París era una Fiesta

 

                                      Por: Gunter Silva Passuni 

             Subo al euro star por primera vez.  Mi destino es París, la Ciudad  Luz, me parece increíble que cruzaré el Canal de la Mancha en solo 20 minutos por debajo del mar. Del lado francés, el cielo se ve tal cual imagine gracias a las pinturas de los impresionistas: un celeste pálido con hilos de nubes blancas en forma de garabatos. En el trayecto, hay torres con cables eléctricos; en Inglaterra, desaparecieron hace años, allí los cables están enterrados bajo tierra. Recuerdo a Perú al volver a ver esos gigantes de fierro sosteniendo cables a lo largo del trayecto. Mi memoria me trae imágenes de torres rodeadas con cercos de alambre de púa y también revive con tristeza el hecho de que se  habían convertido en blanco de bombas de un grupo genocida.

   Con los pies en París , me maravillo con lo hermosa que es la ciudad, de calles anchas y casas de piedras perladas y es que  ha sido edificada pensando en la belleza, el arte y el amor. Pienso en la suerte que tienen los parisinos de vivir en esta ciudad, pero, por otro lado, también siento que he recuperado mi tamaño, sinceramente, mi metro setenta y siete ha regresado con creces, es que la gente acá es pequeña como en los países andinos.

   Las parisinas que nunca engordan seguramente son las mejores esposas en el mundo y podría describirlas como  pequeñas, con bastantes curvas, cabellos color miel y la piel mucho más  oscura que la de los anglosajones. Sus ojos son redondos y lo miran todo con sensualidad.

   La gente en el metro mira con descaro y con deseo.  Mi enamorada me dice  “Relájate, así es acá”.

Al frente de nosotros ,  hay una mujer que no ha parado de mirarme, ella debe tener unos 35 años, tiene la piel muy bronceada, sostiene en la mano un bolígrafo  Mont- Blanc y una libreta marrón de tipo moleskine. No aguanto  más tanta observación descarada, así que como buen peruano  la miro con cancha y con concha,  entonces, veo que se sonroja y baja la mirada. En Londres, si alguien tan solo te roza o te obstruye el paso accidentalmente, seguro oirás un sorry. En París,  me empujan casi siempre en el metro y lo único que oigo decir es un “merde ».  “¿Será por eso que los parisinos tienen fama de rudos?” , me pregunto.

El metro es gracioso, como si un niño lo hubiese construido con lego esos bloques de plástico que se interconectan unos con otros. Los trenes son altos, angostos y de color verde. Tienen una manija para abrir las puertas y en ellas hay  una calcomanía pequeña que dice en español: ” No meta la mano para evitar magulladuras”, entonces, le dejo el trabajo peligroso a mi enamorada.

   Tengo el libro de George Orwell Down and out in Paris and London que me regaló un amigo, pero no quiero leerlo para evitar influencia, ya bastante me ha influenciado Hemingway con su “París  era una fiesta”. Pero si en algo tengo que darle razón a  Ernie, es que cuando dice  que “no hay nada mejor que ser joven,  estar enamorado y en París ”  ha estado hablando con absoluta honestidad.

    En los días que han pasado hemos hecho de todo: subido a la torre Eiffel, visto el Arco del Triunfo, paseado por los campos Elíseos, la plaza de la Concorde, visitado el Louvre y todo lo que cualquier turista americano hubiese hecho, pero sin la cámara colgada en el pecho ni los pantalones cortos color crema. Después del recorrido, quedo aún más asombrado de la belleza de esta ciudad, y entonces pienso en la suerte que tuvo el ex  presidente del Perú, Alan García , al elegir sus días de exilio en Foch avenue.

   El  lunes llega un amigo peruano a visitarme, a quien llamaremos “B”, él viene desde Rouen con su familia. Lo encuentro en la estación de Pigalle que está cerca al departamento que un amigo de mundo y londinense nos ha prestado por unos días. Primero, lo busco y me es difícil encontrarlo, es que B es un pater familia ahora y ha dejado ese look de “quiero ser cantante de  Maná” por uno de mosquetero moderno de Dumas. Grita mi nombre y entonces sí  logro distinguirlo entre la gente . Nos abrazamos como sólo suelen abrazarse dos sudacas y en eso no ha cambiado: me abraza como náufrago a una boya. Ese abrazo lleva su nombre y me siento feliz de verlo. Me presenta a su hijita que no se parece en nada a él, y pienso en lo suertuda que es la niña. Me presenta también a su segunda esposa. La saludo y le pregunto si habla español o inglés ; para mala suerte mía, no habla ninguna de las dos lenguas. Es que en París  se habla francés y punto, señores.

    Después, descansamos en el departamento y B me cuenta excitado su vida. No nos hemos visto los últimos cinco años, así que hay mucho de qué  ponerse al día.  Después de un largo rato, mi enamorada sugiere un picnic en los alrededores del Sagrado Corazón de Jesús.  Todos asentimos y nos vamos cuesta arriba con el mismo espíritu de un alpinista.

Deambulamos por Montmartre, el barrio más bohemio y lindo de París en mi opinión, hasta que llegamos a las faldas de la  iglesia y nos sentamos en el césped. Descubro que su hijita tiene un carisma impresionante y entonces me digo “ahí esta la fotografía de B”; ella no para de reír y coquetear.

