Poetas malditos

Téxil

“Tú crees en el ron del café, en los presagios, y crees en el juego; yo no creo más que en tus ojos azulados. ” (Paul Verlaine)

Los escritores malditos

Posiblemente no nazca una persona capaz de amar tanto a Arthur Rimbaud como el poeta Paul Verlaine; capaz de arriesgarlo todo por tan sólo compartir aunque más no fuera una tarde con ese joven lleno de ilusiones y un talento y una capacidad para la lírica excepcional. A tal punto llegó su apasionamiento con el hombre y su obra que escribió un libro al que tituló “Poetas malditos”; en él desarrolló exhaustivamente los puntos más importantes de la versificación de varios autores, entre los cuales se encontraba Arthur y puede notarse una absoluta entrega al referirse a su obra, más que a las del resto de los poetas que en ella figuran.

Fue a partir de esta obra que se corrió la voz del concepto de “poetas malditos” para mencionar a ciertos escritores que cumplieran una serie de requisitos. Intentaré explicar este concepto a continuación.

 

 Sobre el concepto de poetas malditos

Se estima que un poeta maldito es aquél que, siendo capaz de enfrentarse a todas las estructuras que gobiernan la poesía de su tiempo, no se queda callado e intenta nuevos caminos. Alguien condenado al anonimato en un mundo donde todos parecen buscar el aplauso fácil y el espacio cómodo y donde sólo los que repiten recetas y consejos, consiguen hacerse un hueco y “sonar” interesantes.

Este hombre ni siquiera goza del reconocimiento por parte de sus contemporáneos poetas, quienes posiblemente prefieren regirse por las rigurosas leyes de la poética de turno y miran de manera extraña esa innovadora forma de entender la poesía que “el maldito” manifiesta.

Los poetas malditos se caracterizaron por ofrecer algo completamente nuevo para su tiempo y a la vez por llevar vidas caóticas, desordenadas y tristes; gobernados por una melancolía incuestionable y maldecidos por todos los que le conocieron, por no ser aptos para la vida, por locos y subversivos y llevar una marca de desgracia que se esparcía en todo su entorno, llegando a rozar a aquéllos que se les acercaran. En el caso de Rimbaud, el propio Verlaine fue la prueba de ello; pero no fue Rimbaud el responsable de las desgracias de Paul, sino su actitud frente a él y, sobre todo, ese amor irrefrenable… pero ¿cómo no enamorarse de aquel jovencito de los ojitos azules, lleno de ilusiones y tan combativo?

¿Cómo se forma un poeta maldito?

Por su necesidad de vivir libremente, de no basarse en estructuras prefabricadas ni regirse por los parámetros impuestos por otros autores, el poeta maldito es un voraz lector pero nace con una voz propia que nadie puede derribar. A su vez, tiene una profunda sensación de angustia y extrañeza que se resume en un constante inconformismo, frente a su vida, frente al mundo y frente a las palabras y la poesía.

Generalmente, los malditos viven infancias en las que no se sienten contenidos y, debido a esa inadecuación con el entorno familiar y social, necesitan refugiarse en la escritura para escapar de esa situación o para comprender que han nacido para algo más que lo impuesto por los criterios familiares.

Existe un poema de Charles Baudelaire, autor que también se encuentra inscrito dentro de la lista de poetas malditos, que se llama “Bendición”  y que, creo, puede ser sumamente recomendable para comprender más aún el tema que estamos tratando. En él puede percibirse esa sensación de extrañeza tan propia de los malditos. El poeta se siente diferente al resto y por eso se aparta, porque siente que es objeto de un odio escondido que va germinando (el miedo a lo desconocido hace que nadie sea capaz de acercarse al autor sin recelo y que todos prefieran dejarlo de lado o menospreciarlo para evitar que la suya sea una voz que se escuche). Charles representa ese desprecio en el peor de todos los castigos que puede padecer un individuo, el odio de su madre. Huye porque es la única forma en la que consigue una cierta paz y, en esa separación rotunda con la realidad, se eleva como autor y como persona, cerca de Dios, donde están los hombres temerosos.

