Mi novela sobre Kuklinski

 

José Luis Muñoz

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Acaba de estrenarse la película que se ha rodado sobre las sangrientas hazañas de Richard Leonor Kuklinski, puede que el mayor asesino en serie de la historia de la humanidad dejando a un lado a los grandes maestros Hitler, Stalin o Pol Pot, oficio de carnicero que compatibilizaba el norteamericano killer con el de atento esposo y padre amantísimo, tres vidas que alternaba, en compartimentos estancos, y que no se interferían. Podía hacer el amor a su amantísima esposa, y minutos antes haber degollado, con esas mismas manos que la acariciaban, a un tipo en un garaje; podía contar un cuento a sus dos pequeñas hijas de guedejas rubias y mirada angelical, para que se durmieran, y haber descuartizado instantes antes a otro tipo para que sus pedacitos cupieran en una nevera.  Hace diez años que quiero escribir una novela sobre Kuklinski y la voy aplazando porque otros proyectos se interponen.  En la vida se toman caminos y se rechazan otros; en la literatura sucede lo mismo.

Fue hace veinte años cuando conocí a Kuklinski por una entrevista en televisión que dieron en un programa del gran periodista español Pedro Erquicia en TVE. Verlo y escucharlo fue lo que me hizo concebir la idea de escribir algo sobre ese sujeto frío como el témpano, desalmado en el sentido literal de la palabra, que no tiene alma, y atroz con sus víctimas. Sólo maté a una mujer, estrangulándola, confesó echándose méritos encima, y fue el único asesinato que le remordió su ínfima conciencia que debía caber en el ojo de una aguja. Quien contaba sus hazañas a un periodista norteamericano horrorizado era un individuo de complexión fuerte, barba recortada y aspecto risueño, con ligera sotabarba que le vendría del rancho carcelario; si no fuera encadenado por pies y manos y no llevara puesto ese mono naranja, lo invitarías a tomar café en tu casa y luego saldrías con los pies por delante o metido en sucesivos tápers.

El día de Navidad de determinado año Kuklinski estaba colgando los regalos de sus niñas en el árbol de plástico comprado en un supermercado cuando alguien le llamó para darle trabajo; Richard Leonor, que entonces era muy delgado, le dijo a su esposa que tenía que cumplir un encargo pero que enseguida regresaba; hizo su trabajo unas cuantas manzanas más abajo (disparó a la cabeza y descuartizó a su víctima con una sierra eléctrica, envuelto en un mono plástico para no salpicarse el traje y los zapatos de sangre), se lavó las manos, regresó y siguió colgando del árbol de Navidad los adornos y los regalos mientras sus niñas saltaban a su alrededor gritando ¡Papi, papi! Así hasta más de doscientos asesinatos en los que empleó todas las armas posibles con una destreza sin parangón que le aseguró tener trabajo siempre: la Mafia lo valoraba por su eficacia, sangre fría y profesionalidad. Su esposa nunca preguntó de dónde venían los abultados sobres con dólares que olían  a sangre y a cadaverina que entraban en ese hogar. Semejante monstruo, condenado a cadena perpetua, apareció un día muerto en su celda, imagino que por otro monstruo que ajustaría con él una cuenta pendiente.

El de Kuklinski es el paradigma del self made man norteamericano. Un hombre que se hizo a sí mismo para el crimen en la escuela de la calle. Kuklinski, de niño, era débil y enfermizo, recibió palizas de sus compañeros de colegio y eso le hizo reaccionar, ir al gimnasio y devolver todos los golpes que había recibido con creces. No le daba ninguna importancia al matar porque no experimentaba ninguna clase de empatía con el sufrimiento de sus víctimas y creía que se lo merecían. No conocía a los que segundos después de toparse con él se convertían en cadáveres que disolvía en ácido, metía en un congelador o cortaba a trocitos con una sierra mecánica. Su relación con sus víctimas era similar a la que los nazis con los que asesinaban en los campos de exterminio durante el III Reich. Él era tierno con los suyos y un monstruo sin piedad con los otros.

Mi novela sobre Kuklinski, que quizá nunca escriba porque cada obra tiene su momento y si ese pasa es difícil encontrar otro adecuado, iba a versar sobre el mal individual personificado en un monstruo que asesinaba sin ira y fue condenado a cadena perpetua mientras otros, en las guerras, son condecorados por el mismo trabajo. Kuklinski quizá debió haberse enrolado en el ejército en donde su actividad hubiera sido bien reconocida aunque seguramente no habría ganado tanto dinero. Esa hipotética novela que tengo en la cabeza y me falta poner sobre el papel sería un complemento de El mal absoluto, la que publiqué hace años sobre la barbarie nazi.

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimas novelas son Llueve sobre la Habana (La Página Ediciones, 2011), Patpong Road (La Página Ediciones, 2012), La invasión de los fotofóbicos (Atanor Ediciones, 2013) y La doble vida (Surb-Urbano ediciones, 2013)

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José Luis Muñoz

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escritor, crítico de cine y literario y articulista de opinión, es uno de los veteranos exponentes del género negro español con 45 libros en su haber. Barcelona negra, Pubis de vello rojo, Mala hierba, Lifting, Lluvia de níquel, La caraqueña del Maní, El mal absoluto, La frontera sur, Marea de sangre, Tu corazón, Idoia, Llueve sobre La Habana, Ascenso y caída de Humberto da Silva, Cazadores en la nieve y El rastro del lobo son algunas de sus novelas. Ha obtenido los premios Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical, Tigre Juan, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa, entre otros. Dirige la colección La Orilla Negra de Ediciones del Serbal, preside la asociación cultural Lee o Muere y es el comisario del festival Black Mountain Bossòst.
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