Lolita en Patines por Hidden Park

                              olgak22                                                           By Gino Winter

Era sólo una nena… Realizaba mi rutina de ejercicios en Hidden Park, cuando noté su grácil figurita a lo lejos, deslizándose por ese parque escondido que en vez de bancas, estaciones de gimnasia o surtidores de agua, tiene una cantidad impresionante de letreros que prohíben todo lo que se puede hacer  en un parque y que es lo que al final se  hace allí mismo, pues los visitantes son en su mayoría latinos y al parecer “no entienden” los avisos en inglés…

La nínfula recorría el parque sobre unos patines en línea que sobresalían desde lejos, como si fueran prestados, de alguna chica mayor o más grande… Yo estaba en pleno trote cuando se me cruzó, mirándome de reojo con su boquita medio abierta y la punta de su lengua pegada a la parte interna de sus incisivos…

No era lo que se dice una gran belleza, pero su cuerpito de bailarina adolescente,  cabellera al  viento,  ojos chinitos,  piel canela, labios hinchaditos y esos  ademanes tan sexys que realizaba, causaban un efecto realmente perturbador… Yo nunca me había sentido atraído por una muchacha tan joven, salvo en la época en que yo también era un muchacho tan joven, y menos en un parque lleno de bellezas latinas de edades más adecuadas y constitución mucho más “sólida”… Pero algo llamó la atención de mi sistema límbico y sin darme cuenta la empecé a seguir con la mirada, como cuando se activa la mira automática de un avión-caza moderno…

Esta Barbie latina de piernas  estilizadas -que se esforzaban por levantar los patines como si se estuviesen adhiriendo al piso con el calor- logró que por unos segundos mi impulsivo cerebro reptiliano se impusiera sobre mi neocórtex,   haciendo que la diferencia de edades me importara la mitad de un bledo… Total, dicen que los ojos son el reflejo del alma y los míos… son verdes.

Culminé mi primera vuelta de una milla en dirección de las agujas del reloj y -siguiendo mi vieja costumbre- giré ciento ochenta grados y empecé a trotar en la dirección opuesta, como de regreso.   Me di cuenta de que así no me cruzaría con la chibola y tuve ganas de volver a la dirección original, pero una brisa de vergüenza  acarició mi rostro  y me convenció de que siguiera mi camino, riéndome de mí mismo mientras oscilaba la cabeza en un gesto desaprobatorio…

Trataba de no mirarla, pero entonces la bambina apareció por detrás con una risita burlona, dio dos giros completos a mi alrededor y salió disparada dándome la espalda y doblándose lo suficiente como para que yo pudiera apreciar las suaves  curvas que dejaba al descubierto su faldita tableada al volarse sobre su espalda… Sin quitarle la mirada, giré mi cuerpo sin ver el camino -como hace la mayoría de imbéciles con quienes me cruzo en el supermercado- y me choqué con media tonelada de vieja gorda con la que me fui al piso, rodando lateralmente y quedando sobre ella como la hélice sobre el helicóptero, pero con mi nariz embutida en su sudoroso escote… Luego de tres botes “eroticones” que me hicieron sentir como que me estaba tirando a un manatí, pude ponerme de pie y levantar a la vieja, que me puteaba de alma… Sospecho que se quedó  insatisfecha…

Volví a cambiar de dirección y más adelante me volví a cruzar con la chiquilla, pero esta vez sentada en la grama y cambiándose los patines por un par de zapatillas de jogging. Desaceleré el paso y al pasar por su lado le dije que “yo nunca pude hacer eso” es decir, eso de patinar. Me contestó que era fácil, que ella me enseñaría y me ofreció sus patines mientras le decía que tendría que cercenarme los dedos para poder ponérmelos. Sin darme cuenta  empezamos a caminar juntos mientras yo le cargaba los patines y conversábamos de coxudes y media. Ella parecía encantada y yo de hecho lo estaba…

Sin importarme el ridículo que estaba haciendo, acepté  su número de teléfono y lo grabé en mi celular, no sin antes llamarla y enviarle mi dirección vía text-message. Al día siguiente, la luz del entendimiento me hizo borrar su número y evitar sus llamadas, pero de nada sirvió tanta precaución, porque Tutty –así dijo llamarse- llenó mi celular con una cantidad impresionante de mensajitos de lo más inesperados y  cariñosos, que, a pesar de que denotaban toda la cursilería de sus jóvenes años, no puedo negar que me movieron el piso, orillándome a responder algunos, aunque de modo telegráfico, como para enfriar las cosas…

Al no conseguir mayor respuesta de mi parte y sin previo aviso, Tutty se apareció en mi puerta una mañana y me dijo con toda su coquetería y desparpajo:

– “Hola señor ingrato, dice su casera que es usted masajista, pues he venido a por un masaje…”

– “Pues no lo soy mocosa, es sólo un hobbie para mis amigas más intimas”.

– “¿Y qué hay que hacer para ser su “amiga más intima”?…”

– “¿Qué tal si esperamos hasta que seas mayor de edad y lo festejamos con un rico desayuno?”

Le comenté que estaba saliendo a trabajar, le agradecí la visita y le solté un adiós forever que sonó más falso que abrazo de suegra… No pude resistirme al atractivo mohín de su puchero: la tomé en mis brazos y le di un beso de despedida en la mejilla, rozando -sin querer-queriendo- sus labios nuevecitos…

Toda la bendita semana estuve pensando en esa piba, sufría un calvario cada vez que no le contestaba el fono… Incrementé mi cuota de ejercicios físicos, pero en otro de los parques para evitar cualquier encuentro. Llamé a mi prima sicóloga quien me habló del síndrome de soledad, el pre-climaterio y el desbalance del súper ego, recomendándome salir con mujeres más cercanas a mi edad, las cuales si no están casadas, están hechas mierda, locas, lesbianas, en plena misandria o en camino a la menopausia…

Yo puedo resistir cualquier cosa, menos la tentación, así que luego de una semana de abstinencia cogí el teléfono y la llamé. Empezó una extraña (dada la anacronía) amistad telefónica –ése fue el límite pactado- con llamadas de ida y vuelta, cada vez más largas, hasta el amanecer….

Era una de esas mañanas de domingo de primavera. Acababa de salir de la cama y no me decidía entre meterme un duchazo o empezar el día nadando un medley  en la piscina del condominio, cuando los ladridos  del latoso chihuahueño  de mis vecinos hicieron que me asomara a la puerta. Encontré a Tutti en el jardín, maquillada tenuemente y plena de arrebol, con su talle quebradito, su cabello azabache con ese peinado ponytail latino que me encanta, un top blanco sobre sus pechitos japoneses, el ombligo al aire con un pendiente de plata “925”, una faldita escocesa y high heels tan desproporcionados como sus patines… Una canasta le colgaba del brazo junto con llamativas chaquiras y en las manos llevaba anillos de fantasía y una licencia de conducir, a todas luces falsa…

–  “Vine a traerle un rico desayuno ‘paisa’ y  mis documentos oficiales…“, dijo con su musical acento colombiano.

Mientras Tutty se reía acompañada de unos movimientos realmente encantadores, pasaron por mi mente todas las complicaciones que podrían asaltarme si no lograba controlar mis impulsos y actuar como un adulto racional y ecuánime… Recordé a la Lolita de Nabokov… a la Oona de Chaplin… a la Samantha de Polanski… Recordé, calculé, comparé, me increpé, colegí… y al final le contesté nervioso:

“A…de-lan-te preciosa…”

Ginonzski.

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Ginonzski

Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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