en todo lo que ve: el barrendero le oprime, los coches le oprimen, las farolas le oprimen, todos esos gilipollas que trabajan o que están en paro y que no se dan cuenta de lo oprimidos que están, oh, todos esos gilipollas sí que le oprimen. Pero todavía tiene que llegar algo que le va a oprimir más que ninguna otra cosa en este mundo. Todavía tiene que llegar el frío. El frío, neocolonialista siberiano. El frío, neoliberal, que acentúa la desigualdad entre aquellos con ventanas Climalit y aquellos con ventanas de cristal simple. El frío, defendido por los lobbies del hidrocarburo. El frío, agente alienante que mantiene a la juventud bajo techo, en lugar de en la calle reventando el sistema, que es donde tiene que estar.

Asqueado por tanto conformismo de la población frente al frío, Rage empieza a pasear por la ciudad en pelotas.

No necesita hacer caso de las voces que escucha en su cabeza: sabe perfectamente cómo tiene que actuar. Ni siquiera la esquizofrenia puede con su insumisión, tal es la voluntad de Rage. Cada noche regresa a casa con la piel azulada, los testículos como dos guisantes, el pito como un cacahuete, los pies renegridos. Pero que no falte el orgullo: sus paseos son cada vez más largos. ‘El frío no someterá al hombre del futuro’, se dice Rage. Cuando ve por la calle a un grupo de jóvenes con botas gruesas, abrigos de invierno, gorros de piel, los insulta: ‘Borregos del sistema, esquiroles, hijos de puta’, dice Rage.

Después de unos días de resistencia pasiva frente al invasor imperialista, Rage pasa a la acción. Toma una pala y comienza a retirar nieve de las puertas de las viviendas más pobres. Un anciano declara a la televisión local: ‘Que Dios bendiga a este joven desnudo que retira la nieve todos los días de mi puerta. Así puedo ir a comprar mi periódico y tomar mi café sin peligro de romperme un tobillo’. Rage contempla esa noticia y se desespera: ‘Estoy colaborando con el capital, puto viejo de mierda, beato, que seguro que comprará La Libre Belgique o cualquier otra fuente de mentiras fascistas’, dice Rage. Esta claro que gracias a su acción auto gestionada de guerrilla callejera contra las heladas capitalistas, hay negocios que pueden abrir y personas que pueden comprar. Es hora de cambiar estrategias.

Rage, amoratado, con las manos casi paralizadas, comienza a cometer actos de terrorismo nudista. Casi todos están dirigidos contra calderas de calefacción de edificios de grandes multinacionales, o contra camiones que suministran carbón y gasoil en los barrios más ricos de Bruselas. ‘El fuego nos iguala’, dice Rage, ‘en la muerte por abrasión, en el infierno al que todos vamos. Pero también en la vida: el frío es burgués porque hay quien no puede abrigarse. Pero el calor es revolucionario, pues le obliga a uno a despojarse de sus vestiduras para afrontarlo, esas vestiduras tan utilizadas como identificador de clase, vestiduras que alienan al obrero. Incluso, llegado un límite, uno no puede arrancarse la piel a tiras, por lo tanto está obligado a soportar el calor tanto en la riqueza como en la pobreza’. Hay que explicar aquí que, al ser Bélgica un país septentrional, Rage no está familiarizado con las instalaciones de aire acondicionado ni con las espectaculares piscinas con las que la clase alta de los países meridionales soportan el calor estival. No es dado a pensar, Rage, sino a actuar. Un hombre de voluntad, al más puro dictado de Nietzsche. Y ahora su voluntad es equiparar a todo ser humano en el frío, obligarlos a resistir en igualdad, de la misma forma que se resiste el calor.

Rage, desnudo, tiene que reventar cinco calefactores de la zona financiera de Bruselas y romper tres veces el tendido eléctrico de la calle más rica para conseguir llamar la atención de la policía. Hasta ese momento, la autoridad incluso lo había considerado con cierto cariño. Pero ahora las denuncias empiezan a desbordar el departamento. Los agentes van a buscarlo a casa, donde su madre llora e implora piedad por un hijo que, sin duda alguna, no está en sus cabales. ‘No obstante, debemos encontrarle, señora. Es para protegerle’. Cuando la madre de Rage les da acceso al dormitorio, sólo encuentran una nota: ‘Me buscan. Mi vida peligra. No diré nada. No me encontrarán. Voy allí donde está la fuente de esta ola de fascismo. Acabaré con ella antes de que ella acabe conmigo’. Los agentes se miran arqueando las cejas. Pero la madre sabe que Rage sólo puede referirse a un lugar: Siberia.

El mismo anciano vuelve a aparecer en las noticias de la televisión local: ‘Lo vi desde mi ventana, desnudo como siempre. Se perdió entre una niebla gruesa y gélida. Se esfumó. Lo siento mucho. Me dejaba la entrada sin una gota de nieve. Rezaré mucho por él’.

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.