La Salamandra

La Salamandra

Por Esteban Lozano

El deseo nació en Judy cuando escuchó en la TV la broma de David Letterman acerca de lo curioso que podía ser el mercado de divisas: “en el Reino Unido, 200 dólares son 100 libras; en los Estados Unidos, 100 libras son Kate Moss.”

Judy descubrió que la atraían las delgadas (nunca lo había pensado hasta ese momento) y que enloquecería si no probaba con una mujer. Pero todo había comenzado mucho antes; para ser precisos, el día —la noche, más bien— en que había dejado a Georgie: después de aquella tercera o cuarta sesión amorosa, supo que ya no la satisfacía y quiso más.

Su deseo se cumplió cuando entabló relación con Tom: no es que fuese un gran amante, pero al menos con él alcanzaba un segundo orgasmo.

Aún se acostaba con Tom cuando Abe apareció en escena. Quizá el juego de sostener una relación a dos puntas, el malabarismo a que la obligaba el no ser descubierta, influyó inconscientemente en ella. El hecho es que con él aprendió el delicioso sentido de la expresión “orgasmo múltiple.”

Pero fue Alex quien realmente la erotizó en extremo, haciéndole descubrir en ella facetas que ni siquiera sospechaba existentes. Entonces puso punto final a su relación con Tom y Abe. Con Alex, la vigilia era una promesa que la noche se encargaba de cumplir. Los alaridos de Judy parecían un solo e intermitente grito de goce mayúsculo; un grito reincidente tras pausas cada vez más prolongadas, que apenas le permitían recuperarse para celebrar nuevamente el rito.

Cuando ya no creía que las cosas pudiesen mejorar; cuando la ansiedad porque la noche llegase parecía transmitirle la exasperante sensación de que el día era eterno y que su luz se interponía entre su cuerpo y el de Alex, llegó Andy. Andy la convirtió literalmente en un aspersor humano. Los orgasmos se sucedían casi sin pausa, hasta que Judy quedaba completamente exhausta, sus pechos enhiestos latiendo al ritmo del corazón como cerros durante un terremoto.

Fue entonces cuando Judy creyó conveniente apelar a un complejo vitamínico: el espejo le devolvió una imagen ojerosa y pálida, y temió que las noches acabaran con sus días. Quizá las vitaminas, aunque actuasen como placebo, lograsen aventar sus temores, infundados o no.

Cuando vio a Uly en la droguería creyó enloquecer. Uly entró en su vida a partir de ese preciso momento, y aunque a Judy le pareciese imposible, la primera velada que pasaron juntos hizo que se olvidara de Andy. Uly trocó cada sesión amorosa en una placentera tortura: la penetraba sólo una vez cada noche, pero no salía de ella hasta el amanecer, manteniéndola en tal estado febril que ella se sentía presa de un avasallante delirio, las espirales de cuyo vórtice la arrastraban a sensaciones recién descubiertas y a goces que parecían hallarse más allá de cualquier posible descripción.

Entonces escuchó la broma de Letterman en la TV y nació en ella el irreprimible impulso de probar con una mujer. No lo comentó con Uly, simplemente se lanzó a la busca del objeto de su deseo con fanático fervor. Encontró a una sosías de Kate Moss en una fiesta a la que la invitaron, poblada de pintorescos personajes, y el cruce de miradas le informó que también aquella preciosura gustaba de ella. Judy se dirigió al baño seguida por Eva (la chica le reveló su nombre después del intercambio amoroso cuyo único testigo fue el frío mármol de Carrara que servía de marco a las lujosas instalaciones sanitarias), y a partir de entonces ambas se encontraron una vez a la semana en secreto, cada vez en un hotel distinto. Judy gozaba de Eva y realmente había entre ellas momentos muy intensos, pero sentía que algo fallaba: incluso en esos instantes en que la sensualidad se potenciaba y crecía exponencialmente, el intercambio con Eva, contrastado con el que hasta el momento había mantenido con Uly, parecía devaluarse (fue la expresión que se le ocurrió, quizá porque en la empresa en la cual ostentaba un cargo gerencial solía tratar con agentes bursátiles). Judy decidió, por lo tanto, proponerle a Eva compartir con ella a Uly. Eva se mostró en principio reticente, pero ante la insistencia de Judy revirtió su negativa. A Uly no hizo falta convencerlo: los ojos le brillaron por encima de la barba. La primera noche en que cada integrante del trío usó a los otros dos y se dejó usar por ellos fue maravillosa para Judy, y evidentemente también lo fue para Eva y Uly. “Hasta aquí llegaste, Judy”, se dijo, plenamente convencida. Pero la vida aún le tenía guardada una sorpresa…

