La idea de Heimat y la música popular alemana

Por Julio Mendívil

La idea de Heimat y la música popular alemana

Chicho es peruano. Un peruano casado, separado, cincuentón, ilegal, un peruano varado en la ciudad de Colonia en Alemania, ganándose la vida como puede ganársela un extranjero sin papeles y con un dominio del idioma semejante al inglés de los orangutanes o el francés de los loros de las damiselas parisinas de alta sociedad. Un día Chicho se enamoró de una jovencita europea de origen peruano con tan mala suerte que ella correspondió a su amor. Y digo con tan mala suerte porque a los pocos meses de romance la muchacha quedó embaraza y Chicho con un problema que, si bien enaltecía su virilidad, no dejaba de atormentarlo: ¿Cómo podría enfrentar a los padres de esa muchachita casi menor de edad que llegaban al día siguiente desde un país vecino para hablar de sus planes futuros? ¿Cómo decirles que no tenía planes, ni visa, ni trabajo fijo ni seguro médico ni fondo de pensión ni nada? Mientras apuraba su cerveza Chicho se tiraba los pelos con desesperación y me preguntaba una y otra vez qué hacer. Pero yo no tenía respuesta alguna para él, así como él no tenía planes, ni visa ni trabajo fijo ni seguro ni nada.

Encontré a Chicho un día después de la cena con los futuros suegros. Lejos de la catástrofe que esperaba, ésta había discurrido amena y apaciblemente. Los padres de la chica habían sido comprensivos y se alegraban del embarazo. Tampoco era un problema que no tuviese empleo ni papeles en Alemania. El padre tenía una fábrica en el norte de España y él podía empezar a trabajar cuando quisiera. Pero aunque todo parecía andar de viento en popa, Chicho parecía más desesperado aún que dos noches antes. “¿Cuál es el problema?, le pregunté, desconcertado. “¡Quieren que deje Colonia!”, me respondió gritando. “¿No te das cuenta? ¡Aquí tengo mis raíces!”

Esta anécdota que puede llamar a risas, tiene un lado dramático que invita a la reflexión. Porque lo que quería expresar Chicho no era precisamente su fidelidad a esa tierra ajena que lo había acogido. La verdad, si mi percepción no me engaña, no se trataba de fidelidad a tierra alguna. Lo que de manera tan atroz atormentaba a Chicho era la idea de perder aquel mundo social que había ido construyendo durante tantos años en la ciudad alemana de Colonia: los amigos de ahora, los partidos de fútbol detrás del comedor universitario los domingos, un mapa propio de la ciudad que recorría diariamente para comprar en español, comer en español y hasta “tirar” en español, etc. Lo que quería decir Chicho cuando hablaba de sus raíces colonenses, en el fondo, era que a las orillas del Reno había encontrado la mejor manera de ser peruano. Mejor que en el Perú, incluso. Y que no estaba dispuesto a perder todo aquello, pues esa era su casa, aquello que los alemanes llaman Heimat.

La expresión “echar raíces” pueden generar malentendidos semánticos, pues se remonta a un tiempo en el que se creía que la cultura estaba estrictamente circunscrita a un territorio determinado. En tiempos modernos se creía que todo en el Perú era muy peruano y que todo en Alemania era muy alemán, así como todo tenía que ser muy francés en Francia. Supuestamente surgidas en tiempos remotos, las culturas parecían florecer en determinados espacios, impregnando la vida de los lugareños de manera inexorable. Pero esa forma metafísica de ver la cultura ha ido cediendo en tiempos posmodernos a medida que se ha impuesto en las ciencias aquello que en los círculos académicos llamamos el linguistic turn. Lo que este giro linguístico trajo de nuevo fue el convencimiento de que el ser humano construye y describe el mundo que lo rodea con palabras y que, por tanto, la producción de significados es parte esencial de cualquier intento de aprehender la realidad, si es que tal empresa es posible. Esta idea, que al principio parece tan abstracta como las barbas de Zeus, puede ser explicada de una manera muy sencilla si uno considera la maleabilidad de las palabras, pues éstas no sólo expresan el mundo sino también lo definen y lo amoldan. Así, para entender a cabalidad esa frase desesperada de un peruano ilegal en una ciudad alemana, tenemos también que ir más allá de las palabras para desenterrar su significado profundo, pues la nueva Heimat de Chicho no era Colonia, aquel sitio a orillas del Reno, sino ese mundo virtual que él había construido en ella, convirtiéndola en un antro de peruanidad tan auténtico como la esquina del Estadio Nacional con su aroma a anticuchos y choclos sancochados. Pero ¿qué es la Heimat?

