Milton Läufer: “Acá todos somos outsiders”

Lagunas INT

Lagunas es una novela sobre la memoria que se representa a sí misma como objeto que no tiene una versión única, sino que cada no-copia cambia la memoria del propio protagonista y por ende del lector. ¿Qué vino primero, el tema o la forma?

En algún sentido vino primero la forma, porque ya venía trabajando con textos que mutaban, se desplazaban y combinaban de nuevas maneras. La diferencia es que antes, cuando hacía eso, era pura experimentación, el interés estaba más por el lado de ver qué sentidos nuevos e imprevistos podían generarse al realizar esas permutaciones. Así que en términos cronológicos, respecto esta novela, la forma vino antes. Sin embargo, casi desde el minuto cero de empezar a escribirla supe que la novela sería sobre la memoria y que tendría este formato particular (aunque el primer proyecto era muy distinto al actual).

De hecho, algunas novelas inconclusas (por no decir, apenas empezadas) que había bosquejado hacía años ya trataban principalmente sobre la memoria. Supongo que es un tema que me interpela, un poco por venir de la filosofía, otro poco por cuestiones personales e incluso médicas -durante muchos años fui sonámbulo, esto es, un ser que actúa sin memoria. Por supuesto, no puede soslayarse el hecho de que vengo de un país en el cual, a causa de la última dictadura militar o los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, la reflexión sobre la memoria y la necesidad de mantenerla viva, activa, es casi ubicua.

Es cierto que en mi novela no trato la novela explícitamente desde un costado político, pero creo que es posible encontrar elementos políticos en el tratamiento de la memoria que hago -el escritor argentino, Félix Bruzzone, que es hijo de desaparecidos durante la última dictadura, encontró varias claves en esta línea cuando presentó la novela. Porque a nivel político lo importante es no dejar huecos, lagunas, espacios vacíos en la memoria; en mi novela lo que se postula es que son justamente esos huecos, esas lagunas, los que permiten reconstruir los hechos de modos distintos y por lo tanto que el pasado varíe; las víctimas de estas atrocidades no quieren dejar abiertas esas lecturas: no quieren que se olvide el horror, no quieren que quede la posibilidad de una revisión que distorsione los hechos y que pueda licuar la culpa de los genocidas.

¿Qué es literatura digital generativa? ¿Hasta qué punto es posible combinarla con la novela tradicional?

Muy sucintamente, la literatura digital generativa es aquélla que produce textos; en muchos casos las obras en literatura digital apuntan más a jugar con el aspecto concreto de la palabra -el signo, el dibujo- que a crear texto y en cierto sentido continúan los trabajos de la Poesía Concreta Brasileña pero con recursos digitales. La propuesta de la literatura digital generativa es en cambio investigar la posibilidad de hacer que la computadora escriba. El término “generativo”, de cualquier manera, no está consensuado porque la amplia mayoría de las reflexiones sobre este tipo de literatura son muy nuevas, a pesar de que la primera obra de literatura digital -de Theo Lutz- data de 1959.

Ahora, hasta qué punto sea posible combinarla con la novela tradicional fue justamente el reto que me puse para esta novela. Usualmente, aunque no siempre, los textos que se generan mediante el uso de computadoras suelen ser extraños, delirantes, y si bien en algunos casos llegan a metáforas o imágenes maravillosas, las más de las veces son textos casi sin sentido.

Lo que intenté hacer con «Lagunas» fue justamente que no se notara que el texto final no lo había generado un humano. Y creo que al menos en este sentido el experimento fue bastante exitoso, porque las primeras veces que mostré capítulos generados de este modo -durante el MFA de Escritura Creativa en NYU-, los lectores no notaron nada raro. En ese caso ellos no sabían que había un algoritmo detrás pero tampoco lo sospecharon. Lo más notable es que la mayoría de los lectores de la novela con los que hablé, que ya sabían que la novela incluía procesos algorítmicos, me preguntaron después de leerla dónde era que cambiaba. Esto en mi opinión es un éxito, porque implica que se puede hacer convivir lo digital y, digamos, lo “clásico” sin que haya fricción en esa convivencia.

Dijiste: “Tuve que enseñarle a mi computadora a escribir. Y en el proceso, fui aprendiendo yo también”. Cuéntame sobre esto.

