Los Inmortales

Los inmortales.
Manuel Vilas.
Ed. Alfaguara. 2012.
320 páginas.

Hay quien se siente a gusto yendo contra corriente. Yo no. Sobre todo cuando se trata de decir que un libro que ha entusiasmado en todas las reseñas que he leído (reseñas escritas por reseñadores de mi más plena confianza) no me ha dejado la misma sensación. No me gusta llevar la contraria porque uno, en su humildad, piensa que algo no ha entendido, o que no es digno de tanta literatura, o que aún le falta una formación para apreciar ciertas cosas. Así que me enfrento a Los inmortales, de Manuel Vilas, con pies de plomo. Diciendo las cosas después de haberlas meditado mucho, no vayamos a cagarla. Y, aún así, pensando que, indefectiblemente, la voy a cagar. Pero convencido de que debo hacerlo, aunque solo sea para apoyar la opinión de personas que, como yo, han leído el libro y han sentido un regusto ambiguo: muy bueno en algunos aspectos, no tan bueno en otros.
Manuel Vilas nació en 1962 en la provincia de Huesca (España). Ha ganado multitud de premios de poesía con poemarios que siempre han despertado elogios. También ha publicado varias novelas, que también han despertado elogios. Entre ellas Aire nuestro y España.
Valga decir que yo Los inmortales se la recomendaría a un buen número de personas. Conozco mucha gente que disfrutaría encandilada ante semejante despliegue de locuras. Vilas tiene un estilo personalísimo y provocador, que hará las delicias de aquellos que disfrutan con lo que hemos dado en llamar, ya que nadie le ha puesto un nombre más antropológico, ‘cultura friqui’ o ‘cultura nerd’ o hasta ‘cultura chanante’: ese cajón de sastre tan divertido que contiene ciencia ficción, kitsch, consumismo, pulp, irreverencia, humor negro, ‘fandom’, surrealismo, erudición (en lo irrelevante y en lo profundo), ‘geekismo’ y una tolerancia a la chapuza bastante punk. Que me perdonen aquellos críticos que han hablado de esta novela con prurito académico y lenguaje preciso, hasta científico; para mí la palabra que la define es: friqui.

‘“Si la gente supiese que Cristo era obeso, el cristianismo desaparecería en tres días”, dijo Pablo. “ Imagínate que la gente se entera de que tuvieron que apuntalar la cruz de tanto como pesaba Jesucristo; ninguna fe soportaría semejante iconografía”, dije yo.’

‘Estábamos en París y Pablo dijo que París era el mejor sitio para comprar dos buenos disfraces de Elvis Presley.’

Veamos. Por inmortales entendemos, a saber: Cervantes jugando a Connor MacLeod, incluidas espada y decapitaciones varias; Stalin redivivo en la mente de un esquizofrénico obsesionado con el arcipreste de Hita; Dante y Neruda estableciendo decálogos sobre la cerveza Guiness; Picasso y Van Gogh disfrazados de Elvis en una fiesta de gordas suicidas; Juan Pablo II y la madre Teresa a bordo del Coche Fantástico; descendientes del autor y clones de Paulina Rubio esperando la venida del arcángel Gabriel… Y otros fabulosos personajes que viven otras fabulosas correrías.
Por ahora muy bien, ¿no? Pues sí. Pero no es lo único bueno. Porque el acierto de Vilas es convertir ese ‘friquismo’ en poesía. Resulta asombroso cómo puede recorrer en un pestañeo la enorme distancia que hay entre una situación meramente cómica, incluso populachera, y una reflexión profunda, trazada en un lenguaje puramente lírico, hermoso.

‘Ni uno solo de tus antepasados valió la pena en el único sentido que la Historia reconoce como gravedad: la santidad, el crimen y la tiranía.’

‘Ése es el gran misterio de la materia: su irresponsabilidad. La irresponsabilidad va más allá del nihilismo. La irresponsabilidad introduce la luminosidad de la fiesta, de las fiestas inertes.’

Y es que, si hablamos de inmortalidad, también hablamos, por contraposición, de mortalidad. Hablamos del paso del tiempo, de la Historia, de la vejez y la juventud, de la adaptación o inadaptación a la idea de morir, de la felicidad… de la vida.

‘Tiene que haber una forma de entender el pasado que sea respetuosa con la propia inexistencia profunda del pasado. Tendrá que haber una tecnología del tiempo, que supere la ficción de la Historia.’

