Cuento ganador Cuentomanía 2015: Marea Blanca

Cuento ganador del concurso CUENTOMANÍA 2015. Evento organizado por la librería Books & Books y Suburbano Ediciones. 

 

 

La Marea Blanca se tragó al tío Alberto.

Cuando lo supe me quedé atónito.

Seré el próximo, pensé.

Escapé. O más bien, corrí. Escapas cuando te alejas de algo, cuando agregas espacio a la distancia. La Marea Blanca, en cambio, lo permea todo. Puede esperarte en una esquina, sorprenderte al girar y deglutirte en un segundo. O seguirte silenciosa durante días. Confundirse con tu sombra, llegar a lamer tus pies y deslizarse por tus células hasta consumirte. Sin que te des cuenta.

No se puede huir de un monstruo así. Pero quedarme inmóvil me parecía una entrega, un ofrecerme en sacrificio ¡No! Eliminarme no le será fácil. Yo no soy una memoria cualquiera.

Yo soy Pablo. Junto a otros, habito los depósitos de esta mente. Soy el recuerdo del hijo tan deseado.

El que mi padre llevaba al estadio los domingos. El que lloró en sus brazos cuando murió Manchas, mi inseparable compañero. El que aprendió a manejar en su Chevrolet Monte Carlo.

Soy el recuerdo del niño y del adolescente. Los mil rostros del ayer y la ausencia de lo inmediato.

Corro sin un rumbo fijo. No quiero que la Marea Blanca me destierre. Ya ha borrado el recuerdo de mi esposa, el de mis hijas… ¡Hasta el de mi madre! Nunca pensé que lo lograría, subestimé esta neblina blanca que ciega al corazón y paraliza los sentidos.

Primero le robó el nombre. Paola. Lo dejó caminando en los labios de mi padre como un equilibrista en la cuerda floja. Cuando él comprendió que había extraviado las letras, las sustituyó con apodos de cariño y el Paola se volvió mi vida, amor, mi reina bella. Pero las facciones se le fueron confundiendo y se le desdibujó la silueta. Luego el abrazo le pareció una cárcel y le quemaron las caricias. Así mamá desapareció, sin dejar huella en su vida.

Decido llegar al Córtex Temporal, puede que ahí todavía haya algún sobreviviente. Quizás encuentre a mis abuelos o al tío Juancho. Sobre la chimenea de la casa hay una foto de él, en un marco de plata. Los matices de gris muestran un soldado sonriente. Ese día partió para la guerra, le cuenta a todos mi padre, nunca lo volví a ver. No logro entender eso de los humanos. La forma contradictoria que tienen de percibir la muerte. ¿Cómo puede afirmar que ya no lo ve, si siempre anda paseándose por su memoria? Pero yo no tengo un cuerpo sólido, quizás por eso no comprenda. Para mí, la muerte es el olvido.

Prosigo mi camino por este laberinto amputado. Ya mi casa fue despojada de los cipreses y desaparecieron la iglesia y el colegio de la esquina. Me duelen las piezas perdidas de este rompecabezas y me rebelo en un grito sordo que me atraviesa, que quema y que maldice. Maldice la vida, al final, traicionera. Maldice el destino. Si es que hay un destino.

Bordeo los pasillos del cerebro y llego a la entrada de un ascensor que solo baja. Su contrapeso es el tiempo. En la pared de la cabina hay ochenta y dos botones, como los años de mi padre. No tienen número y aprieto uno al azar.

Las puertas se abren en el patio de una casa. Hay una luz tibia, casi azulada, que delinea con precisión cada contorno. Un niño monta con dificultad una bicicleta de tres ruedas, sus piernas son demasiado largas para esos pedales. Me oculto y lo espío. Tiene mis ojos y el mismo remolino en la cabeza.

Hay algo mágico en la atmósfera. Una inusual sensación de paz.

Observo el triciclo de aluminio, de ese rojo alegre que tienen los Ferrari. Entre las dos ruedas traseras se halla una repisa, el puesto del pasajero. Para evitar que resbale, el metal tiene, ahí, un dibujo de círculos y curvas en relieve. Debajo del manubrio hay una etiqueta azul con el dibujo de un avión. Sobre él, la marca Grieder Flyer, escrito en letras blancas.

De pronto entiendo esa sensación de seguridad que percibo. Es la precisión de la memoria. Tan viva. Tan minuciosa.

Me llena un vigor efervescente. Ahora sé que puedo vencer la Marea Blanca. Que, si tantos detalles envuelven mi recuerdo, será imposible borrarlo. No me desvaneceré en el cuerpo vivo de mi padre, lo seguiré a la eternidad tras su muerte.

En la esquina sur del patio, entre filas de sábanas tendidas, aparece el abombado perfil de una mujer embarazada, su columna inclinada hacia atrás, su andar pesado. El niño la ve y corre hacia ella. ¡Mamá, mamá! La escena me confunde porque no tengo hermanos. Luego la analizo. No soy yo el niño, como pensaba, y me inunda el desconsuelo.

Ya no me siento invencible. Los detalles que parecían defenderme pertenecen a la infancia de mi padre.

Me sumerjo en ese blanco oloroso a limpio, a jabón de Marsella. Entre bailes de paños húmedos, sorprendo a mi abuela. Le sonrío. Ella duda, su mirada me traspasa. Abuela, soy yo, soy Pablo. ¿Pablo? Me pregunta. Y algo ven sus ojos que se llenan de tristeza, de esa que viene para quedarse. Deja caer de sus manos las pinzas de la ropa. Caen despacio. Caen en silencio. Ella baja la cabeza y, sin decir ni una palabra, se voltea y desaparece entre olas de tela.

Entonces, en un gesto espontáneo, casi una reacción a su silencio, me llevo las manos a la cara y toco mi rostro, pero no lo siento. Ha desaparecido el del joven, el del adulto y todos los que he tenido. Bajo las manos y las observo. Me invade el horror. En ellas puedo ver silenciosas, aflorar de mis poros, las diminutas gotas blancas del Alzheimer.

© 2017, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

Compartir
Artículo anteriorAndrea Martin, ganadora Cuentomanía 2016
Artículo siguienteUna buena patada en el culo
Mila Hajjar

Mila Hajjar

Mila Hajjar nació en Roma, Italia, y vivió su juventud en Venezuela. Se graduó con honores en arquitectura en la facultad Federico II de Nápoles. Realizó otros estudios en la Universidad Szomathely, en Hungría, y en la Universidad Carabobo, en Venezuela. Como arquitecto, ha trabajado por veinte años en proyectos en Italia y Venezuela. Como artista plástico ha realizado más de ciento cincuenta exposiciones, individuales y colectivas, en galerías y museos de Estados Unidos, Europa, América latina y Asia. Ha obtenido varios premios entre los cuales el Soho International Art de New York, USA, el International Art Show d 'Estiu Catalonia, España, y el primer premio en el Salón de Arte Maneiro de Venezuela. En los últimos años ha realizado talleres de escritura creativa con los escritores Daniel Fernández, Pedro Medina León, Santiago Roncagliolo, Begoña Callejón y Jorge Benavides entre otros. Actualmente estudia Novela en la Escuela de Escritores de Madrid. En el 2015 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos “Cuentomanía” y el segundo en “La Nota Latina” Actualmente vive en Miami.
Loading Facebook Comments ...