La música popular en Chile y su añoranza por un pasado

 Julio Mendívil

En Los orígenes del arte musical en Chile, en 1941, Eugenio Pereira Salas hace un recuento del desarrollo musical del país sudamericano desde tiempos prehispánicos hasta la tercera década del siglo XX. En él, Pereira Salas dedica escuetas páginas a las tradiciones indígenas chilenas anteriores a la colonia, concentrándose, por el contrario, en la irrupción española y en la expansión del pensamiento musical llegado allende los mares. Si leemos tal hecho en relación al título, Pereira Salas parece sugerir que la verdadera historia de la música en Chile se inicia con la trasposición de los conceptos y prácticas europeos al suelo americano. Si bien el hecho es coincidente en autores como José Ignacio Perdomo Escobar o Vicente Gesualdo para Colombia y Argentina, creo que en Chile esta idea tomó dimensiones más profundas. Los imaginarios popular y académico —tan a menudo divergentes— confluyen aquí en afirmar que el angosto país andino carece de un pasado musical con desarrollo propio.

La idea de que Chile no tuvo un “gran” pasado no se restringe a la cultura sonora. Tal vez sea esa nostalgia por un gran pasado lo que llevó a Neruda a cantar a la América toda, evocándola cual un tesoro que se no tuvo y que, sin embargo, urge recuperar. Y se me ocurre que tal vez sea también esa “falta de raíces propias” lo que haya llevado a Inti Illimani, Quilapayún y otros grupos a mirar el mundo andino y tomarlo como referente para imaginarse un pasado. No deja de ser paradójico, sin embargo, que esa mirada nostálgica hacia las reminiscencias de culturas ancestrales en Bolivia y el Perú no haya ido de la mano de una reivindicación de las culturas tradicionales vivas de Chile, las cuales, hasta donde alcanzo a ver y con excepción de Violeta Parra, pasaron desapercibidas por dichos grupos durante muchos años, siendo recién en los 70 que ingresaron al imaginario musical popular chileno, cuando Los Jaivas recurrieron a la trutruca como elemento sonoro. No menciono a Los Jaivas por casualidad. Su Alturas de Macchu Picchu es sin duda un nexo entre la añoranza nerudiana y aquellas que impulsaron las experiencias musicales de la Nueva Canción y el rock andino.

Durante las dos semanas que he pasado aquí en Santiago por razones académicas, mis colegas y amigos chilenos han tenido la deferencia de llevarme a ver espectáculos musicales. La mayoría de ellos fueron de gran calidad: Quilapayún, cueca brava, cueca urbana, el Ensamble Trasatlántico de Folklore Chileno, el cantautor Eduardo Peralta, el charanguista Quique Cruz, que mezcla sonoridades del jazz con el charango andino. No quiero detenerme en alabar las virtudes de estos excelentes músicos, sí compartir que en los comentarios entre bastidores, volví a percibir las huellas de esa nostalgia por un gran pasado musical chileno, pues según mis interlocutores, a diferencia de Bolivia o Perú, la tierra fundada por Almagro no tendría nada que lo enzarce con tradiciones musicales de larga data, siendo la cueca su género más antiguo, el cual, según fuentes de los albores del siglo XIX, sería de procedencia peruana.

Hay dos razones fundamentales para cuestionar estos lamentos que añoran un gran pasado musical. La primera es el sentido canónico que dicho pensamiento encierra al sugerir que sólo lo cualitativamente superior es digno de ser evocado. Evidentemente hubo muchísimas prácticas musicales entre las sociedades mapuche, selk’nam, diaguita o caucahué antes de la llegada de las huestes españolas. Sin embargo, la mirada nostálgica no busca los rezagos sonoros de esas sociedades, sino de aquellas de las cuales es posible vanagloriarse. En ese sentido, estas construcciones van de la mano de discursos nacionalistas que, de manera sutil, proponen, como diría Nietzsche, una visión monumentalista del pasado, vendiéndonos la ilusión de que sólo los “grandes hechos” son pertinentes en la escritura de la historia. Desde una visión etnomusicológica, como la que defiendo, todas las músicas tienen el mismo valor histórico, por consiguiente, Chile sí tuvo un pasado musical, y aunque éste no haya sido análogo al que se cree que tuvo lugar en el corazón del imperio de los incas, es tan digno de respeto y recuerdo como cualquier otro.

La segunda razón para no lamentarlo es que la carencia de un “pasado glorioso” también puede ser muy positiva. Chile es justamente la mejor prueba de ello. Tengo la certeza de que fue justamente esa añoranza por un pasado lo que llevó a la música chilena al eclecticismo que hoy la caracteriza. Nacida de la zamacueca peruana, la cueca se convirtió pronto en la danza nacional chilena, llegando incluso a ganar presencia en el Perú, donde, antes de ser bautizada como “marinera”, se le conoció como “chilena”. Fue justamente esa falta de apego a una tradición supuestamente ancestral —y digo supuestamente pues los géneros andinos que hoy celebramos como “milenarios” son de extrema juventud— lo que permitió a los músicos chilenos tomar de las músicas del mundo cuanto le pareció apropiado para formar su sensibilidad y su genio. Fue entonces esa falta de un gran pasado lo que libró a Chile de los discursos localistas que tanto dañan a las músicas populares de nuestros países al proponerlas como una cuestión museográfica, reacia al cambio que es afín a todo proceso cultural. ¿Serían hoy posibles las obras latinoamericanistas de Violeta Parra, Congreso, Inti Illimani, Santiago del Nuevo Extremo, los Prisioneros, Fusión Latinoamericana o Los Jaivas sin esa supuesta “falta de identidad” que los llevó a ver hacia fuera y a tomar lo ajeno como propio, mas no desde una actitud colonizadora sino para sentirse parte de ese destino de lucha?

El famoso compositor y pianista Ryuichi Sakamoto proponía en Illustrated Musical Encyclopedia, una de sus álbumes más afamados, ver las músicas del mundo como una biblioteca de la cual uno puede extraer un día un tomo y coger un fragmento y extraer otro libro al día siguiente y escoger otro fragmento para forjar así, sucesivamente, en base a citas y alusiones, una obra nueva. Sentir que le faltaba un gran pasado musical llevó a muchos músicos chilenos a hacer de la música del subcontinente una biblioteca sonora, cosmopolita, como la que propusiera el compositor japonés. No es vergüenza ninguna no tener un “gran pasado musical”. Tal lo demuestra el caso chileno, muchas veces es una suerte, y una muy constructiva.

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