La partida de Nelly Munguía, voz y alma del Sara Sara

 Julio Mendívil

Hay cantantes de fama efímera. Pero Nelly Munguía, mi entrañable amiga, pertenece como Carlos Gardel, Edith Piaf o Janis Joplin, a esa estirpe de artistas que trascienden su tiempo. Su muerte —acaecida el cuatro de marzo pasado— pasó casi desapercibida por la prensa de un país como el Perú, tristemente dividido por enormes abismos culturales. No me sorprende por eso que se le haya recordado apenas como la intérprete de Flor de retama, el famoso huayno que marcó época al denunciar la violencia política estatal en los años 80. Sólo que Nelly Munguía fue mucho más que una cantante de coyuntura.

Nacida a los pies del Sara Sara —el cerro protector del sur ayacuchano—, Nelly emigró muy temprano a Lima para, desde ahí, conquistar el mercado musical andino, convirtiéndose en uno de sus más importantes referentes. La conocí el año 1986. En aquel tiempo yo era apenas un muchacho que soñaba ganarse un espacio en el mundo musical andino, defendiendo el estilo ayacuchano de charango. Y Nelly, siempre atenta a los jóvenes valores, fue a escucharme a algunos de mis conciertos. El Perú, o mejor dicho Ayacucho, sufría entonces una cruenta guerra, y Nelly se había hecho conocida por expresar en sus canciones el sufrimiento que desataba tal situación. De modo que para mí fue una grata sorpresa que, después de un concierto, me pidiera que le diese clases de charango y me uniera a su equipo artístico. Si he de ser sincero, nuestras clases no fueron prósperas, pero sí nuestra amistad. Durante casi cinco años trabajé estrechamente con ella, discutiendo repertorio, grabando, dando conciertos por todo el Perú, y tocando incluso en una tierra tan lejana como Corea del Norte, donde asistimos al cumpleaños de Kim Il Sung, durante el Festival de la Primavera en 1991, junto a Julio Humala, entonces joven promesa de la guitarra andina.

La verdad, Nelly distaba mucho de ser la cantante de vanguardia política que hoy, equívocamente, despiden los diarios. Por suerte. Ello tal vez resulte más evidente al confrontar su trabajo con el de otra cantante de la época: Martina Portocarrero, igualmente conocida por popularizar Flor de retama. Mientras que Martina, que había gozado de una formación musical académica en el Conservatorio Nacional, profesaba una abierta militancia marxista, Nelly no tenía ningún tipo de inclinaciones ideológicas. Por esa razón algunos músicos la habían tildado de oportunista, pues, para ellos, en tiempos de guerra, cantar canciones de contenido social exigía de por sí un posicionamiento. Yo, por mi parte, zanjaba la discusión con una proposición categórica: Nelly sentía lo que cantaba, aunque no lo pensara, mientras que Martina pensaba lo que cantaba, aunque no lo sintiera. Hoy que han pasado los años y las sombras de la guerra ya se han difuminado, me doy cuenta de que mi juicio fue injusto con ambas. Por supuesto, Martina Portocarrero sentía profundamente los textos que cantaba, aunque no lo hacía según los patrones que yo había aprendido al interior de la música ayacuchana, y Nelly, por supuesto, pensaba que la violencia política era dañina, aunque su posición no devenía en una abstracción programática, pues, a diferencia de muchos de nosotros, ella había entendido —precediendo posiciones posmodernas—, que el sentimiento del pueblo estaba tan inmerso en la tradición como en la vanguardia.

Pero si algo salva esa discusión de la banalidad, es que demostró que, a diferencia de Martina, Nelly expresaba los sufrimientos del pueblo andino en un lenguaje que le era familiar a este. Por consiguiente su importancia no se remitía exclusivamente a las implicancias políticas de sus textos, sino a la calidad y al poder de convicción de su performance sonora al interior de una determinada tradición musical. Ya sea en un huayno, en un yaraví, un pasacalle o una muliza, Nelly mostraba un dominio impresionante de los giros melódicos propios de la canción andina: sus sutiles apoyaturas, su refinada ornamentación melódica; todo eso unido a una voz tan poderosa que a veces vibraba en el pecho de quienes la acompañábamos musicalmente, hacían de ella una cantante sui generis y por demás convincente. Quiero decir, por tanto, que Nelly Munguía no fue una gran cantante porque haya denunciado algún tipo de injusticia social en sus canciones, aunque el hecho la enalteciera. Fue una gran cantante porque poseía un registro de voz excepcional y porque manejaba las técnicas vocales del canto andino con gran virtuosismo.

