Las variaciones Dorothy: MARÍA JOSÉ NAVIA

Pop poétique

Juan Carlos Echazarreta

dorothyMiami, Florida, 2013

Editorial: SUBURBANO EDICIONES

Formato: Ebook

Hay libros que son como un puzzle. Tal es el caso de Las Variaciones Dorothy, el segundo libro de la ingeniosa narradora chilena María José Navia. Aquí, la escritora retoma su mejor registro: el cuento. Y nos entrega cinco piezas, aparentemente desligadas entre sí, pero provistas de pequeños detalles que, al ser captados, sirven al lector para ir ensamblando una historia provista de cierta unidad. Digamos pues, que el campo de batalla varía, y que los francotiradores apuntan desde distintas trincheras, aunque todos disparan al mismo blanco: a la misma persona (y/o a las variaciones de esa persona).

 La primera pieza de este volumen se titula Soundtrack: es una historia de terror, y también una historia de amor, narrada en primera persona por una estudiante que, en la silente soledad de su departamento, no puede dejar de escuchar los gritos, gemidos, los aullidos sangrantes, que emite su vecina, la mujer de al lado: una tal Dorothy Jones. Una pared (aunque también podría ser un espejo) separa la realidad de ambas mujeres, no obstante, dicha barrera no logra contener la intimidad de la pareja, ni tampoco el horror: “Sus gemidos parecen atravesar las paredes de mi dormitorio como el papel. A ratos parece que estuvieran golpeándola y no teniendo sexo. O tal vez las dos cosas.”, confiesa la estudiante, casi resignada a ser parte, por esa noche, del perverso ménage à trois del piso tercero.

De ahí en más, Dorothy no vuelve a aparecer, al menos no con ese nombre.

El cuento que sigue se llama #Mudanzas (finalista del concurso de cuentos PAULA). Este relato empieza como avión y termina como submarino, y no precisamente porque se hunda, sino porque deja al lector buceando la caja negra de algo que se hizo pedazos. Les dejo el comienzo; el final, averígüenlo: “La historia comienza con tres @ y termina con dos./ Con un solo hashtag, como mantra que se repite insistentemente: #mudanzas./ Un computador encendido en la penumbra. Y una canción.” ¿Qué diablos es ese lenguaje?, se hubiese preguntado Faulkner, agarrándose la cabeza a dos manos. Hemingway hubiese apurado el balazo. Pues bien, este cuento destila el trepidante pulso narrativo de la autora, dándole una impronta muy cinematográfica a este relato.

Por otra parte, este cuento contiene una propuesta estética interesante. Constituye el paradigma de como las nuevas tecnologías se han ido incorporando en la literatura contemporánea, acaeciendo en un espacio apenas imaginable a Huxley, a Borges, en el antiguo milenio, pero que, sin embargo, hoy por hoy, forman parte de una cotidianidad insoslayable a cualquier arte.

#Mudanzas cuenta tres historias: la de Rodrigo, la de Ana y la de Julia. Personajes que no se conocen. Distintos. Distantes. Con destinos muy… diferentes. Pero que, por alguna razón, se encuentran, dialogan, en ese mundo helado, inasible y falso, de las redes sociales.

De ahí en más, Julia no vuelve a aparecer, al menos no con ese nombre.

En Camino a Casa, nos encontramos con la historia de una mujer que recibe un diagnóstico fatídico. A saber: Cáncer de ________. (No le pone apellido, lo deja tal cual. Ergo: complete usted)[1]. Luego, tan confundida como aterrada, camina rumbo a la casa de sus padres. Su espanto se multiplica en cada paso, y le entra una nostalgia pop grave. De pronto, el cuento muda en una letanía de recuerdos, obstruyendo un tanto las arterias narrativas del relato. Dentro del charquicán popero asoman: Tom Jones, El Mago de Oz, Fresán, Escocia, Irlanda, Tailandia, Lost in Translation, Alanis Morisette, Andrés, Rodrigo, Roberto, una sopa de zapallo, el quiche de verduras, la crème brule, The Lumineers, Rojo y Negro, Enrique Lihn, El Padrino, la Virgen María. Etc.

