Nirvana

Recuerdo a mi hermano Juan con el disco del bebé con el pito al aire, Nevermind, Nirvana. Era el grupo. Teníamos doce y catorce años y Nirvana era el grupo. Algo habíamos oído, del nombre, nada de su música. Y compramos el disco en una tienda de París, cuando aún en las grandes ciudades había enormes tiendas de música, tipo Virgin en Picadilly, de la que decían que podías encontrar un disco de Barricada, y doy fe de que lo tenían, Londres verano de 1994. 

Entonces era 1992, abril. Habíamos ido a la inauguración de EuroDisney, porque estábamos en esa edad, al menos yo y mi hermano pequeño, en que los dibujos animados se mezclan con las revistas porno. 

Recuerdo también un jukebox de la estación de San Juan de Luz y elegir ese grupo del que la gente hablaba. Puse Smells like teen spirits y dos tíos que me parecieron mayores, de los primeros grunges, y que tendrían como mucho 18 años, me hicieron un gesto de complicidad con el pulgar levantado. Me sentí parte del mundo, de la vanguardia del rock. 




Y el amigo americano, Jack, al que preguntábamos qué leches decía en esa canción: I am a skater? Ni él mismo, americano de Santa Barbara, California, aunque de madre pamplonesa, sabía qué decía Kurt. A mosquito, leímos luego en las letras. Y los carteles de In Utero en las vallas de madera que durante largos años rodearon (¿por qué esa desidia?) la iglesia-fortaleza de San Nicolás de Pamplona. Porque Nirvana no era flor de un día, y sacaron más discos: In Utero. Nunca lo compré. Tampoco lo llegué a escuchar bien.

Ya inserto de pleno de derecho en la adolescencia, instalamos el grupo en una sala de la fábrica de mis padres. Estuvo bien que mi padre no pusiera pegas a que un atajo de quinceañeros entráramos los sábados en la empresa con nuestros bártulos musicales; recuerdo el silencio de las mesas de corte, las máquinas de coser quietas, los maniquíes tan inertes como siempre. Kurt ya había muerto y quizá por eso incluimos un tema en nuestro repertorio: Rape Me. Era fácil de tocar y cantar a la vez, me veo a mí y a mi amigo G. desgañitarnos en el micrófono. La, Do, Mi, Sol. Todo el rato, estribillo incluido.

Coincidimos ante la tele del salón mi hermano mayor y yo; solo habían pasado dos años desde que elevara como un trofeo aquel disco triunfal, quizá el primero que compramos como música de nuestro tiempo. Dos años y Kurt ya estaba muerto, suicidado. Me suena que era un sábado, y que lo vimos en un avance informativo: la casa donde vivía, cordones policiales, sirenas. Veo que el 5 de abril de 1994, día de su muerte, era martes, pero la noticia no se supo hasta más tarde. Quizá ese sábado. 

Había muerto Kurt Cobain, nuestro ídolo efímero, pero no dijimos nada mientras vimos la noticia. Nos dio pena, pero tampoco tanto. ¿Algo se murió en nosotros? Puede ser. Un aguijón de lucidez se inyectó en nuestras mentes adolescentes. Quizá por eso no dijimos nada mientras veíamos la noticia en la tele, porque las cosas importantes suelen transcurrir en silencio.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):