Que se joda el toro

 

apócrifos subversivos

Para hablar de la séptima cuerda usaré a los toros. Podría usar la marihuana, la pornografía o la estúpida aversión de la sociedad ante el desnudo público, la misma mierda da. Me encabrona sobremanera lo correcto, esa manera que tenemos de definirnos de acuerdo a la moda de los tiempos, cuando en realidad somos uno solo; lo que cambia es nuestra circunstancia, y de nuestra voluntad de explicarla sin juzgar (no de definirla a toda costa de acuerdo a nuestra limitada moral particular) y así salvarla del silencio, depende si nuestra vida se convierte o no en un sin-sentido.

Yo nunca he ido a los toros. No porque piense que es un asesinato o porque no me guste la sangre, no he ido porque no he podido. En este país no hay corridas de toros, está prohibido, la gente dice que los toreros son asesinos desalmados y que el toro es el inocente que está destinado al matadero.

He visto corridas de toros en televisión y las he seguido con el corazón en la boca, nunca por el destino del toro, sino por el del torero, el toro me importa un huevo. Si lo matan, me lo comería después en un banquete. Los pendejos que se quejan y que marchan en favor de los derechos del toro son un hato de descerebrados que odian los filet mignons y las costillas asadas. Que se joda el toro, yo he sido el toro toda la vida y mi paradigma de la libertad es alguna vez entrar a una pelea definitoria teniendo la ventaja. En la matanza, en la cocina, en la cama también están los Dioses.

He estado sentado, apoyado levemente en las nalgas, con todo el peso en las puntas de los pies, más levantado que sentado, con esa sensación de zozobra en el estómago que uno siente antes de una pelea o al de salir por primera vez con una mujer que te gusta demasiado. Medio que mareado, medio que muy alerta, todo a la vez, y cada vez que los tarros del toro rozan la capa o el brazo, o el muslo, veo por adelantado la clavada, el tarrazo, el hueco en la carne, veo al torero dando bandazos como una marioneta con los hilos cortados en la cabeza del toro, que lo zarandea como la gente agita las banderas en los discursos de los tiranos, con ese movimiento más espasmódico que entusiasta. Es por eso que cuando ese segundo pasa y el torero sigue en pie, me sube un entusiasmo que dura unos segundos, justo antes de que comience el próximo pase.

Un amigo leyó los dos párrafos anteriores y me dijo que le parecían muy crueles, pero la crueldad humana es el trasfondo que resalta su bondad y compasión. Somos imperfectos en tiempos en que lo que decimos busca la perfección a toda costa y muchos se empeñan en decir que esa dicotomía nos hace inferiores, cuando en realidad nos hace múltiples. Tengo la firme convicción que los seres humanos estamos más conectados por nuestras inhumanidades y defectos que por nuestras virtudes. La cualidad más generosa es la empatía y esa solo surge en la desgracia, en situaciones muchas veces causadas por nuestros rencores, nuestras malas disposiciones de ánimo y nuestra maldad. No me molesta que la gente pretenda ser más civilizada, pero sí que su manera de alcanzar esa meta tan buscada sea renunciar a su naturaleza. Y que se conviertan en papagayos de una filosofía de vida que los lleva al desconocimiento y a la infelicidad. No hago esto, no hago lo otro, ni lo de más allá. Limitar nuestros apetitos naturales por prejuicios modernos, sí, prejuicios son también esos ideales artificiales que nos parecen bien porque están de moda, porque se empeñan en tañer una cuerda empática inexistente: algo así como querer tocar la séptima cuerda de una guitarra.

¿Por qué tenemos que asignarnos un valor, como si fuéramos objetos, ponernos precio según nuestra posición, conocimiento o profesión? ¿Por qué esa predisposición de la cultura a asignarnos valores diferentes, circunscribirnos a leyes sociales escritas por toros, quise escribir otros, pero me traicionó el teclado)? No sé ustedes, pero a mí me parece que eso es precisamente lo que nos impide reconocer la valía que todos los seres racionales poseemos por igual.

¡Que se joda el toro!

¡Que vivan la pornografía, la marihuana y la encueradera colectiva!

¡Y que viva el hombre! 

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.
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