Libertad

Jonathan Franzen.

Ed. Salamandra, 2011

667 páginas.

Esta es la historia de una generación. Sus protagonistas son una familia que vive en un tiempo en que el mundo no sabe si ampliar sus horizontes o tratar de componer lo ya conquistado.

El padre, Walter Berglund, hijo de inmigrantes (¿qué individuo de E.U.A. no lo es?) de tercera generación, vive comprometido con las alternativas para subsistir en mayor armonía con el ambiente. Piensa en la sobrepoblación, en el uso de los combustibles fósiles y en la extinción de los seres vivos. Aún a pesar de esto, aporta con dos hijos a la explosión demográfica y se enfrasca en el habitual modelo de vida estadounidense. En su mediana edad se hace cargo de una fundación que busca preservar terrenos como reservas naturales para las aves. Pero dicha organización es, como la mayoría de éstas, solo una pantalla que limpia conciencias de millonarios. Todo esto, aunado a su falta de comunicación con su esposa, a la falta de apego a su hijo, y al exceso de amor de su asistente hacia él, le hace explotar, quebrarse y decidir entre cargar el peso de los problemas ambientales o tomarse la libertad de que no le importe, de darse cuenta que el exceso de libertad no estriba tanto en hacer lo que uno quiere si no en dejar ser libres a los demás, sin importar la factura.

El hijo, Joey Berglund, se debate entre quién es y cómo quiere hacer las cosas. El qué ya lo tiene decidido, quiere dinero. Joey representa a esta generación que no entra en problemas de conciencia, el dinero a como dé lugar, hasta que las formas de conseguirlo empiecen a molestar la propia. Joey tiene un carácter firme, es ambicioso, incluso en su vida amorosa no termina por convencerse de que debe pasar el resto de su vida con esa vecina de quien es pareja desde muy pequeños. De repente se ve envuelto en una serie de decisiones que no le gustan, viaja a Sudamérica con la hermosa hermana de su mejor amigo. Observa refacciones oxidadas que venderá como nuevas. No puede más. Al final de cuentas, no es tan liberal como los demás lo veían. Después de todo no es tan diferente a su padre y su libertad depende del tipo de persona que será, el cómo, a final de cuentas, sí importa.

Patty, la esposa, es quien se lleva una buena parte de las páginas de este libro. Es una mujer que no sabe si es desdichada porque no toma decisiones o viceversa. O ambas. En su mediana edad, Patty continúa con su altibajos emocionales y se esconde por un tiempo en una casita que Walter heredó cerca de un pequeño lago. Ahí ella lee La Guerra y La Paz (tal vez como un guiño de la libertad o la falta de ésta en la Rusia comunista en guerra y la USA capitalista en “paz”) mientras el músico mejor amigo de Walter se queda ahí mismo construyendo una terraza. Recuerdan esa atracción de su viaje a Nueva York y rompen la curiosidad. Rastros de esa libertad que no sabe Patty que tenía de joven, experiencias que no vivió, que no supo que podía permitirse vivir.

De Jessica, la hija, se puede hablar poco. Tal vez sea esa parte de la generación que busca la independencia personal, con o sin riqueza. Ella recibe un trato menos cariñoso por parte de su madre inclinada completamente hacia ese carácter fuerte de su hijo. Pero esto la hace identificarse con Walter, su padre, quien recibe también ese menosprecio de Patty. Jessica es el tipo de personas que tienen, lo necesitan, un concepto de la vida y se aferra a él para tomar decisiones, todo gira en lo que debe y lo que no debe ser, lo bueno y lo malo. Lo que vale la pena y lo que no, tal vez por eso se dedica a ser editora, donde ella se permite la libertad de vivir su vida pacíficamente, sin modelos de vida después de todo.

Franzen se arriesga con una novela de más de 600 páginas hablando de estereotipos, utiliza al clásico matrimonio inconforme y a sus hijos desconectados de los padres. El riesgo está precisamente no caer en un retrato común de los personajes. Por eso los divide en capítulos distintos y analiza el crecimiento de cada uno. Incluso con el recurso de la autobiografía que Patty “escribe”. Ya todos sabemos qué hay en la sociedad, incluso algunos pudieran sentirse identificados, pero esta novela no se trata de ver qué, si no de saber porqué. Lo triste es que nos damos cuenta de que un porqué real no existe. Hemos sido arrastrados al tipo de vida que vivimos, creemos que tomar decisiones es ser permisivos con lo que los demás quieren de nosotros. No así la siguiente generación, la de los hijos que no ven en sus propios padres sus modelos de vida. Esto, tal vez, sea un punto a favor de la globalización: nos permite ver más allá de nuestro entorno y adoptar el carácter que queramos frente a nuestra propia vida. Aunque ahí mismo está el precio, la soledad, el círculo afectivo familiar recortado, suplantado. El triunfo de la novela radica en no querer fotografiar a una generación, más bien señalar las grutas que desde arriba, desde el panorama donde vemos y generalizamos, no se pueden ver. En los detalles está el verdadero sentido de las cosas y Libertad es un cúmulo de detalles bien marcados de las decisiones y sus consecuencias, y de las verdaderas intenciones de esos actos.

Resulta curioso que, hablando de libertad o del modelo fallido de la libertad clase mediera estadounidense. No mencione a la religión más que como algo que ya pasó en el sentir americano, siendo un país fundado por protestantes. Una creencia perdida, una derrota a la manipulación de las iglesias. “In God we trust” para seguir teniendo la libertad de no creer en Él. O de creer en nuestra libertad a pesar de Él. Hay quienes opinan que a la novela se le pueden recortar algunas páginas, eso puede ser cierto como el hecho mismo de añadirle otras cien más. Jonathan Franzen no pudo encontrar un título mejor, él tiene la libertad de hacer su análisis generacional con las páginas que quiera, lo que se agradece es la forma amena de escribir sobre un tema tan hablado ya, tan mencionado. Esta es la libertad en un mundo globalizado. Ir y venir ajenos a los problemas del mundo, involucrarse en aquello que nos interesa; aquello de lo que podemos obtener, al menos, el beneficio de una conciencia tranquila. Los países se pelean todo lo demás. El verdadero sentir de la sociedad no se define por los problemas mundiales. Más bien, los problemas mundiales nunca podrán definir al individuo, quien se ha vuelto más en un producto, una mano de obra, una sola pieza solitaria, que en ser humano. Todos somos libres de ir y venir a donde queramos, de escoger el trabajo que más nos parezca, de vivir y casarnos con quien nos dé la gana, siempre y cuando encajemos en el modelo, en la sociedad, en esos pequeños deberes que vamos aceptando como parte de nuestra libertad. Definitivamente un libro que debe ser leído.

© 2012, Elías David. All rights reserved.

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Elías David

Elías David

Sostuvo en esta revista, hace tiempo, la columna de poemas Saudade que ahora retoma, ya sin saudade. Ha impartido en su ciudad natal talleres de creación literaria donde ha aprendido mucho. Textos suyos han aparecido en antologías regionales de su país y de Miami. Fue profesor de secundaria. Ahora sólo lee y escribe, o sea, no hace nada.