Hay cosas que, si bien uno realiza con cierta conciencia, obedecen mucho a actos mecánicos. Para cualquier persona que haya dado clases, esto que voy a decir sonará obvio: al enseñar el que más aprende es uno mismo porque se ve obligado a desarticular, a desarmar un conjunto de operaciones automáticas para, una vez descompuestas, poder mostrarle al alumno las piezas y cómo se ensamblan. Esto se aplica a cualquier cosa: enseñar música, enseñar lógica, enseñar a manejar un automóvil. El desafío de hacer que la computadora produjera textos me llevó a relevar un montón de cosas que ni sabía que eran relevantes en el acto de escribir, en el acto de poner una palabra o una oración detrás de otra, y esas cosas empezaron a hacerse visibles a partir de los textos monstruosos que me devolvía la computadora en las primeras pruebas.

Hubo muchísimo -todo, te diría- de prueba y error: generaba un texto, ajustaba el algoritmo a partir de errores que veía, volvía a generar otro, volvía a corregir y ajustar. De hecho, todavía podría seguir haciéndolo porque es humanamente imposible ver todas las combinaciones que el texto puede generar (la combinatoria es gigantesca), pero creo que la versión actual ya se sostiene. Así que en todo el proceso aprendí mucho de cosas muy básicas de las cuales no tenía conciencia.

Lagunas está publicada sin sello editorial, no tiene costo, el protagonista no tiene nombre, las relaciones entre los personajes parecieran existir solo en un presente flotante, se encuentran en una ciudad sin identidad. ¿Qué relación ves entre la memoria y el anonimato?

El anonimato es una figura muy interesante, porque desde hace mucho tiempo que nuestra cultura no soporta que algo sea anónimo. Necesitamos encontrar al autor o al menos tener una serie de sugerencias sobre quién fue el autor de libros, obras, actos cualesquiera; la ausencia del agente nos perturba. Hasta uno podría decir que la idea de Dios parte de la necesidad de un agente. E incluso algo raro pasa con quien sea el autor de un texto escrito por una computadora. Lo que me resulta relevante pensar es quién es el autor de las acciones “propias” que la memoria nos trae: a primera vista parece claro que el autor es aquel que recuerda, pero esa propiedad de los actos se vuelve confusa a medida que los actos mismos dejan de ser claros, a medida que el hecho recordado se reinterpreta de modos distintos.

La pregunta es mucho más compleja de responder cuando ni siquiera el acto es una entidad bien definida -acto cuyo autor se quiere sacar del anonimato: las incógnitas se multiplican y ahora ya no sólo es el autor sino también la obra misma los que están en duda. Me parece que la memoria siempre está jugando con el anonimato, sobre todo si se considera que al cambiar la memoria cambia también la identidad del que recuerda -esta relación entre identidad y memoria está ilustrada muy claramente en Blade Runner. Pero si cambia la identidad, ¿quién es, al final, el sujeto al cual se le quiere atribuir un acto u otra? ¿Es el de ayer, cuando veía las cosas de cierta manera? ¿O es el de hoy y el de ayer es otro, un ser que en el presente parece una ficción y, por tanto, nadie? ¿Y qué es un anónimo sino un sujeto cuya identidad bordea el ser nadie, como el culpable del ataque al cíclope Polifemo? Me parece que hay modos nuevos del anonimato que se disparan si uno se pone a pensar en esta relación con la memoria.

Una novela como esta podría ser considerada de ciencia ficción solamente por lo que significa tener entre manos un libro que no tiene dos copias iguales, que se “regenera” para entregarse aún virgen a cada lector. Yo misma la veo como algo que aparecería en Blade Runner o en algún libro de Julio Verne. Sin mencionar que, además, los personajes se encuentran en un ambiente un tanto apocalíptico. ¿Qué piensas de esto?

Lo que planteas sería un modo interesante de la ciencia ficción, porque estaríamos hablando de una ciencia ficción que no sólo sucede en el presente (lo cual no es raro, hay ciencia ficción “contrafáctica”, del tipo “cómo sería el mundo hoy si tal cosa no hubiera sucedido”) sino que también sería una ciencia ficción cuyos elementos de hecho existen hoy y que son justamente la causa de que la novela en ese formato haya sido posible; una ciencia ficción en la cual la ciencia no sea ficcional.

Pero por otra parte, desde Ballard que la ciencia ficción no trata sobre naves espaciales en un futuro lejano, sino que se empieza a trabajar un género más del futuro inmediato. Lo cual puede ser bastante perturbador, porque es más fácil sentirse interpelado con ese futuro. En «Lagunas» creo que la clasificación en este género se ve más que nada por la inclusión de elementos tecnológicos que hoy ya existen -las impresoras 3D- pero de los cuales nos es difícil prever cómo evolucionarán. En un punto mi novela es la hipótesis de un desarrollo posible.

