¡Pijama Party en Casa Versace!

pajama2Estacioné mi viejo Volvo frente a la puerta principal de la famosa Casa Casuarina, hoy Versace Mansion at Ocean Drive. Mi pobre transporter se veía triste y azul —como el gato de Roberto Carlos— en medio del fulgurante copper metallic de un Lamborghini Gallardo pegado al piso y del libidinoso rojo Ferrari de una Spider Cabriolet. Era un parking para gente del jet set y no para un empleado temporal en situación casi ilegal, pero me llegó al nabo: al fin y al cabo tengo cara de cliente VIP.

Al cruzar la reja barroca de metales forjados, fui detenido por los gorilas de seguridad que exigían mi pase para el pijama party que se realizaría más tarde con el fin de promocionar una nueva marca de vodka. Una llamada al negro Willis, gerente del turno de noche, aclaró el asunto y a los pocos minutos estaba adentro leyendo planos y reacomodando muebles con mi grupo de temps, como llaman aquí a los empleados temporales. Unas horas después, al terminar mis labores, empezó la fiesta y me quedé observando a las modelitos que desfilaban en baby doll, artistas entrevistados por reporteros de TV, hermosas anfitrionas en ropa interior de encaje “teiboleando” sobre las mesas… en fin, ¡qué lindo es Miami! Los jóvenes temps estaban emocionadísimos con los artistas que desfilaban por la Casa Versace. Yo no conocía a ninguno, pues en su mayoría eran cantantes de hip hop y reggaetón, géneros musicales que prefiero desconocer y que temo que Luci me hará bailar en el Averno.

Cuando observaba a un corro de modelos anoréxicas peleando por tomarse fotos con un negro feo, obeso y muy famoso —que de lejos, enfundado en su bata blanca, parecía una muela picada— Willis me llamó a su oficina para darme una misión especial after hours: “Escoge un par de muchachos confiables y fuertes; paséense por las instalaciones reportándome cualquier anormalidad, y al final de la fiesta van a llevar a las chicas que se hayan pasado de copas a una de las suites”.

La orden me cayó como una bendición. Al transmitirles las indicaciones, los muchachos escogidos pensaban que estaba bromeando, pero al confirmarlo, me miraron como si me fueran a pedir un autógrafo y me pidieron encarecidamente que los llamara siempre, no importa cuánta sea la paga; es más, trabajarían allí hasta gratis…

Patrullé entonces por el borde de la piscina de mayólicas azules con incrustaciones de oro, tomando unos deliciosos mojitos de pasion fruit (maracuyá peruano), gracias a la gentileza de dos imponentes bartenders argentinas a quienes había aprovisionado gratuitamente con montañas de hielo, hasta que, pasadas las horas, el alcohol y algunas sustancias prohibidas empezaron a hacer estragos entre los invitados y Willis dio las primeras instrucciones por walkie-talkie.

Nos constituimos en el hedónico baño grupal del primer piso, donde tuvimos que recoger de la ducha múltiple a dos modelos catatónicas que estaban desnudas y abrazadas sobre el piso mojado, y luego de que las chaperonas las secaran y vistieran con sendas batas de felpa, procedimos a llevarlas cargadas por las escaleras a una de las diez suites del hotel. La suite designada quedaba en el segundo piso, y la casona no tiene ascensor. Las chicas llegaron intactas, salvo algunos pequeños cabezazos y tobillazos contra marcos de puertas y balaustres. Igual suerte corrieron dos anfitrionas que rescatamos de la piscina y tres marimberas escondidas con una pipa afgana de agua, llena de cannabis, en la glorieta VIP.

Debe ser la moda, pero ninguna de las modelitos que llevamos por las escaleras llevaba ropa interior; eran muy delgadas, pero también muy altas, y no sé si pesaban sus huesos o era la incomodidad que causaban sus cuerpos haciendo palanca, pero terminamos más cansados que luchador de sumo. Una de ellas, Pola, la más guapa, ahora “gran amiga”, me fue cantando al oído la dulce canción de cuna del mamut chiquitito que quería volar. Mientras yo la sostenía por la cintura, cara a cara, tratando de acomodarla en la suite, ella me babeaba el cuello con una saliva barbitúrica que me recorrió la espalda, y al dejarla en un chaise longue, me confundió con algún suertudo y me dio un beso tan baboso que me dejó con la sensación de haber comido un plato de escargot de Bourgogne recién vomitado por un San Bernardo.

Ya no teníamos piernas, y justo en el drink-break, Willis me endosó una preciosa chinita —menuda, pero de figura perfecta— y me pidió que la subiera a la suite. Linling, que así se llamaba la pastrulita, estaba stone y apenas consciente. Luego de algunos intentos por cargarla, en los cuales conoció de cerca el piso, terminé poniéndomela como mochila, con sus pechos sobre mi espalda, y sujetándola por los muslos a la altura de mi cintura mientras ella se aseguraba poniéndome sus brazos al cuello, como chalina. Cuando faltaba media escalera para llegar, empecé a sentir un bulto extraño materializándose en mi zona lumbar. Pensé que era una hernia indolora, pero luego me di cuenta de que no me pertenecía, más bien como que empezaba a manifestarse de entre las piernas de Linling. Faltaban pocos escalones y yo sentía que me estaban asaltando con pistola a retaguardia, pero no podía parar sin perder la inercia ni soltar a la chinita por miedo a que se despelote. Decidí acelerar el paso y deshacerme del bulto, soltándola con un movimiento de aikido sobre los cojines del primer diván de la suite. Me mataba la curiosidad por saber si era hermafrodita o una de esas she-man asiáticas que están en toda moda —soy más curioso que el Dr. House—, pero los nervios me traicionaron y terminé bajando los escalones de tres en tres hasta la terraza, pues hasta llegué a sentir que penaban.

Ni bien empezaba “el patrullaje” otra vez, Willis me avisó que Faxon, un viejo marica y millonario que los muchachos habían encontrado en el camino y dejado privado sobre la alfombra —en medio de las modelos rescatadas— había salido trastabillando de la suite, asqueado y habiéndose dado el susto de su vida al despertar rodeado de un coro surrealista de vaginas peladas, y justo estaba en pleno balanceo, doblado sobre una baranda del segundo piso que da al vacío, vomitando a chorros hacia el primer piso. Al llegar, ya era demasiado tarde, pues Faxon caía sobre uno de los toldos y rebotaba en una mesa —felizmente desocupada— y de allí a las losetas italianas de la terraza. Aunque al parecer estaba ileso, uno de los muchachos salió a los jardines y trajo a los paramédicos que hacen guardia con su ambulancia en los eventos de la mansión.

Ya en la camilla, mientras lo transportaban, Faxon, aún “colocado” de sabe Dios qué sustancia, hacía ojitos a los paramédicos y decía que, si se moría, deseaba reencarnarse en una ambulancia para que lo abrieran por detrás, le metan un hombre adentro y se vaya gritando: Aa ¡Aa… Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…!

                                                                                                

  

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.