Nueve cuentos de Don DeLillo

El poder de la palabra

Hugo Fontana

El fastuoso novelista que es Don DeLillo (Nueva York, 1936) escribió una veintena de cuentos que fue publicando en diversos medios desde fines de los 70, pero el año pasado decidió reunir nueve de ellos y darlos a conocer bajo el título de El ángel Esmeralda. Es un abanico cronológico que da comienzo en 1979 (“Creación”) y culmina en 2011 (“La Hambrienta”), en el que se pueden encontrar las claves de lo que ha sido su narrativa completa y que representa hoy uno de los corpus más importantes de la literatura contemporánea.

En casi todos los cuentos de El ángel Esmeralda hay dos individuos en conflicto. Esto no es algo que yo decida, sino que parece suceder a medida que voy escribiendo, hasta que llega un momento en que, de manera bastante repentina, descubro que el cuento ha terminado. Mis cuentos no se acaban, se interrumpen. La diferencia es importante”, le dijo hacia fines del año pasado a Eduardo Lago, periodista del diario El País de Madrid. En esta frase podría condensarse una de sus mayores virtudes técnicas, pero también es necesario apuntar que los propios temas de sus relatos obligan al escritor a ese tratamiento de imágenes bruscas, a veces diacrónicas, tartamudeantes, en las que las redundancias –manifiestas u ocultas en el pensamiento de sus protagonistas- van imponiendo una dictadura de sentidos encabezados por el miedo.

El terror fue desde siempre el leit motiv de sus novelas, desde las iniciales Americana, Los jugadores o Los nombres (el vínculo entre el terrorismo y las palabras, el poder de los enunciados), pasando por Ruido de fondo (una nube tóxica desarticula la cotidianidad de vastos grupos humanos) hasta llegar a su obra mayor, Submundo (un recorrido asfixiante por los cuarenta años de la Guerra Fría). En medio de todo ello, Libra (entre otras cosas, la biografía novelada de Lee Harvey Oswald, uno de los asesinos de Kennedy) y las últimas Cosmópolis, El hombre del salto y Punto Omega (el poder desmesurado de un joven agente de Bolsa, las Torres Gemelas, la guerra de Irak). El argentino Rodrigo Fresán lo sintetiza de la mejor manera, en nota aparecida en el diario español ABC: “Después de todo: DeLillo llegó antes a muchos sitios y no es responsabilidad suya el que el mundo exterior se parezca cada vez más al interior de su mente”.

Un forcejeo feroz

Un hombre varado en una isla turística, que aprovecha la ocasión para mantener una breve relación adúltera (“Creación”), dos astronautas en un satélite de guerra (“Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial”), una profesora de música atrapada en una Atenas bajo constantes movimientos sísmicos (“La acróbata de marfil”), dos estudiantes inventando el pasado y la identidad de un extraño individuo (“Medianoche en Dostoievski”), un hombre que ha hecho de su adicción al cine una frustrada manera de encontrarse a sí mismo (“La Hambrienta”): esos son algunos de los temas de estos nueve cuentos, número que también encarna un homenaje al emblemático libro de J.D. Salinger.

Hay, como “El corredor”, cuentos de una maestría técnica infrecuente: un hombre hace footing en un parque en un recorrido circular que le permite ir viendo, ejercicio de figura y fondo mediante, todo lo que ocurre a su alrededor pero en un sfumato constante. Una de las cosas que observa es el secuestro de un niño frente a los ojos de su madre; una de las cosas que escucha es una mujer tratando de armar una historia que la tranquilice, suponiendo que el raptor es el padre de la criatura; una de las cosas que hace es cerrar la historia dando cuerpo a una versión de los hechos que haga de ellos el menor daño posible.

Hay, como “Baader Meinhof”, relatos estremecedores: una mujer visita una galería donde se exhiben, intervenidas por un artista plástico, las fotografías de los cadáveres de Ulrike Meinhof y Andreas Baader, dos de los líderes de la RAF (Fracción del Ejército Rojo), banda armada activa en Alemania entre 1970 y 1998. Supuestamente ambos guerrilleros se habrían suicidado en prisión, versión cuestionada por múltiples actores políticos. Un hombre se acerca a la mujer y comenta: “Se suicidaron. O el Estado los mató”. En la segunda parte del relato, la mujer invita a ese extraño a su casa, pero el encuentro termina en un desesperante fracaso: el terrorismo y el miedo no son exclusivos de las narraciones públicas.