Flijman, otro maldito

Pese a que al hablar de poetas malditos los nombres que surgen son los de aquéllos que pertenecieron al simbolismo francés, cuya obra analizó escuetamente Verlaine en su libro antes mencionado, existen muchos autores posteriores a esta corriente que pueden unirse a esta lista; que se asemejan a estos poetas en su gran rebeldía expresada en las palabras y en el haber tenido vidas lastimeramente desgraciadas.

Jacobo Flijman es uno de ellos, de lectura obligada para aquéllos que deseamos embebernos de la verdadera poesía, la que sirve como instrumento para comprender el mundo, para poner en palabras los sufrimientos de las naciones y, sobre todo, para reformar las bases de la escritura poética.

Flijman nació en Besarabia (actual Rumania) en 1898. Cuando tenía pocos años de edad se trasladó con sus padres a Buenos Aires, ciudad que jamás abandonó.

Su verdadera maldición fue el desarraigo, que provocó en él severas crisis mentales que lo llevaron a ser internado en hospicios mentales en reiteradas ocasiones. La gran mayoría de sus obras fueron escritas en el encierro, en esa cárcel que algunos consideran que puede servir para la sanación pero que a Flijman sólo le trajo desconsuelo. Condenado a la tristeza, la melancolía y la soledad (tan sólo era visitado por el periodista Vicente Zito Lema, quien se encargaría de difundir su obra), escribió una poesía intensa que comprende las principales obras del surrealismo argentino; cabe mencionar: “Molino rojo”, “Hecho de Estampas” y “Estrella de la mañana”. Un hombre absolutamente apasionado por las letras a quien incluso sus amigos, entre los que se encontraba Jorge Luis Borges, le dieron la espalda durante su encierro y que falleció entre esas mugrosas paredes, olvidado y callado.

Vivir para la literatura

Un poeta maldito, por lo tanto, se opone a los valores de la ciudad, intenta reinventarse a través de las palabras y, al hacerlo, indiscutiblemente debe resignificar y reinventar su propio entorno, el mundo del que forma parte. Y lo hace a través de provocaciones, que muchos rechazan por resultar un tanto peligrosas, y una actitud completamente antisocial o mejor dicho, libre.

Generalmente el poeta maldito se condena a una vida de soledad y muere sin que su gran talento sea reconocido y, en muchos casos,  véase Verlaine y Flijman, en una miseria económica absoluta.

De todas formas, las preguntas que cabe hacerse son: pese a ese infierno que parece rodear toda su existencia  ¿se siente libre ese hombre?, ¿ consigue hacer de su poesía un espacio donde encontrarse a gusto?  y, más aún, ¿es acaso el reconocimiento lo que busca?

La respuesta a esta última pregunta posiblemente podamos hallarla en Faulkner, quien expresa que el escritor es sólo responsable frente a su obra; y por ella, debe dejarlo todo a un lado: decencia, felicidad, orgullo, honor… Todo debe parecer ínfimo en importancia comparado con el acto de escribir. Entendiendo entonces la literatura como un fin en sí misma, no cabe espacio para los honores, los premios y los reconocimientos, que morirán con nosotros, que se convertirán en polvo, como nuestro propio cuerpo lo hará el día de nuestro deceso.

Posiblemente, decía, no nazca un individuo capaz de amar tanto a Rimbaud como Paul Verlaine y al pensar en ello me surge esta pregunta: ¿fue acaso ese amor la maldición de ambos o más bien esa salvación que nadie, exceptuando a ellos dos, fue y es capaz de comprender?

 

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1 Comentario

  1. Excelente artículo. No sólo porque aporta datos como el origen del concepto de “poetas malditos”, si no que, además, nos hace comprender o más bien ponernos en el lugar de esos hombres y mujeres que han dado su vida por la poesía y las letras en general. Verdaderos mártires de la literatura.
    Interesante las interrogantes que planteas.

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