Judy abrió la billetera para pagar la cuenta con su tarjeta Platinum en el restaurante más caro de la ciudad, donde a diario almorzaba sola y hacía una prolongada sobremesa antes de regresar al trabajo. Al extraer la tarjeta, se deslizó junto con ella el retrato de Ben. Para Judy fue una señal inequívoca: hacía mucho tiempo que no veía aquellos ojos inteligentes, aquel semblante entre amable y severo, aquella frente amplia y noble… Hacía mucho tiempo que no veía a Ben. Tratando de conjurar su imagen, se obligó a pensar en Uly, en el frenesí que le provocaba, en él dentro de ella hora tras hora, espasmo tras espasmo de placer agónico, mientras quedaba anulado el audio de la vida más allá de la ventana y las estrellas danzaban en el cielo como blancos derviches rielantes. La evocación quedó trunca por la súbita presencia del mesero junto a ella. Judy le entregó la tarjeta, miró nuevamente el retrato de Ben y supo que el reencuentro era inevitable. Pocos días más tarde, cuando estuvo nuevamente a solas frente a él, Judy se preguntó cómo era posible que lo hubiese ignorado como lo había hecho, y durante tanto tiempo…

El cuerpo y el alma de Judy transmigraron gradualmente a una dimensión en donde sólo el sexo cabía; un sexo desenfrenado, transgresor, demencial, independiente de cuanto código reglamentara lo que debía considerarse moral o inmoral. Una salamandra ardiendo en el centro de una habitación vacía: ésa era la imagen que Judy tenía de sí misma cuando era capaz de razonar. La habitación era el mundo, el gélido universo, y la salamandra el ardor que de la pira-Judy emanaba, la hoguera-Judy encendida y mantenida en su punto más alto, sin pausa ni miramientos ni piedad, por un Ben único, insuperable, casi sobrehumano… Y en aquella dimensión no había lugar para Uly ni Eva ni nadie más: sólo cabían en ella Ben y Judy.

Cuando ya no pudo sostener la situación y la posibilidad de incurrir en un error en su trabajo se convirtió en una amenaza concreta, fue a ver a su jefe y le pidió que le otorgase una licencia por tres meses: necesitaba un descanso, estaba mentalmente agotada, alegó. Su jefe accedió, a condición de que se hiciese de inmediato un examen médico completo. Durante aquellos primeros días, Judy acudía por la mañana a la clínica, y el resto del día y la noche entera habitaba su propia dimensión junto con Ben. Los exámenes finalizaron y, curiosamente, el médico no le prescribió más que un complejo vitamínico. Entonces se entregó con un inusitado fervor al goce irrestricto de su cuerpo y del de Ben, habitando la dimensión construida entre ambos sin límites espaciales ni temporales, haciendo de esa dimensión la única posibilidad de continuar respirando, latiendo, existiendo…

Un día o una noche Judy despertó o creyó despertar y se encontró rodeada por todos ellos. Miró sus rostros uno a uno y fue sumando mentalmente: Georgie, Tom, Abe, Alex, Andy, Uly, Ben. Hasta ahí, el total era de 188. Cuando sus ojos cayeron sobre Eva, se dijo que no podía sumarla al resto sencillamente porque desconocía su valor actual.

Un instante después, abrió la tapa del bidón y los roció y se roció con la gasolina. Nadie se movió ni protestó cuando Judy, echándose en la cama entre ellos, hizo brotar la llama del encendedor.

Pocos segundos más tarde, los ocho billetes y la misma Judy eran devorados por un fuego purificador; un fuego tan intenso que los volatilizaba, y a pesar de ello un fuego que apenas lograba emular el ardor de la salamandra en la habitación vacía.

© 2013 – 2014, Esteban Lozano. All rights reserved.

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Esteban Lozano

Esteban Lozano

Con su primera obra teatral, “Los amantes de Shakespeare” (basada en una novela de su autoría), Esteban Lozano obtuvo en el 2012 el primer premio Monteluna de textos teatrales otorgado por el Área de Cultura de la Universidad de Huelva, España. Su primera obra, la novela “Procurar antes perecer” (biografía libre del corsario francés Hipólito Bouchard), obtuvo el Premio Novela Argentina otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación. El jurado, que la premió por unanimidad, estuvo conformado por María Esther De Miguel, Cristina Piña, Josefina Delgado, Orfilia Polemann y Oscar Hermes Villordo. Lozano es, además, autor de un volumen de cuentos, “HOLOween y otras historias del cercano mañana”, y de otras cuatro novelas: “Las crónicas madacasianas”; “El clan del Homo Lumpen”, “Las aventuras del Dr. Infante” y la citada “Los amantes de Shakespeare.” También es guionista cinematográfico. Ha escrito  “La garganta del Diablo”, “Cuando yo te vuelva a ver” (en colaboración con el periodista Gabriel Lerman), y “La casa del sol poniente” (en colaboración con el periodista y escritor Claudio Iván Remeseira), comedia dramática cuya filmación comenzará en el 2013 bajo la dirección de Guillermo Fernandino. Ha sido colaborador en los diarios “Ámbito Financiero” y “El Heraldo de Buenos Aires”, y en las revistas culturales “Temas” y “Lilith”, todas ellas publicaciones argentinas. En la actualidad se desempeña como Editor Asociado para “Luxury Road Magazine”, publicación bimestral panameña sobre lujo, arte y cultura. Previamente, Lozano fue Jefe de Redacción de “4W Magazine”, revista de características similares a la anterior.

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