María José Navia emplea con destreza los trucos del cuento. Esto se ve reafirmado en Favorita: una escritora in her thirthies enamorada de Andrés (posiblemente el terrorista que describe Julia en #Mudanzas), escritor cincuentón, separado y padre de una teenageer en pleno apogeo hormonal: Andrés realiza un viaje que interrumpe el contubernio, dejando a sus dos amores (hija y polola) padeciendo una incómoda convivencia, en apariencia agravada por la inútil y ensimismada disputa territorial, tan inherente al amor humano.

La estructura de este relato es ingeniosa, esmerada. Acude a la técnica del in extrema res, encajando, además, una historia dentro otra historia, al más puro estilo Fresán en su aclamada Historia Argentina.

(Please)Do Not Disturb es la última narración que compone el volumen. Y enseguida te asalta una sensación de haber escuchado esta historia en algún momento. Te detienes. Piensas. Encajas. “Por favor, ni se molesten en molestar.”, ríes. La historia, aunque cuesta un poco descifrarla, es alucinante. Literalmente. Dos personas deliran al unísono en habitaciones contiguas: ambos emprenden un viaje imaginario al centro de sus traumas. Ella no viaja al pasado, a diferencia de él. Sin embargo, en algún espacio de sus sueños ambos desconocidos se encuentran, y juntos construyen un recuerdo que les aliviará el destino. Este cuento tiene magia, dolor y desvarío, y un poema de Anne Sexton que se repite como un mantra insistente: “Dearest,/ although everything has happened, /nothing has happened”.

Con todo, Las variaciones Dorothy forman un conjunto de pequeñas tragedias posmodernas: concisas, fragmentadas, relativas.

Maria José Navia no subestima al lector, al contrario, lo desafía, lo sacude, en ocasiones, lo descoloca. Sus historias tienen ritmo. Corren mucho más rápido que sus personajes (jóvenes que caminan al ritmo cansino y melancólico de las viejas canciones de Nina Simone), precisamente esa velocidad, ese vértigo narrativo, hace posible que la tensión dramática impregnada en estos relatos sea constante.

Por último, me devuelvo al epígrafe: “…sólo nos queda erigir pequeñas y fugaces intimidades en espacios ajenos.”, Valeria Luiselli. Encuentro la pieza que me faltaba para completar el puzzle.

Y entonces Dorothy vuelve a aparecer, con zapatos rojos, y el mismo nombre.



[1] La prosista argumenta que “mamas” le parece una palabra horrible, y sus variantes pechos, senos, pechugas, muchos peores. Y tiene razón, suenan mal. Yo me inclino por la palabra teta, pero a las minas no les gusta. En fin. Cáncer testicular también suena monstruoso. Mejor decir Cáncer a un coco. Puesto así, y extrapolando el carácter frutal al otro sexo, tendríamos que apelar a las sandias, a los duraznos, en el mejor de los casos, a los melones. ¿Cáncer a los melones? No. Mal. Horroroso. Mejor convengamos en que la palabra Cáncer no le viene a ninguna palabra: y dejémoslo en blanco.

 

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Juan Carlos Echazarreta

Juan Carlos Echazarreta

Lector promiscuo, tenista frustrado, encantador de serpientes, barrendero, repartidor de leche, pulidor de ataúdes, escribidor, defensor de obras pías y abogado en unos meses. He escrito los cuentos "Lagartija con peluca" y "Se te juntan los veladores", 2011; la novela "Los bastardos de gloria", 2012; y actualmente trabajo en la Biografía No Autorizada del Chino Ríos.
Colaborador invitado en la extinta Revista 1000 cabezas y colaborador colado en las Revistas Terminal y Ojo Seco, quienes han publicado algunas de mis reseñas literarias. Y algo escribo en mi blog chazathedude.wordpress.com
Modestia aparte: soy un crack.