Hay, como “El ángel Esmeralda”, relatos que van desde la más explícita y dura realidad (los barrios empobrecidos del sur del Bronx, dos monjas que recorren a diario sus violentas calles, una niña de doce años, Esmeralda) hasta la fantasía que involucra apariciones, conjuros y redenciones. Hay en todos ellos la convicción de que la palabra es lo único que puede dar cuenta de la esencia humana, “el lenguaje como artefacto de seguridad ante una realidad que obra prescindiendo de la razón y del motivo, el lenguaje como soporte metafísico”, como apunta el crítico Enrique Macari. “Mi trabajo consiste en entablar un forcejeo feroz con el lenguaje”, asevera DeLillo.

Autoconciencia y reflexión

El profesor Santiago Juan-Navarro analiza, en un texto acerca de la literatura posmoderna en la que ubica a DeLillo, en particular a su novela Libra, la notable influencia de Michel Foucault y su crítica a los modelos positivistas de la historiografía. Para él es necesario privilegiar lo marginal sobre lo central, lo construido sobre lo natural y lo accidental frente a lo inevitable. “Las novelas históricas producidas en Estados Unidos e Hispanoamérica desde los 70 se han venido caracterizando, de hecho, por una paradójica combinación de autoconciencia narrativa y reflexión historiográfica”. Y más adelante sostiene que “El pensador posmodernista recurre a múltiples formas discursivas mientras, simultáneamente, reflexiona sobre el uso que hace de tales formas y sus posibles limitaciones”.

Y si esta última sentencia no alcanzara para llegar a la estructura misma de la narrativa de DeLillo, especula luego con las características de los personajes que la pueblan: individuos generalmente al margen de toda oficialidad, buscadores de su propio yo a través de imágenes ajenas –televisión, cine, ese invariable “ruido de fondo” del marketing y de la publicidad- o de la milagrosa corroboración de que se puede ser “dicho” o de que se puede “decir” al otro. Juan-Navarro cita a Foucault, de su libro Microfísica del poder: “Las fuerzas presentes en la historia no obedecen ni a un destino ni a una mecánica, sino al azar de la lucha. No se manifiestan como las formas sucesivas de una intuición primordial; no adoptan tampoco el aspecto de un resultado. Aparecen siempre en el conjunto aleatorio y singular del suceso”.

Acaso sea esa, retrospectivamente, la mejor forma de definir la obra de este escritor, el William Faulkner de nuestro tiempo.

El ángel Esmeralda, de Don DeLillo, Seix Barral, Barcelona, 2012, 235 páginas

© 2013 – 2014, Hugo Fontana. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorEl alma por el pie
Artículo siguienteLas licencias de conducir y el chipotle
Hugo Fontana

Hugo Fontana

(Canelones, 19 de mayo de 1955). Escritor, crítico literario, periodista. Desde 1986 ha colaborado en numerosos medios de prensa, publicando notas, reseñas y criticas literarias en Brecha; Zeta, El País Cultural; El Observador y La República.

Obra poética publicada: Las sombras, el sol (1977); Antología de las menciones (libro colectivo de la Feria Nacional de Libros y Grabados, mención compartida con Luis Bravo y Adolfo Bertoni, 1981); La voluntad de mentir (1986); Poemas de arena (1988); El gallo incierto (plaqueta, 1988).

Narrativa publicada: El cazador (novela, 1992); Y bésame así (novela, Alfaguara, 1996); Liberen a Bakunin (cuentos, 1997); El crimen de Toledo (novela, Alfaguara, 1999); Veneno (novela, Lengua de trapo, España, 2000, Sudamericana Uruguay, 2007); La piel del otro. La novela de Héctor Amodio Pérez (investigación periodística, Cal y Canto, 2001; Ediciones PuntaObscura, Montevideo, 2012); Oscuros perros (cuentos, Ediciones de la Banda Oriental, 2001); Las historias más tontas del mundo (cuentos, Alfaguara, 2001), Quizás el domingo (cuentos, Ediciones de la Banda Oriental, 2003), Historias robadas. Beto y Débora, dos anarquistas uruguayos (investigación, Cal y Canto, 2003), El príncipe del azafrán (novela, Planeta, 2005), La última noche frente al río (novela, Planeta, 2006), Un mundo sin cielo (novela, Rebeca Linke Editoras, 2008). El noir suburbano (novela, Editorial Hum, 2009) y Tierra firme (novela, Random House Mondadori, 2011).

En 1997 obtuvo el primer premio de la IMM en narrativa inédita por Las historias más tontas del mundo, y por dos veces el primer premio del concurso Narradores de Banda Oriental-Fundación Lolita Rubial: en 2001 por Oscuros perros y en 2003 por Quizás el domingo. En 2007 Un mundo sin cielo resultó finalista del concurso Juan Rulfo de Radio France Internacional en la categoría novela breve, y en 2010 recibió el Segundo Premio en el concurso anual del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Mail: [email protected]