La música y los vínculos territoriales

 Julio Mendívil

Desde tiempos remotos los humanos nos hemos valido de la música para expresar vínculos territoriales. Pero las relaciones de la música con los sentimientos de pertenencia territorial o espacial son bastante más complejas de lo que sugeriría una típica cancioncilla sobre las oriundas bellezas de la tierra que nos vio nacer. ¿Cómo se relaciona a la música con los lugares?

Las relaciones de la música con lugares es tan variopinta como las expresiones musicales que las testimonian. Algunas regiones o algunas ciudades del mundo, por ejemplo, han pasado a nombrar un sonido característico. Así, por ejemplo, hablamos hoy en día del sonido de Liverpool para referirnos al mersey beat de los años 60, o de uno caribeño para expresar un tipo determinado de patrones rítmicos expandidos por ritmos como el reggae, la salsa, el mambo o el merengue. Este tipo de delimitaciones, hartamente complejas al momento de precisarlas verbalmente, suele servirnos de manera inconsciente como referente conceptual para clasificar la música con que nos topamos en nuestra vida cotidiana. Es por ello que incluso musicólogos de toda estirpe esbozan demarcaciones estilísticas para determinar procedencias y contactos y elaborar en base a ellos cartografías musicales. La músicas, como las personas, suele portar pasaportes.

Pero la música no sólo se vincula a la tierra por cuestiones aduaneras. El canto a la tierra natal es un tema recurrente de todo repertorio conocido, aunque la diversidad de modos sea por demás abundante. En la música country americana y en las tonadas bucólicas de los pastores cerdeños, por ejemplo, se suele cantar a los cerros, a los ríos y a los caminos, mientras que en jóvenes países como Uzbekistán o Moldavia se canta a la tierra valiéndose de pomposas odas a la madre patria. Si la música transporta valores, ésta es un medio muy eficaz para promover la fidelidad al pago. Pero la música no sólo dispersa el amor por un puñado de tierra. En Alemania, por ejemplo, el concepto de heimat —la tierra natal— ha generado una tradición muy rica que se remonta a los días del romanticismo del siglo XIX, cuando poetas de la talla de Novalis o Hölderlin rescataron para la lírica germana lugares como el bosque y las montañas, lugares antes no explorados sino de forma negativa en el arte del pueblo. Desde entonces en la música popular, sobre todo en el schlager, se ha alabado las virtudes del heimat. Pero hay algo sintomático en este tipo de cancionero. Y es que en él no se canta a la tierra como un espacio real, sino como lugar imaginario, como una proyección utópica de la tierra natal. La música por tanto no sólo sirve para elogiar el terruño, también es un lugar predilecto para crear ensoñadores territorios o, como diría el filósofo francés Michel Foucault, para crear heterotopías, lugares en los cuales vivimos utopías de manera efímera.

El vínculo territorial suele ser expresado de manera divergente incluso al interior de una cultura. Así en el ganster rap se canta al ghetto como un espacio social en el cual se viven discriminaciones y otras adversidades, mientras que el country ensalza la naturaleza rural del campo americano; la cumbia villera retrata la vida ardua de las villas miseria argentinas, mientras que el chamamé describe la vida rural del nordeste argentino con pincel pintoresco. La música expresa pues, amores, y horrores.

Pero uno de los casos más interesantes de vínculo territorial en la música es, sin duda, el dreaming, la serie de cantos sagrados de los aborígenes australianos, quienes demarcan su territorio atendiendo a las menciones de lugares contenidas en los cantos que narran la travesía mítica de los ancestros. El espacio físico de los aborígenes es desde dicha perspectiva un mapa musical, un producto colateral de la práctica musical de los seres ancestrales. ¿Qué mejor manera de probar su paso por el mundo?

© 2012, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

Compartir
Artículo anteriorCristina Barrios y Almanzor, una embajadora de arte
Artículo siguienteLeer NO produce placer
Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).

Loading Facebook Comments ...

5 Comentarios

Comments are closed.

Loading Disqus Comments ...