Los buenos tiempos, los mejores

Serie Carmona

Ayer Carmona me envió un text message. En él me preguntaba cómo me había ido en mi viaje a Colombia, que nos veamos. A las tres y media en el Starbucks de la 10, le respondí, y contestó que ok.

Por la tarde llegué al café unos minutos antes de la hora y Carmona aún no se aparecía. Compré entonces el New York Times y me senté a esperar. Llegó más o menos después de veinte minutos. Luego de saludarme, dijo que se había demorado porque se quedó hablando por Skype con su amigo Povedano. Que habían estado recordando buenos tiempos, los mejores, los de los últimos años en la secundaria. Entonces me contó de sus escapadas del colegio con Povedano. Carajo, dijo, el security de la puerta era un miserable, por una Coca Cola y dos cigarritos decía ya ya, yo no vi nada, sigan nomás. Y también me contó de una tal Julia o Gloria, no recuerdo ahora bien el nombre, que fue pareja de Povedano en la fiesta de promoción. La pobre chica era feísima, dijo Carmona, pero feísima feísima, y encima se presentó en la fiesta con un peinado que parecía como que le hubieran embadurnado la cabeza con brea. Tanto jodieron al pobre Povedano por lo fea que era Julia o Gloria, que terminó dejándola por ahí y él se metió tal borrachera que acabó dormido en el piso, al lado de unas macetas con helechos. Después algo dijo Carmona de un profesor al que le decían el siete pelos, pero ahí fue cuando cambió de tema y, haciéndose el colombiano, dijo bueno bueno, mijo, cuente pues como le fue.

Al empezar a contarle, Carmona me hizo un gesto con la mano, pero un gesto medio raro, como si estuviera espantando una mosca, y yo entendí que me estaba callando. Y eso debió haber sido, porque apenas dejé de hablar, él siguió con el asunto de la llamada con Povedano. Y es que tú no tienes idea, dijo, de quién era el siete pelos. Si supieras… Me explicó entonces que el siete pelos era un viejo peludo y cochino, un profesor de Geografía que el día entero se rascaba el ombligo y después de rascárselo se olía los dedos. Por lo que entendí, lo que hacía más o menos el siete pelos era desabrocharse con disimulo uno o dos botones de la camisa, meterse la mano, cosquillearse el ombligo, y después volteaba para escribir en el pizarrón y  aprovechaba para olerse los dedos. Lo gracioso, continuó Carmona, era que cuando el siete pelos estaba parado de frente al pizarrón, siempre algún alumno desde el fondo de la clase gritaba siete peeeeelooooos, y el viejo cochino se ponía hecho un demonio, daba de pisotones al suelo y gritaba quién carajo ha sido, su puta madre que lo parió, quién ha sido. ¡Y eso no es todo!, exclamó, pero antes que siga lo interrumpí y le pregunté si quería o no que le cuente lo del viaje a Colombia. Carmona miró su reloj y me dijo que ya no le daba el tiempo, que mejor el fin de semana tomando unas cervecitas en el bar Zekes. No sé por qué no le daba el tiempo, no sé si tenía que trabajar o qué sé yo, lo cierto es que después de decirme para qué mejor sigamos conversando en el Zekes, se acercó a la barra, pidió un Tall Latte y luego nos despedimos. Yo entonces abrí otra vez el New York Times.

En el diario vi la cara de Obama por lo menos veinte veces, también la de la Palin, y la de varios gringos que no sé cómo se llaman, pero no leí ni una noticia, pues me quedé pensando en Carmona y Povedano y en sus escapadas del colegio, en su fiesta de promoción, en el siete pelos. Nada más cierto que lo que decía Carmona de que esos eran los “buenos tiempos”, los mejores. Desde que me fui de Lima, la distancia se ha encargado de dejar atrás los veinticuatro años que viví ahí, pero lo que la distancia jamás se encargó de dejar atrás, sino que más bien fortaleció, fue mi amistad con el Gordo, Ignacio, Diego, Jorge, Álvaro, Carlos Enrique. Con ellos me escapé del colegio, con ellos me emborraché en la fiesta de promoción, con ellos atormenté a los nefastos profesores de la secundaria, con ellos viví los buenos tiempos, los mejores. Es por ellos que, el pasado, será un lugar al cual siempre querré volver.

© 2012, Pedro Medina León. All rights reserved.

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Pedro Medina León

Pedro Medina León

Nació en Lima, Perú, en 1977. Es autor de los libros Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami, Lado B y Varsovia. Es editor de las antologías Viaje One Way y Miami (Un)plugged. En el año 2017 se produjo el cortometraje The Spirit Was Gone, inspirado en los personajes de su novela Lado B. Además es creador y editor del portal cultural y sello editorial Suburbano Ediciones. Como gestor cultural ha sido co-creador de los programas #CuentoManía, Miami Film Machine, Pido la palabra y Escribe Aquí –galardonado con una beca Knight Arts Challenge por la Knight Foundation Center-. También es columnista colaborador en El Nuevo Herald y ha impartido cursos de técnica narrativa en el Koubek Center de Miami Dade College. Estudió Literatura (Florida International University) con una especialización en Sociología y en su país Derecho y Ciencias Políticas (Universidad de Lima).