Los días animales de Keila Vall de la Ville

1.-

El cuerpo pende del filo de una roca. La vida, de un arnés. De la cuerda que ata el precipicio a la nube. Sima y cima. La vida es un viaje desesperado hacia la altura. Se sube, también se baja pero pensando en subir de nuevo. En escalar con el cuerpo y con los sueños, con la mirada puesta en algún saliente, en algún cuerpo que solicite aliento o la búsqueda que se advierte como un animal incansable, sin horario, sin límites.

(Se escribe una novela mientras la altura conserva su silencio. Una historia donde un viaje funda una épica tan personal como proteica. Irreverente al retar los peligros ocultos en la naturaleza: los peligros visibles y los ocultos en el alma de los que de alguna manera tienen en la altura una escapatoria)

“Los días animales” (Todmann Editores, Caracas, 2016), de Keila Vall de la Ville, es un culto a la aventura, al desplazamiento hacia lo desconocido. El personaje Julia busca, no agota el viaje, lo inventa, lo recrea, lo salta de tiempo en tiempo. Narra una historia que aturde a veces por la constante de la altura, la que ahoga y la que disipa, la que asusta y la que también invita al sosiego. Es una novela/ salto. Es una novela que se antoja interminable, que no termina nunca mientras haya alturas, mientras haya precipicios, muros que sortear o tepuyes que descubrir en medio de la fronda verbal de esta narradora venezolana que también nos empuja al vacío generado por la inagotable fertilidad de sus relatos, porque en esta novela son muchos los relatos, son muchos los tiempos, los flashbacks, los saltos temporales a pleno vuelo hacia un futuro dudoso, con las alas abiertas hacia un final que no se cierra, que queda abierto como las ganas del personaje de seguir subiendo, casi sin oxígeno.

2.-

D´Annunzio, citado epígrafe por Gaston Bachelard en “El aire y los sueños” afirma que “Las alas impalpables son las que vuelan más lejos”. Este es el caso de nuestra narradora y del personaje que la rehízo en esta estructura narrativa. Keila Vall de la Ville es Julia, y Julia reconstruye a Vall de la Ville en la medida en que se hace paisaje y lo deconstruye, porque de eso se trata: Todo viaje es una deconstrucción. El mismo personaje huye de la superficie para volar, para escalar la altura que las aves siempre buscan. En el relato Julia es “Pájaro”, llamada así por quien al final de la novela se convierte en un fantasma, en un amor borrado por la crudeza del oficio, por la pasión del escape, en una despedida próxima a un eclipse.

Son muchos los lugares donde nacen estas historias. Son muchas las locaciones, pero es el mismo afán, la misma locura por alcanzar con el alma la altura más deseada, el cielo, el frío de la nieve, el infinito.

Como Anteo, Julia y sus acompañantes de ocasión bajan a descansar sus músculos, a respirar, a fortalecerse. Pero como Sísifo, las manos rotas y callosas intentan subir una piedra saliente, que representa la salvación, el avance hacia el silencio, la paz o la nada.

Cada paisaje alcanzado, escalado, es un modo de ser, un miedo o el descaro de la aventura que hace de los nervios la consagración del viaje. De allí que “Los oficios se mudan al cuerpo” (p. 46). Julia varía de espacios. Es un solo lugar. Un satélite sobre un bosque, sobre las curvas de un río. Arriba, en el Roraima, en la Sierra Nevada de Mérida, Sierra Nevada del Cocuy, el Salto Ángel. Como aventurera sabe “Entender lo que el cuerpo pide” (p. 53). Y ella se entrega hasta alcanzarlo. Es una novela atemporal, porque quien viaja no relata desde la finitud. Novela para “lograr la cumbre” (p. 56), para dejar de ser tiempo. Ser el tiempo. Novela de saltos de risco en risco, de laja en laja, de fragmento en fragmento, de capítulo en capítulo. A veces en presente, a veces en pasado.

Novela donde no sobra la tensión, toda vez que nos empuja al fondo de lo que los ojos de Julia miran mientras sube:

“Así que para saber lo que estás haciendo tienes que mirar lo que estás haciendo. Sujetar la cuerda es una odisea” (p. 66). Un viaje de vida o muerte. Un viaje que puede ser una caída. Muchas veces en medio de las sombras o del frío no cae el cuerpo. Cae el espíritu. Pero se imagina el cuerpo estropeado abajo, sobre las piedras húmedas del abismo. El ser regresa también estropeado. No obstante, Julia, el personaje, y también la autora, siguen ascendiendo.

“Lo más importante lo entendí después. La felicidad es como la hierba. Cuando está no le prestas atención, no la vez. Éramos silencio de lágrima asombrada. Animales de conciencia pura y clara. Arriba. En la montaña” (p. 66).

Budismo. Escalar también es zen. Cavilar, hacer la reverencia al pico, a la montaña, a la soledad cercana al cielo. La felicidad. En ese estado “Te vas desvaneciendo, suprimiendo. No eres nadie. Eres la disciplina. Borrarse para existir. Hay que mantenerse alerta. No caer.” (p. 67), dice la narradora.