¿Crees que todo escritor es, a su vez, programador?

Por supuesto, en un sentido estricto, no, no lo es. Pero en otro sentido más sugerente sí: no sólo porque escribir un texto comparte con la programación el acto de la escritura (como sabemos el código se escribe), sino también porque en ambos casos lo que se hace es determinar una serie de patrones que establecen un flujo concreto y que, de modo más o menos explícito, es completado en su interacción con un contexto, con personas en tiempos y lugares específicos.

Por otra parte, los programadores también nos preocupamos por la “elegancia” del código, tanto en su formato y claridad, como en codificar las operaciones del modo más económico posible. Quiero decir: es claro que la programación se acerca mucho más a la escritura que a, por ejemplo, la pintura o a la escultura. Habría que pensar qué pasa con la composición musical, pero eso ya nos llevaría demasiado lejos.

¿Lagunas hubiera sido posible sin la existencia de Rayuela?

La pregunta es difícil, porque los contrafácticos siempre lo son. Yo creo que sí, por varios motivos. Primero, porque nunca terminé Rayuela, odié sus personajes y otras cosas. En líneas generales -salvo Casa Tomada o el maravilloso El Perseguidor- Cortázar no me gusta. Por otra parte, muchas de las ideas de experimentación con textos cambiantes o generados por medios no tradicionales son anteriores o, por lo menos, independientes de Rayuela: la escuela de Oulipo fue fundada en Francia unos años antes de que Cortázar publicara Rayuela, un libro que justamente escribió mientras vivía en Francia. Por otra parte, Rayuela parece más cerca de “Elige tu propia aventura” que de los experimentos que a mí me resultan interesantes, como los de Raymond Queneau o George Perec, ambos miembros de la escuela de Oulipo que te mencionaba.

Además, mi trabajo está más relacionado con el cut-up technique que viene de los dadaístas en los ‘20 pero que William Burroughs popularizó durante los ‘60. Como ves, Rayuela es un libro que surge en un contexto donde esto se trabajaba mucho y, en mi opinión, el libro es más recordado por eso que por su contenido (¡por Dios! ¡La Maga es in-so-por-ta-ble!); espero que éste no sea el caso de mi novela. Pero además Rayuela es un libro único, no cambia: cambiará la experiencia del lector empezando por un lado u otro, pero a final de cuentas, ese cambio de experiencia pasa con cualquier libro, incluso empezándolo siempre desde el principio. Por supuesto, se puede decir que, dado que esto siempre es así, el procedimiento de mi novela es trivial: sólo repite algo que sucedía en cualquier libro. Lo cual a mí me parece genial, porque es totalmente cierto: sólo quise llevarlo un poquitito más lejos, fundándolo en el tema de la novela.

La presencia de personajes extranjeros no es azarosa en Lagunas. A veces hace falta emigrar para realmente vivir el concepto de identidad y memoria. Para repensar hasta el nombre y apellido que uno lleva. ¿Hasta qué punto el haberte ido de Argentina influyó en ti como escritor?

Haber dejado Argentina influyó de tantas maneras que me es casi imposible enumerarlas porque estoy convencido de que no tengo conciencia de las más relevantes. El sentido más directo es que pude escribir gracias al MFA en Escritura que hicimos en NYU. Pero hubo muchos otros factores: encontré a Latinoamérica acá, en Estados Unidos, nunca antes había tenido tanto contacto con nuestra identidad latinoamericana; encontré la riqueza de todas las variedades del español que hablamos en cada país, encontré autores increíbles que en Argentina son completamente ignorados (la literatura en Argentina es muy endogámica, mira casi únicamente hacia sí y trata sobre sí misma); además -aunque supongo que esto es así siempre- es difícil que la elite literaria de tu país te deje entrar al ghetto; en cambio acá todos somos outsiders y, al ser una ciudad donde la gente siempre está de paso, ese ghetto se reconfigura todo el tiempo.

Y también hubo factores personales: es más fácil entrar en una ficción cuando se está en un lugar donde nadie te conoce, donde de alguna manera uno puede ser quién quiera. Eso ayuda a crear un tono, un discurso, que quizás antes me habría sido mucho más difícil lograr porque en cierta manera las personas que te conocen desde hace tiempo te anclan a una versión de vos mismo.