No se crea que ello se debía al puro talento. La música andina también le debe a Nelly Munguía el haber introducido en ella un nuevo sentido de profesionalismo. Su éxito era, en verdad, el producto del trabajo arduo de todo un equipo de excelentes artistas como Martina Jara, Marco Leclerc, Víctor Angulo o Julio Humala, que la apoyaban en la interpretación vocal, en el dominio escénico o en el marco musical, respectivamente. Nelly fue a mi parecer el primer ídolo del huayno, en el sentido que tiene dicho término en el mundo del espectáculo actual. Como Marilyn Monroe o Jim Morrison, Nelly era víctima de su fama. Acosada por su público, por entusiastas seguidores e impertinentes imitadoras, aprendió a vivir en una gran soledad, hasta que hacia finales del siglo XX partió a San Francisco a reencontrarse con sus hijas. Antes de ello, pasaba largas horas en su departamento en San Isidro sin más compañía que su propio canto. Ahí la visitaba yo y hablábamos de esperanzas y desengaños. Otras veces íbamos a cenar o a visitar a amigos relacionados con la música. En tales ocasiones Nelly solía presentarme como su hijo. Alguna vez pensé que era una estrategia para esquivar habladurías en un mundo lleno de envidias e intrigas como es el mundo del espectáculo. Pero con los años fui descubriendo que tuvo el mismo trato con otros músicos o productores de mi generación. ¿Era acaso una manera de compensar su otrora perdido rol de madre o una forma soterrada de contagiar su entusiasmo a las nuevas generaciones?

No lo sé. Pero sí tengo la certeza que siempre apostó por los jóvenes. Ya sea con Manuelcha Prado, con los hermanos Walter y Julio Humala, con Kike Pinto, Flor de María Canelo o Javier Echecopar, Nelly siguió de cerca en todo momento las renovaciones que fue sufriendo el huayno y supo combinarlas oportunamente con las viejas tradiciones. No por ello descuidó el trato con los maestros de antaño. Así solía compartir tablas con la Tuna Universitaria de Huamanga, Jaime Guardia, Raúl García Zárate, Manuel Silva, Pichincucha, o con el Trío Yanahuara. Por eso su repertorio incluye huaynos modernos y altamente poéticos como Hermano o El hombre, del compositor huamanguino Ranulfo Fuentes, y también huaynos tradicionales y anónimos como Urpischallay o Saywachallay rumi.

Nelly pasó los últimos días de su vida en Estados Unidos, aunque regresó repetidas veces al Perú para ofrecer su arte a quienes de otra manera no hubieran podido gozar de él. Después de haber cantado por décadas contra la muerte, entendió que era mejor cantar a la vida y se dedicó a apoyar proyectos sociales: Cantó para mujeres presas, para madres abandonadas, para niños huérfanos e impulsó desde la asociación Canto y Vida la forestación del territorio andino y la defensa del medio ambiente. Todo ello sin despliegue mediático. Es que junto a sus excelentes dotes artísticas, Nelly sumaba una enorme bondad humana.

Los pocos diarios que comentan su muerte remarcan la enorme pérdida que ésta representa para la cultura popular peruana. Me siento obligado a discrepar. No veo razón alguna para suponer que el aporte cultural de Nelly se circunscriba solamente al marco de lo popular. Su partida empobrece, sin más vueltas que darle, a la cultura peruana toda. ¿Por qué reducirla entonces a un papel subalterno?

© 2013, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

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Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).

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4 Comentarios

  1. pequeña pero grande al momento de cantar con alma corazon y vida es un gran vacio que deja a todos los que la hemos conocido dios la tenga en su gloria hasta siempre amiga mia

  2. Estimado Taco:
    Sí, Nelly fue muy valiente en cantar temas contra las injusticias, en un tiempo muy difícil. Y como siempre sus interpretaciones eran excelentes. El Perú ha perdido a una de sus más grandes cantantes.
    Un abrazo fraterno
    Julio Mendívil

  3. Estimado Julio Mendivil!
    Gracias por su articulo sobre mi hermana.
    Permitame mencionar en lo referente al 3er parrafo: ….Nelly sentia lo que cantaba…. Pues claro… debo mencionarle que en ese tiempo Nelly ya recorria gran parte de los pueblos y podia serciorarse sobre las desigualdades y atropellos en contra de estos.
    No había inclinaziones ideológicas pero si una marcación tajante contra la injusticia y desigualdad.
    Una anecdota: …. cuando terminó de grabar "Ofrenda" por esos años, llevó ella el LP a la casa de nuestra madre Braulia y nos hizo escuchar la canción. .. te digo que Nelly se sintia muy orgullosa de este trabajo. Hubo mucho coraje en nuestra pequeña conversación.
    extraño mucho a esta mujer, patrimonio cultural del Perú, extraño demasiado a mi hermana.
    Saludos cordiales
    Taco Munguia.

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