    Mi enamorada practica su francés con la esposa de B  mientras nosotros nos seguimos contando de todo: incidencias, sueños, memorias e incluso chismes. Soy tan feliz que el día se pasa volando, se evapora bajo el cielo celeste que nos cubre.

Ellos tienen que regresar a Rouen, y decidimos tomar un tren pequeñísimo para engreír a la hijita de B, es que es simplemente encantadora y, claro, esa es otra virtud de los peruanos.

   En el trencito que baja la colina, B me agarra la entrepierna y, entonces, lo veo y tiene los ojos rojos, inopinadamente una lágrima resbala en su mejilla. No sé  qué  decirle, solo   le toco  el hombro y le hago sentir que estoy a su lado, los inmigrantes que han dejado su mar al otro lado del mundo suelen ser hipersensibles. Mi enamorada voltea y me da una mirada cómplice of course, sabe que no soy Lord Byron, si no más  bien un peruano exagerado con amigos exagerados y encantadores.

    Su esposa nos cuenta que B le mintió  sobre su edad por diez años menos y también le dijo que tocaba en una banda folklórica la guitarra, pero ella está orgullosa de saber que puede descubrir sus mentiras con facilidad, es toda una Sherlock Holmes y eso me alegra.  En su cartera, veo un libro de espías del escritor inglés John Le Carré que sobre sale como el pico de un ave desde un nido.

   En su estación, los despedimos, y la hijita de B se despide de todo, de las plantas, de mi enamorada, de las fuentes de París, menos de mí,  y eso también es una manera bien peruana de vivir en este mundo. Los tres son una familia hermosa. Ya a lo lejos veo la mano alzada de B que hace un  adiós.

Saliendo de la estación, puedo ver la soledad de los turistas, con mochilas envejecidas, mapas del metro y guías de viaje con hojas ajadas. Una muchedumbre de turistas descansan sentados sobre el piso frío de la estación.

   Al día siguiente, recorro el barrio latino, donde Picasso, Vargas Llosa, Bryce, Cortázar y Ribeyro pasaron sus propios mayos del 68. Hay cantidad de librerías añosas cerca a la rivera y, claro, las escuelas de la Soborna están regadas por todo el quarter. Caminamos hacia el palacio de Luxemburgo y descubro lo bello de los jardines. Hay varias sillas de metal color verde donde los parisinos practican el arte de estar. Ahí, leen, miran, conversan o simplemente están.

“Quiero practicar el arte de estar” le digo a mi enamorada, pero después de treinta minutos, ella me despierta y me dice  “ese es el arte de la siesta, lo has confundido todo”  y nos reímos como lo hacen los niños despreocupados.

   Cerca al barrio latino,  se encuentra el cementerio de Montparnasse. Ahí está  enterrado Cortazar, Sartre y otros famosos, pero yo estoy interesado  solamente en el poeta Vallejo, ese hombre que murió un jueves del que tenía ya recuerdo con aguacero incluido, ese hombre que tuvo tan mala suerte  que ni si quiera llegó  a morirse en fin de semana. En su tumba, hay unos corazoncitos que han armado con piedrecitas de mar.  Hago la pose del pensador del escultor Rodin que a César Vallejo le encantaba imitar y mi enamorada dispara el flash.  Tocó la tumba de piedra gris pulida y le digo solemnemente: “Un gusto conocerte paisano.  Algún día todos seremos una sola humanidad.”

   Si Robbie Williams caminara por París  al  lado de Balzac, estoy seguro de que ninguna francesa gritaría el nombre de Honore de Balzac. Hay muchas más mujeres parisinas quienes preferirían tomarse un café con Robbie que con Sartre, Camus,Victor Hugo, Maupassant, Matisse o cualquier otro célebre francés. Como dice un escritor inglés, “Londres es lo que París fue hace 40 años, el corazón de la creatividad y la cultura”.  A pesar de ello, he quedado enamorado de París, aunque no haya olido la fragancia cultural de los tiempos de Boom Latinoamericano, o visto esa magia de París de los sesentas que esperaba revivir.  Sí,  en cambio, he olido bastante Lancôme, Channel  número  cinco,  y sobre todo visto, esa energía y alegría por la vida que los parisinos tienen.

    He evitado la zona izquierda de París, donde la  gente peligrosa, según mi guía, habita. También me salté el Moulin Rouge por lo caro, pero he logrado imaginar a Toulouse-Lautrec escondido entre la multitud haciendo sus bosquejos de chicas bailando can-can.

Veo la televisión en francés  mientras intento entender algo de lo que dice el narrador de noticias. Minutos antes de dormirme, mi enamorada apaga el receptor y me dice en secreto  que ha encontrado el mejor restaurante peruano en la ciudad. Entonces sé que no estoy sólo y me alegra saber que unas manos peruanas estarán preparándome la comida de mañana.

“Paris era una Fiesta” © Gunter Silva Passuni. Con permiso del autor © 2013 Todos los derechos reservados.

 

 

© 2013 – 2014, Gunter Silva. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorV
Artículo siguienteLa soterrada herencia de Nicanor Parra
Gunter Silva

Gunter Silva

Escritor peruano, autor de la colección de cuentos " Crónicas de Londres" 2012. Estudió en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Santa María La Católica y  Artes y Humanidades en la Universidad de Londres. Actualmente ejerce la enseñanza del español como lengua extranjera en el Reino Unido.

Loading Facebook Comments ...
Loading Disqus Comments ...