Luchadores contra El Gringo Nazi: manual de lucha libre mexicana para extranjeros (2ª parte)

El primer luchador enmascarado en México fue un gringo llamado “Ciclone” Mackey. En 1931 lo había llevado Salvador Luttherot González, el Padre de la Lucha Libre Mexicana, como parte de su empresa. Sin pena ni gloria se fue del país. Sin embargo, tres años después el gran Frank Gou enfrentó a un desconocido apodado como “La Maravilla Enmascarada”. Se trataba del mismo Mackey pero en ese momento nadie sabía su identidad. Ante el misterio y la capucha, el público enloqueció y los luchadores nacionales no tardaron en adoptar el atuendo con El Murciélago Velázquez como su primer representante. No sólo la popularidad de la lucha libre en los años treinta fue el detonante de los luchadores enmascarados. Ellos mismos encarnan un sentido íntimo en la cultura mexicana. Un capítulo de El Laberinto de la Soledad, el ensayo sobre el Ser del mexicano del Nobel Octavio Paz, se titula precisamente “Máscaras mexicanas”. Aunque Paz toma el motivo como una metáfora que le sirve para analizar la intimidad de los nacionales, el recurso físico de la máscara sigue tan vigente en el país como hace nueve siglos en Mesoamérica. Desde las máscaras de las culturas maya, olmeca y mexica, hasta el uso del pasamontañas del Subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, existe una continuidad en el uso de las caretas en distintas manifestaciones, tanto rituales como políticas, del país.

En el Imperio Azteca los guerreros pasaban a formar parte de dos cofradías bien definidas según la clase social a la que pertenecían: los Caballeros Águila o los Caballeros Jaguar. Ambos se caracterizaban como el animal representado para entrar a la batalla. Un instrumento esencial en su atuendo era el casco y la careta. Ocultando su identidad entraban en contacto con el tótem al que pertenecían.

Si bien a la llegada de los conquistadores las sociedades guerreras mexicas se convirtieron en guacamole, el uso de las máscaras en la cultura o, más bien, en las culturas mexicanas sigue vivo hasta nuestros días. Tanto en danzas, muchas de ellas simbólicas de la batalla, como en celebraciones religiosas y carnavalescas el cubrimiento del rostro es indispensable. En los años treinta, cuando se dio el auge de los primeros luchadores enmascarados, el gesto sólo se vio como una continuidad de cultura de las máscaras en México y, por tanto, fue adoptado como un elemento autóctono. Nuestros guerreros siempre tienen que llevar careta.

El paso del ring a la cultura de masas fue natural. Personajes como El Santo habían nacido en los cómics para luego encarnarse en la lucha profesional. Sin embargo, la popularización de la lucha libre dentro y fuera de México se dio en el cine. En 1952 se filmó El enmascarado de plata, dirigida por René Cardona y protagonizada por El Médico Asesino, a la que le siguió la serie interpretada por el famoso Huracán Ramírez que, con tonos disímiles, en sus títulos establece la línea primordial del género: Huracán Ramírez contra los terroristas. Así es, nosotros los mexicanos no les debemos nada a los gringos. Mucho menos la vida.

Si en Estados Unidos personajes como Batman, Superman, Capitán América, Rambo o Wolverine salvaron, y salvan, a sus habitantes de catástrofes mundiales, en México luchadores como Blue Demon, El Santo, Mil Máscaras, Dos Caras y El Rayo de Jalisco nos han librado de científicos locos, invasiones extraterrestres, el Conde Drácula, la momias de Guanajuato, arañas infernales, monstruos, mujeres vampiro y terroristas. Aunque tanto héroes mexicanos como estadounidenses luchan contra villanos y mantienen identidades secretas, la diferencia es abismal. Mientras los salvadores gringos no existen, son mera ilusión para niños pendejetes, los luchadores aztecas son de carne y hueso. Pueden verse cada semana en la Arena México o de gira por el país.

Rodeados por hermosas mujeres y luciendo su máscara mientras manejan autos descapotables, Blue Demon, El Santo o cualquier otro de nuestros héroes se daba tiempo para salvar al mundo, hacer tareas de investigadores a la James Bond y cumplir con sus responsabilidades como deportistas de alto nivel. Sus historias en ocasiones estaban matizadas por el soft porno, como sucedió con la película El Santo contra El Vampiro y el sexo, o con las historietas de la ya clásica colección Sensacional de Luchas.

Con la misma filosofía de enfrentarse contra las injusticas nacieron dos luchadores que, arriba y abajo del ring, dan la batalla para mejorar su entorno. El primero fue Fray Tormenta, un sacerdote que logró la anuencia de El Vaticano para presentarse encapuchado a sus homilías. Ante la falta de recursos para sostener el orfanato que dirige, Fray Tormenta se dedicó a pelear profesionalmente. Hasta la fecha da refugio a niños y adolescentes en situación de calle, a quienes entrena en el pancracio.

El segundo de los luchadores es Súper Barrio, un activista social que surgió tras el terremoto que dejó devastada la Ciudad de México en 1985. Como líder de masas ha negociado con autoridades la mejoría de las clases más desprotegidas del país, al tiempo que se involucra de lleno en las actividades políticas dentro y fuera de México.

Simbólicamente compitió por la presidencia en 1988, a la cual renunció a favor del candidato de izquierda Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del legendario General Lázaro Cárdenas. De la misma manera lo hizo para llegar a ser presidente de Estados Unidos en 1996. Lo apoyaban Noam Chomsky y Eduardo Galeano, quien escribió sobre el luchador: “Medio siglo después del nacimiento de Superman en Nueva York, Súper Barrio anda por las calles y las azoteas de la Ciudad de México. El prestigioso norteamericano de acero, símbolo universal del poder, vive en una ciudad llamada Metrópoli. Súper Barrio, cualquier mexicano de carne y hueso, héroe del pobrerío, vive en un suburbio llamado Nezahualcóyotl.

“Súper Barrio tiene barriga y piernas chuecas. Usa máscara roja y capa amarilla. No lucha contra momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno”.

A Súper Barrio se han unido los luchadores cívicos Peatónito, que amonesta a los conductores agresivos; Ciudadina, quien viste de rosa para hacer más amable el día de los transeúntes estresados; Ecologista Universal, a favor del medio ambiente; Súper Gay, luchando en defensa de la diversidad sexual, y Superluz, luchador que defiende los derechos de los trabajadores del Sindicato Mexicano de Luz y Fuerza del Centro, quienes quedaron en el desamparo ante la desaparición de la paraestatal en 2009.

Frente a los embates del candidato y ahora presidente Trump en agravio de los mexicanos no es casualidad que salten a la palestra nuestros héroes nacionales. Por las redes empezaron a compartirse carteles que, a la manera del cine de luchadores, anuncian las peleas de “Santo vs El Güero Mortal”, “Santo vs. El Presidente del Terror” y “Santo y Blue Demon vs el hijo de la chingada y su pinche muro”.

Bajo un gobierno mexicano tan corrupto, débil y con una aprobación social de menos del 10 por ciento, como el del priísta Enrique Peña Nieto, sabemos que los únicos personajes capaces de salvarnos de una embestida, brutal y racista, son nuestros luchadores. Aquellos enmascarados que han logrado librarnos de las amenazas terrenas y extraterrestres, y que siempre han peleado al lado de la justicia y la paz social.

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Xalbador Garcia

Xalbador Garcia

XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, 1982): Doctor en Literatura Hispanoamericana, escritor y periodista mexicano. Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
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