‘Somos hombres, eso ante todo. Somos hombres. Y el hombre es tiempo presente. El presente es presencia. El pasado es ausencia y el futuro es inexistencia. Elige si puedes.’

Todo esto está presente en los estupendos diálogos y digresiones que se producen entre los personajes de Vilas, los cuales manejan unas voces siempre perfeccionistas, siempre épicas. Es vitalismo, vitalismo puro, y como tal le agarra a uno por las tripas y le eriza los pelillos.

‘Lo mejor es siempre vivir el último día del mundo, porque el último día será el mejor.’

‘Los mensajes son rupturas del azar. De repente, una voluntad se manifiesta en la materia.’

Perfecto. Pero, coño, Paco, ¿no decías que no te había gustado este libro? ¡No! Yo dije que no me había entusiasmado tanto como a otros críticos cuyas reseñas he leído. Y es cierto que, durante la lectura, levanté varias veces la ceja para decirme: ‘¿Pero qué me estás contando, Manuel Vilas?’. Y es cierto que, durante la lectura, aceleré varias veces el ritmo para que los ojos pasaran más rápido sobre algunas páginas. ¿Cuál es el problema?
Pues el origen del problema es, básicamente, elevar un castillo desde el quinto piso de la imaginación, y continuar colocando ladrillos hacia arriba. Paradójicamente, todos esos personajes tan estrambóticas, metidos en situaciones tan hilarantes, enfrentados a dilemas filosóficos tan transgresores, acaban insensibilizando la percepción del lector, acaban cauterizando, por sobrecarga, el músculo de pasmarse. Es decir: cuando nos encontramos por tercera vez con una pareja de poetas muertos follando con un travesti, ya no nos sorprende. Nos parece reiterativo. Aligeramos el paso para atravesar rápidamente las nubes de ingenio y buscamos con avidez esos diálogos en los que Vilas ha situado todo su talento, que es donde realmente merece la pena recrearse.
Vilas no establece un pacto con el lector, no traza previamente unas fronteras a las que uno pueda atenerse, sino que ensancha a cada página esas fronteras, como un globo que se hincha, como un universo que se expande: leña al fuego, leña al fuego, leña al fuego. Quizá parezco muy anticuado, hablando de pactos, pero me parece importante porque no se puede pretender sorprender a un lector cuando dicho lector espera ser sorprendido. Cuando el lector espera alucinar tras cada página, los alucinógenos provocan tolerancia, van tornándose en algo anodino y se degradan. Así, las propuestas de Vilas corren el peligro de pasar por meras ocurrencias, por mucho que luego las cimente con toda la poesía y la filosofía que lleva en los bolsillos.
Hay también una elección arriesgada a la hora de componer las situaciones. Y es que todas se establecen en los mismos términos, sean cuales sean los personajes que las protagonizan: dos artistas (normalmente poetas); hablan; uno lleva la voz cantante, la voz de la locura, la épica, la vitalista (normalmente, el más ‘viejo’); otro escucha, aprende, toma nota (normalmente, el más ‘joven’, aunque tenga doscientos años). Da la sensación de que la novela está protagonizada por los dos mismos personajes a los que Vilas cambia de identidad en cada capítulo. Dudo de la conveniencia de esta decisión: sin duda explota la faceta más bella de la prosa de Vilas, pero también acentúa la sensación de reiteración que es, a mi juicio, el mayor problema de la novela.
Después de todo esto: ¿Los inmortales, sí o Los inmortales, no? Pues ya ni lo sé. Me da la sensación de haber escrito la reseña como si estuviera pidiendo perdón porque, joder, en el fondo el libro mola.
Pues voy a decir que sí. Creo que sí. ‘Los inmortales’, sí. Sí, por la belleza que se oculta entre tanto chiste fácil, si uno la lee de esa forma: como un cazador rastreando lírica y vitalismo. Sí, porque habrá quien aprecie lo que yo no he sabido apreciar: toda esa imaginación y locura desbocada (que a mí se me antoja superficial y hasta manida), y no quiero convertirme en el aguafiestas de turno. Sí, porque, aunque uno saque las mismas conclusiones que yo, la reflexión a la que me ha obligado este libro (que por sus características debería haberme embelesado) para justificar un no, ha merecido mucho la pena. Y porque, a pesar de que no me hayan convencido Los inmortales, sí me ha convencido Vilas y me predispone a lanzarme a por otro libro suyo en cuanto tenga oportunidad.
¿Ves, Paco? No era tan difícil.

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.