3.-

Una síntesis del suspenso, de ese estar en el aire, sin alas, sujeta a un arnés, a una cuerda tensa, a un segundo aquí y otro allá. En medio de la nada sobre las nubes. La novela es un terreno que nos hace vacilar como lectores. Aguardamos la lluvia, el sol cubierto por la sombra de una tormenta cerca de los ojos de quien sigue ascendiendo, como si nada, sin nadie que te ahogue o te vacile.

“Las personas comprimen. Obligan. Restringen. Las palabras confunden. No sabes quién serías hasta que no sales del ecosistema que te obliga a ser de una manera o de otra. No sabes de qué eres capaz hasta que no estás ahí. Con el mosquetón en la mano. Soltándote el arnés. Un día te descubres escalando sin cuerda. Es un paso. No hace falta planearlo. Es un momento. Decides desamarrarte y montar un pie, sostenerte de una mano. Comenzar a subir. Dos metros más. Tres. Es fácil. Cuando comienzas ni miras hacia abajo. Un instante estás acá, al siguiente estás en un limbo que sólo puede terminar en el tope: a media pared no puedes quedar” (p. 75).

Y no se queda. Sigue. Hay otras alturas. Las de la ciudad cuando va a ella. A Caracas. Y mira el Ávila. Cuando se detiene en la familia y algunos amigos. Y cuando se despide sin despedirse. Sin avisar. Sin decir en qué mundo estará. Se aleja del bullicio, de las palabras.

Y Julia, para justificar lo que quiere ser:

“A veces las mujeres tenemos que ser hombres para demostrar lo que las mujeres podemos hacer” (p. 81).

La narrativa del nido, la fuerza del aire, la que imprime la agonía o el ahogo. El instante: “Estás allá arriba colgada y no te quieres morir. Te dan miedo los primeros diez segundos, dar el primer paso. Cuando ya estás subiendo no piensas en nada más” (p.88-89).

Y así, tantas emisiones, tantos desafíos mientras el mundo gira y la novela avanza. Julia continúa el viaje a través de estas páginas. Julia / Keila Vall de Ville insisten, cuelgan del cielo, las salva una delgada cuerda que las lleva a no pensar para no caer. “Es como bailar. Si piensas mucho pierdes el ritmo” (p. 91).

El mismo personaje teoriza acerca del tiempo narrativo, lo hace desde su perspectiva de sujeto colgante, de sujeto que se mueve, que no permanece: “Vuelves al presente. Se acaba el presente, ya es pasado. Otra pisada. Otra más. Aquí y ahora” (p. 92-93).

Desde el follaje de su altura Julia critica, no simboliza, relata sin ambages: “Hay gente que se mueve en el espacio con cierta sutileza. Los ves cómodos, se nota que vinieron bien equipados a la vida y que todo les va a salir bien” (p.119).

Un gran salto desde Parque Central, con alas para caer en plena avenida. Cantar la zona para evitar la detención policial. El sujeto, Rafael, saltaría de la Torre Oeste. Un salto desde donde ocurrió el famoso incendio. Julia habla de Caracas, la sube y la baja de sus ojos, la analiza, la empuja y la recoge: “En mi ciudad te borra la violencia o el miedo a la violencia. Cada vez hay menos gente en la calle…ahora Caracas es de los delincuentes” (p. 124).

4.-

Hay pájaros que vuelan solos, con sus alas, su plumaje, los ojos puestos en el horizonte. Quien se desplaza por el mundo, de altura en altura, prefiere “viajar sin tanto trámite, más cerca del cuerpo (…) Me gusta pensar que con los viajes sobrevive sólo el cuerpo, único testigo. Todo lo demás se desintegra”. (p. 138).

El viaje termina en Katmandú, en la certeza de que tiene que retornar a Caracas. Esa suerte de exilio en las alturas podría sujetar el cuerpo de un arnés en el Ávila. Hasta allá llega Julia en búsqueda de Rafael, quien se “desintegra”. Sólo quedan recuerdos, un momento en un hotel. La soledad se instaura mientras el personaje recorre otros lugares. La playa, el mar como altura, como oquedad.

Contrario a la dinámica del instante de Bachelard, en esta imagen Julia cierra su biografía:

“Las personas se quedan como una pátina adherida a la piel. Como una cicatriz en alguna circunvalación cerebral” (p. 190).

© 2016, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

Compartir
Artículo anteriorEl Blues de Miami, cuando la ciudad comenzó a interesar a Hollywood
Artículo siguientedeparture
Alberto Hernández

Alberto Hernández

Alberto Hernández
(Calabozo, Venezuela 1952)
Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar (Caracas) en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literariaUmbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria. Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios. Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo, Venezuela. Se desempeña como coordinador de la fuente de cultura del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua, Venezuela. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe.