Medusa: Ricardo Menéndez Salmón

Paco Bescós

Editorial Seix Barral, 2012.

160 páginas.

Los grandes temas, las grandes historias, contadas sin el tamiz de lo próximo, asustan a los autores. El enorme flujo de información desorganizada a la que se ven sometidos, la presión que ejerce lo predeterminado y, al mismo tiempo, el salirse de lo predeterminado, parecen empujar a muchos de ellos a seguir una corriente cuya máxima es no salir de terreno conocido: mi calle, que me regala una metáfora; mi estanquera, que me regala un personaje; mi novia, que me regala un conflicto. No está mal esto, porque hay un camino, cientos de veces recorrido y de probada eficacia, que parte del suelo que se pisa y termina en lo universal. Pero se echa de menos valentía para afrontar proposiciones de mayor fuste. Contrapuesta a este extendido modo de hacer que se vuelca en lo biográfico, en lo anecdótico, en lo pequeño o en lo cercano, la obra de Ricardo Menéndez Salmón se erige en robusto refugio para la Idea, así, con mayúsculas.

Ricardo Menéndez Salmón, a cara descubierta, habla del horror, del arte, de la Segunda Guerra Mundial, del Holocausto, de los límites de la condición humana… Y nos recuerda que, por mucho que los grandes temas del siglo XX hayan sido manoseados hasta la extenuación, no importa la cantidad de veces que se repitan. Porque necesitamos nuevas perspectivas y también, como el niño de la pizarra, copiar cien, mil, un millón de veces nuestros errores, antes de salir a jugar a nuestra calle, comprar tabaco a nuestra estanquera o discutir con nuestra novia. Para cumplir con el famoso precepto del oráculo de Delfos, ‘Conócete a ti mismo’, no basta con mirar alrededor y descubrir lo que uno hace o dónde lo hace; también es necesario vigilar el lejano horizonte de la posibilidad y enfrentarse a lo que uno podría hacer en según qué circunstancias.

Con un estilo historiográfico, Medusa narra la vida de Prohaska, un artista alemán encargado de satisfacer esa terrible manía nazi de documentar orgullosamente la barbarie. En palabras de Menéndez Salmón, Prohaska es un ojo feroz. Y cumple con su deber minuciosamente, hasta el punto de dotar a sus obras de una dimensión indiscutiblemente artística. Nacido sin padre y sin el amor de la madre, Prohaska se da cuenta de la caducidad de lo vivo como contraposición al estatismo del objeto artístico. En esa obsesión se mueve Prohaska, convencido, acaso, de la pequeñez del instante de vida y de la insignificancia de la muerte. Permanecer es un hermoso castigo; por eso se niega a que le retraten o describan su apariencia, como si perteneciese a una de esas tribus que creen que la fotografía roba el alma.

“(…) la representación de la vida y de la muerte es infinitamente más desgarradora que la vida y la muerte mismas. Ello sucede porque las imágenes nos dan la cosa, pero nos las dan en tanto que pérdida. Ahí radica la patética verdad de la imagen. La imagen está siempre por algo que fue, pero que ya no es.”

Arte y maldad. El rojo y el violeta del espectro humano. La capacidad para producir belleza y la capacidad para desatar el horror. La complicidad de la mirada indiferente al horror. La asepsia como potenciadora del horror. La eficacia del arte a la hora de perpetuar y mitificar el horror. Prohaska sirve como espejo en el que mirarnos, como rincón apartado en el que examinar la conciencia previamente a la confesión; una referencia que nos hace preguntarnos qué hubiéramos hecho nosotros de haber estado ahí.

“Quizá persiguiendo el enigma de Prohaska haya estado haciéndome preguntas acerca de mí mismo, de mis convicciones y anhelos, de mis miedos y de mi precio como hombre bondadoso o malvado, intentando rastrear en sus gestos mi propia inarmonía, mi absoluta falta de criterios decisivos para discriminar lo contingente de lo necesario, mi animalidad absurda y pusilánime.

Porque de esta excursión a los rincones y oscuridades de un hombre sólo me ha quedado una evidencia: que el daño, el dolor y la culpa son los únicos absolutos que existen. Y que nada en esta vida mensurable y llena de registros, aunque al tiempo sorda a nuestros deseos, puede disipar el misterio y la negrura primordial en que transcurrimos.”

Lo que más desasosiego causa en Medusa es la idea de que, sin explicación, simplemente asistiendo a la revelación de datos que asoman a la superficie de ese océano oscuro que es el personaje, por momentos el lector llega a comprender las coartadas de Prohaska.

“Cuando revelé las fotos de los Kaneda y contemplé el bulto en la cabeza del muchacho, algo en mí gritó: “Es suficiente.” Entendí que había llegado. O, dicho de otro modo, entendí que mi viaje podría seguir mientras mi salud mental y física me lo permitieran, pero que ya había cumplido su cometido, pues lo único inacabable en el mundo es el horror. El horror es el único combustible que jamás se agota, la materia prima más y mejor repartida del universo.”

El número de páginas no indica el tamaño de un libro. Ojalá dispusiéramos de sondas para medir la profundidad de la palabra escrita. La crítica literaria es lo que más se parece a semejante instrumento. Pero no, no se trata de eso. Se trata de bucear en un párrafo y, entonces, una vez que allí se ilumina un diminuto haz de luz, ser atacado por criaturas abisales, pulpos gigantescos, peces martillo. O convertirse en piedra, como ocurre cuando uno mira a los ojos de esta novela, Medusa.

 

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.