¿El haber estudiado filosofía ha entorpecido en algún momento tu proceso creativo o todo lo contrario?

No estoy seguro, supongo que ambas cosas sucedieron. Escribir papers de filosofía genera vicios que cuesta sacarse de encima: eso ya de por sí es un problema. Pero además uno tiene una tendencia a la reflexión, la argumentación o ciertos grados abstracción que pueden volver un texto muy farragoso. Entonces me parece que puede jugar en contra del estilo, por un lado, y contra la fluidez de la trama, al derivarse en digresiones que no suman.

Ahora, sí creo que esta formación ayuda en tanto es más natural para uno armar una red conceptual alrededor de los elementos que hay en el texto. A veces me pasa que leo libros que me gustan mucho pero que me resultan muy inocentes en sus pretensiones teóricas; es probable que esto sea más raro en alguien que viene de filosofía… o me gustaría tener la esperanza de que es así.

¿Qué pasaría si algún día decides crear una versión impresa de Lagunas? ¿Prefieres leer libros impresos o digitales?

Mi relación con los libros impresos se volvió muy compleja con el tiempo. Sin lugar a dudas los prefiero frente a los libros digitales. Pero siendo una persona que se mudó doce veces en diez años, empecé a literalmente odiar a los libros. Ya en mis últimas mudanzas los dejaba por meses en depósitos y cuando al final los traía a la casa sentía que se habían comido el departamento, que se había achicado.

Además (mis amigos siempre hacían bromas al respecto) cuando era adolescente llevaba a todos lados una mochila con muchos libros… y muchos dolores de espalda, a decir verdad; cuando se viaja, también los libros se vuelven un problema. Todo esto ya muestra a dónde voy: los libros digitales solucionan estos problemas e incluso tienen ventajas, como poder buscar, o que las notas y subrayados se guardan en un índice (no hay que ir buscándolos página por página) o que uno tenga diccionarios instantáneos. No hace falta decir que la experiencia de lectura es distinta, yo solía recordar pasajes a partir de la ubicación en la página; eso ya no es así. No estoy seguro qué pasará a futuro, pero sí me parece claro que el uso de libro en papel disminuirá muchísimo.

Yo creo que «Lagunas» puede imprimirse en papel, por supuesto. Sería una versión de todas las posibles, pero me quiero creer que la novela se sostiene en tanto novela, que su identidad como novela es independiente del procedimiento. Ahora, lo que pretendo es que su publicación en papel no impida su existencia digital con versiones variables y sospecho que esto no sería fácil de negociar con quien lo publique.

Mi versión de Lagunas, o al menos la versión que recuerdo, comienza cuando el protagonista debe ir a una cabaña a cuidar los gatos de unos amigos que se van de viaje a Asia. ¿Por qué escogiste este animal? ¿Qué vínculo crees que exista entre los gatos y los que ejercen la labor de la escritura?

Para ser honesto, el primer capítulo de la novela es casi una crónica: la empecé a escribir en la casa de un matrimonio amigo que vivía al lado de un lago, una mansión la verdad. Y tienen dos gatos que tuve que cuidar hasta que ellos llegaron. Así que en realidad la causa no es muy interesante: los personajes se me impusieron.

Ahora, sin lugar a dudas el que yo tenga una gata que adoro -hasta niveles que la gente considera algo excesivos- y que me traje desde Argentina, me llevó a sostener esas presencias en la novela. De hecho, un capítulo cerca del final, donde se narra una experiencia con una veterinaria, es literalmente algo que yo viví. Un crítico amigo, Martín Lojo, dijo que los animales son la clave de la novela -hay muchos otros animales, como ardillas y liebres- y estoy bastante de acuerdo: el animal como el límite exterior de la sociedad humana y, en particular, de una sociedad que está en conflicto; si la novela plantea un escenario apocalíptico, la pregunta que se abre es si al final ellos no son los triunfadores en la selección natural.

Sin embargo, creo que hay algo particular en el gato doméstico que funcionaba bien en la historia: en ellos se dan ciertas tensiones muy llamativas, entre esa mezcla de indiferencia y subordinación, dinamismo y quietud, de comunicación y autismo. En cierto sentido, el personaje principal es también alguien en el cual se dan estas oposiciones. Es un tipo melancólico y quedo, que se deja llevar pero a la vez él mismo está huyendo. Quizás, pero esto ya es un poco aventurado, escribir también contenga una tensión de opuestos similar.

