Lo terroríficamente efímero.

El mundo sabe ya que miles de mujeres están asustadas. Unos implantes defectuosos tienen la culpa. Se llaman PIP (Poly Implant Prothèse, en francés, que es más sophistiqué). Venían para realzar sus pechos y ahora encogen sus corazones. Venían para doblegar la cualidad tristemente efímera de la belleza y ahora se transustancian en enfermedad crónica. No es de extrañar: lo bello puede causar más terror que lo grotesco. El miedo es inherente en las cosas feas. Pero cuando los tentáculos del miedo se extienden hacia la hermosura, la hermosura que despierta nuestros instintos y conduce nuestras miradas y pone en funcionamiento nuestras glándulas salivares y ensancha nuestros vasos sanguíneos, el miedo deja de ser peón para convertirse en tirano.

A principios del siglo XX vivió en París una prostitua de origen polaco llamada Elzbieta Amdamczyk. La madame del local donde trabajaba la escondía en una habitación a la que se accedía cruzando una puerta con tres cortinas de terciopelo. Elzbieta era bella. Increíblemente hermosa. Tanto, que los clientes que acudían a verla caían en fuertes depresiones, muchos incluso se quitaban la vida, al pensar que no podrían nunca jamás volver a experimentar algo tan bello como Elzbieta. Elzbieta la bella, Elzbieta la efímera.

La melancolía que les provocaba el imposible retorno a un breve pasado entre sus brazos, aunque ese pasado hubiera ocurrido tan solo cinco minutos atrás, les resultaba intolerable. La gendarmería estaba obligada a apostar una pareja en el puente más cercano a la casa de Elzbieta para impedir que los clientes abrumados, sollozando ya de nostalgia, se arrojasen a las aguas oscuras del río Sena. Quienes soportaban aquella primera noche corrían el riesgo de perder familia, casa, oficio y ahorros, pues no podían perder la oportunidad de estar una vez más, aunque solo fuera una, con ella.

Algunos clientes, los más fuertes, los que más confianza en sí mismos demostraban en la vida diaria, banqueros o militares o jóvenes conquistadores de las más difíciles mujeres, propusieron matrimonio a Elzbieta nada más mirarla a los ojos. Ella siempre respondía que sí, con la esperanza de encontrar un hombre que la rescatase de la tortura de la soledad que causaba, irónicamente, el deseo irrefrenable de estar con ella para siempre. Los afortunados salían eufóricos de la casa. Pero, a los pocos minutos, minúsculas semillas de duda empezaban a germinar en sus ánimos. ‘Es imposible’, se decían los banqueros. ‘Algún día me romperá el corazón’, meditaban los militares. ‘Me dejará por su verdadero amor’, lloraban los jóvenes conquistadores de las más difíciles mujeres. Nunca regresaban a la casa de Elzbieta. Sus familias recogían los cuerpos ahorcados en las vigas de un desván, o los ingresaban en instituciones mentales, o se veían obligadas a ocuparse de ellos al quedar sumidos en un irreversible estado catatónico.

Cuando se corrió la voz de lo que ocurría en aquel lugar, los clientes también sintieron miedo. Tardaron mucho en dar por ciertos los hechos. Pero los crecientes casos de depresión, disforia, suicidio eran patentes. Aún así, Elzbieta no dejó de tener visitantes. Muchos creían, como Ulises, que podrían soportar el canto de las sirenas con solo atarse al mástil del barco. Estaban equivocados, no había soga que resistiera aquella belleza.

Ocurrió, como siempre ocurre, el paso del tiempo. Los rasgos de Elzbieta fueron difuminados a medida que se reblandeció su piel y su carne. Nunca fue fea, por muy mayor que se hiciese. Siempre deseable, siempre misteriosa, Elzbieta, cosa de brujería. Pero llegó un momento, a sus sesenta años, en que su belleza, a pesar seguir siendo extraordinaria, ya no causaba las terroríficas reacciones de antaño. Elzbieta incluso pudo salir de su habitación de triple cortina de terciopelo, en la que había pasado tantos años leyendo a la luz de las velas.

Continuaron brotando pretendientes, pero esta vez no desaparecían a las pocas horas de haberla conocido. Elzbieta, feliz, escogió al más feo: Martin, un basurero municipal que olía a deshechos orgánicos, bajo, contrahecho, jorobado, de brazos largos y peludos. Parecía un mono. La única condición que le impuso fue que nunca buscase fotografías de ella en su juventud, o pagaría el precio quedando convertido en estatua de sal. A Elzbieta le aterraba la posibilidad de que Martin descubriera lo que podía haber tenido si se hubieran conocido veinte años antes. No lo habría soportado. A los pocos meses, con gran pena, decidió quemar todos sus álbumes, solo para protegerlo a él de semejante peligro.

Únicamente entonces, cuando la belleza desapareció o quedó como una huella débil, adulterada, en la memoria de sus compañeras y de su madame o en la mente perturbada de los hombres que sobrevivieron a un encuentro con ella, Elzbieta perdió todo miedo. Durante los años que vivió con su marido hasta su muerte, fue absolutamente dichosa.

Se dice que queda un retrato de Elzbieta intacto. Se dice que fue tomado por un aristócrata ruso que nunca llegó a vivir la revolución, pues se dejó morir pasando una noche helada a la intemperie. Se dice que el retrato apareció entre sus pertenencias, durante el expolio de su palacio, cercano a Ekaterimburgo, en 1917. Se dice que la KGB lo utilizó durante la Guerra Fría para minar el ánimo de agentes norteamericanos. Se dice que ahora se conserva en una base de submarinos nucleares, en el mar del norte, dentro de una caja fuerte de triple hoja, tres planchas de acero reforzado como tres cortinas de terciopelo.

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Paco Bescós

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.