La rebeldía de Ladrón de bicicletas

 

 

«Ladrón de Bicicletas» (Vittorio de Sica; 1948), es una de las películas fundamentales del Neorrealismo Italiano, que es a su vez uno de los movimientos más radicales de la historia del cine. Con el tiempo ha sido acusado de ser un movimiento efectista y meloso, pero ojo, hay que dejar claro su contexto: años 40, segunda guerra mundial, precariedad económica y social de una Italia destruida y, por supuesto, una industria cinematográfica en ruinas.

Cesare Zavattini, guionista de «Ladrón de Bicicletas» y principal ideólogo del movimiento, era un tipo de armas tomar, que tenía gran interés en que el cine se hiciera cargo de ese presente fatal de la Italia de 1945. Él es el autor de aquel texto corajudo que llamó «Tesis sobre el Neorrealismo», en el que expone lúcidas reflexiones sobre lo que él consideraba «una nueva actitud ante la realidad». Y es que Zavattini, en algo en lo que se asemeja mucho a intelectuales como el cineasta brasilero Glauber Rocha y la poeta chilena Gabriela Mistral, confiaba poderosamente en las posibilidades del cine como arte de revolución social. Una de sus observaciones en dicho texto es la siguiente:

«Los artistas tienen que mirar la realidad a través de la convivencia. La necesidad de convivencia puede nacer de experiencias de tipo ancestral; pero a nosotros, argumentistas, guionistas, directores, nos interesa instaurar relaciones profundas con los demás hombres y con la realidad; hasta conseguir una nueva relación de producción artística que no sólo transforme nuestro arte, sino que produzca resultados en la vida, de forma que se produzca una mayor convivencia entre los hombres. Muy pocos poseen la requerida paciencia para mirar y escuchar. Y, sin embargo, basta un gesto, una palabra, para modificar una relación».

Si hay algo que ha atentado contra la radicalidad del neorrealismo, es la influencia que este ha tenido en la historia del cine y la televisión. Son muchos los casos en que se han utilizado las características del cine neorrealista, para crear más y más historias entre la década del 40 y la actualidad. Por eso es que cuando un espectador activo de estos tiempos ingresa recién al movimiento, tiene esa sensación de que le están contando algo que ya conoce. Aquí es vital la insistencia en la ubicación espacio-temporal y cultural del neorrealismo, para que este espectador sepa valorar la grandeza de esta y otras películas del cine italiano.

Si existen cintas como «Valparaíso mi amor» (Aldo Francia; 1969) y «Crónica de un niño solo» (Leonardo Favio; 1964), es porque la influencia del Neorrealismo Italiano fue de tanto impacto, que creó una estética y una forma de entender el cine que llegó a todas partes del mundo. En especial, a América Latina. No es casualidad que Zavattini haya tenido un paso por Cuba a principios de los 60, escribiendo la película «El joven rebelde» para Julio García Espinosa. Tampoco es casualidad que en Italia se hayan formado directores como los antes mencionados Aldo Francia y Glauber Rocha, y también Tomás Gutiérrez Alea y Fernando Birri, todos figuras claves del cine latinoamericano, que tuvieron como maestros a los tres realizadores claves del movimiento: Vittorio de Sica, Luchino Visconti y Roberto Rossellini. Como una curiosidad cinéfila, habría que sumar que en el barrio Bellavista de Santiago de Chile, hasta hace no muchos años, había un teatro llamado «Ladrón de Bicicletas», bautizado así por su dueño, el periodista Carlos Pinto, en honor a la película.

Cada cierto tiempo, me repito algunas películas italianas de este período y pongo atención en detalles que siempre me llamaron la atención, pero en los que nunca profundicé. Casi toda la bibliografía que he estudiado sobre el cine neorrealista, coincide en que el estilo de este movimiento es de rebeldía contra la realidad europea y contra el cine predominante en ese minuto. ¿Cuál cine? Hollywood. Las búsquedas temáticas y estéticas del neorrealismo rechazaban el cine de Hollywood, por elementos como el actor/estrella, la síntesis de la narración y los grandes decorados, entre otros. Esto se puede apreciar en «Ladrón de Bicicletas», pero también en filmes como «Alemania Año Cero» (Rossellini; 1948) y «La Terra Trema» (Visconti; 1948). Si me presionan un poco, creo que estas tres son las películas claves del Neorrealismo Italiano.

Un crítico agudo como Cesare Zavattini, remarcaba este rechazo, utilizando estratégicamente elementos narrativos del guión, como ese detalle de que al personaje principal de «Ladrón de Bicicletas», Antonio Ricci, le roben la bicicleta justo mientras pega un afiche de Rita Hayworth, ícono de Hollywood. Más que una ironía, es un gesto de rebeldía máximo, que remarca la disidencia del Neorrealismo Italiano. Lo que sí es una ironía es que el propio Hollywood haya decidido inventar la categoría de «mejor película de habla no inglesa» para premiar a dos películas neorrealistas de De Sica; «El Limpiabotas» en 1947 y «Ladrón de Bicicletas» en 1949.

Me parece que un filme como «Ladrón de Bicicletas», que en 2018 cumplirá su aniversario número 70, y un texto como la «Tesis sobre el Neorrealismo», son referentes indispensables de cualquier persona interesada en la cultura y la creación artística, independiente del soporte o la disciplina de trabajo. Las décadas siguen pasando y esta obra de arte se mantiene intacta como visión de mundo y reflexión de vida de una época lejana, pero que todavía mantiene intacta su vigencia.

 

 

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Víctor Hugo Ortega

Víctor Hugo Ortega

*Víctor Hugo Ortega es periodista y escritor chileno, autor de los libros «Al Pacino estuvo en Malloco» (2012), «Elogio del Maracanazo» (2013) «Relatos Huachos» (2015) y «Las canciones que mi madre me enseñó» (2016). Es profesor en la Plataforma de Formación General de la Universidad de Chile, en la Escuela de Cine de la Universidad Mayor y Director del proyecto de formación de audiencias Barravento.
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