Escribir es dejar de interactuar con el mundo pero a la vez observarlo con detenimiento, volverse un esclavo de él; pero esa esclavitud se rompe otra vez al poder disponer de los objetos y las personas de ese nuevo mundo que está en el papel y de los cuales el escritor es tanto soberano como súbdito (porque ¿cuántas veces un escritor dijo que un personaje no le dejó, no le permitió, llevar la historia a tal cual lugar?).

Escribir es estar quieto horas frente a un aparato o a un cuaderno, pero lo que sucede en el cuaderno tiene el carácter sucesivo del lenguaje, es dinámico. No sé, me parece que hay varias líneas para extrapolar analogías, si bien todo lo que digo se funda en realidad en mi amor por los gatos. Ahora, todos hemos visto a nuestros gatos sentados por horas mirando hacia un punto fijo y nos preguntamos qué estarán haciendo: estoy convencido de que, si los gatos piensan, ellos se deben preguntar lo mismo cuando uno está escribiendo en la computadora.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Acabo de empezar un doctorado, así que mucho tiempo no tengo para otra cosa. Pero en lo relativo a mi producción, estoy más que nada concentrado en difundir «Lagunas» -al no tener editorial, no tengo otra manera de publicitar la novela- y haciendo muy de a poco algunas piecitas de literatura digital propiamente dicha (http://www.miltonlaufer.com/) también participando de exposiciones y conferencias. Todo esto es muy nuevo para mí, yo desde hace muchos años que hacía estas obras y nunca me había preocupado en mostrarlas ni mandarlas a premios ni nada; pero desde hace dos años comenzaron a aparecer personas interesadas y se empezó a mover casi por impulso propio.

Además estoy con una novela nueva, que escribo muy fragmentariamente -en el subte, por lo general. Es de ciencia ficción más clásica, dentro de por lo menos cien años en el futuro (y un pasado remoto); también un poco de política-ficción (en la línea de la novela Sumisión de Houellebecq, digamos). Igual, la idea es que el tiempo donde suceda no sea particularmente relevante. Tiene en común con «Lagunas» el que -si todo sale bien- también se concentraría en un tema y ese tema también es un tema clásico, uno de esos temas acerca de los cuales nadie quiere volver a escribir porque se considera que ya está todo dicho; de hecho, sería en realidad una suerte de reescritura de un cuento bastante famoso. Pero no voy a adelantar el tema ni el cuento, claro.

Además, la idea es que también se construya con un algoritmo. Pero todo está muy en germen, son sólo planes que uno va haciendo y es probable que termine en cualquier otra cosa. Si aprendí algo con «Lagunas» es que en mi caso lo que tengo que hacer es escribir y después ver qué es lo que el texto mismo propone; la mayoría de las veces en que me pongo consignas al final no escribo nada. No estoy hablando de inspiración y por supuesto ponerse algún objetivo también impulsa a escribir: sólo digo que a veces las ideas preconcebidas terminan tapando cosas que están ahí en el texto y que son dignas de ser explotadas, algo que uno hace después, cuando -ya con el conjunto de los materiales- empieza el verdadero trabajo, el de darles unidad, de corregir, de reescribir, de escuchar al texto.

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Milton Läufer nació en Buenos Aires en 1979. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y un MFA en Escritura Creativa en la New York University, donde comienza un PhD en el Departamento de Español y Portugués. Ha colaborado como programador con diversos artistas de renombre. Su literatura digital se encuentra disponible en la página:http://miltonlaufer.com.ar y ha realizado exposiciones en Argentina y en EEUU. Fue editor de Buenos Aires Review y ha escrito para revistas como Esquire Latinoamerica y Revista Remezcla. «Lagunas» es su primera novela.

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Raquel Abend van Dalen

Raquel Abend van Dalen

Raquel Abend van Dalen (Caracas, 1989). Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Monteávila y Magíster en Escritura Creativa en Español por la New York University. Autora de los poemarios: Sobre las fábricas, (Nueva York, Sudaquia Editores, 2014) y Lengua Mundana (Bogotá, Común Presencia Editores, 2012); de las novelas Cuarto azul(Madrid, Kálathos Ediciones, 2017) y Andor (Caracas, Bid&Co.Editor, 2013; Miami, SubUrbano Ediciones, 2017); así como coautora del libro Los días pasan y las formas regresan (Caracas, Bid&Co. Editor, 2013). Seleccionó y prologó la compilación de no ficción La cajita cabrona, Sistemas inc. (Caracas, Editorial Cráter, 2016). Actualmente se desempeña como profesora de español en City University of New York (CUNY).