Siendo condescendientes podría rastrearse la palabrita hasta las viejas lenguas germanas de la Edad Media. Su dimensión cultural tomó cuerpo, empero, en el siglo XVIII, cuando surgieron los estados naciones en Europa y la cultura global del cristianismo temprano empezó a ceder y a distinguir entre las regiones del vino y de la cerveza. En el Diccionario gramático y crítico del Habla Alto-Alemana de 1796 los hermanos Grimm —sí, los mismos de los cuentos— la incluyen como un vocablo de género neutro, es decir, como “das Heimat”, y la definen como „un lugar, el país, en el cual uno se siente en casa, es decir, su ciudad natal, su patria”. Aferrado a ese vínculo territorial das Heimat fue hacia principios del siglo XIX un sinónimo de Vaterland, de patria, hasta que como Rosa von Praunheim cambió de sexo. El pedagogo Klaus Lindemann dice al respecto: “Puede ser que Herder ya 1770 haya preparado el terreno al concepto [femenino] de Heimat, cuando en sus versos ‘Al Genio Alemán’, cantó a la ‘Mutter Vaterland’ [Madre Patria], para no tener que mencionar la palabra ‘Mutterland’ [Matria] que sonaba demasiado femenina en el espectro de la poesía patriótica”.

Sea como sea, lo importante es que ya a principios del siglo XIX la Heimat femenina se convirtió en el núcleo de una poesía que tenía como tema la dicotomía entre Heimat (la tierra de uno) y Fremde (el territorio extranjero), es decir, entre un lugar tanto originario y acogedor y un medio extraño, cosmopolita, sin raíces y enajenante. En esa poesía la añoranza por la Heimat se refiere aún a una distancia espacial, mas hacia comienzos del siglo XX con la aparición del Heimatbewegung, que proponía el regreso a un tiempo idílico anterior a la modernidad, esa añoranza alcanzó una dimensión temporal, convirtiéndose en lo que la filóloga americana Celia Appelgate ha llamado de “lucha de la tradición contra la modernidad, de la naturaleza contra la artificialidad y la cultura orgánica contra la civilización.”

Durante el Tercer Reich el nazismo retomó esa tendencia antimoderna y estampó todo lo foráneo como enajenante y decadente, convirtiendo así a la Heimat nuevamente en un sinónimo de Vaterland. Canciones como “Vamos por nuestra tierra tocando música” o “También en Francfort del Meno” muestran con creces cómo la propaganda nazi se valió de la música popular para expandir proclamas ideológicas sobre una nación alemana idealizada, una Germania que cantaba, no a la Alemania real o histórica, sino a lo que debía ser la tierra de Sigfrido según los desvaríos de los fascistas. Tras la derrota y en medio de un país destruido por las bombas aliadas y por la radicalización de la modernidad que desvinculaba prácticas tradicionalmente locales de sus lugares originarios para integrarlas en prácticas globales y abstractas, la idea de Heimat se desprendió de aquel nexo territorial y comenzó a significar una tierra prometida e idealizada, algo mucho mas personal que la patria: “Lo que el Duden entiende por ella no se puede traducir fácilmente”, ha comentado el escritor suizo Max Frisch alguna vez. “My country ensancha y a la vez limita Heimat desde un principio a la circunscripción de un estado. Homeland presupone colonias, Motherland suena más afectuoso que Vaterland, el cual con preferencia exige más y protege menos que lo que pretende ser protegido con cuerpo y vida. La patrie significa de arranque una bandera y yo no puedo decir que sienta el impulso de la Heimat cada vez que veo la cruz suiza”.

Diré lo mismo para el idioma de Cervantes. Heimat es intraducible. ¿Qué vocablo español podría despertar asociaciones nacionalistas o patrióticas y remitirse simultáneamente al idílico calor de un hogar diminuto pero acogedor?

Tras la derrota nazi Heimat pasó a convertirse en un sentimiento de añoranza temporal, en el deseo de recuperación de una tierra perdida, ubicada más allá de la realidad. Es por eso que Bernhard Schlink la ha denominado como una utopía o un no-lugar: “Independiente de cuán relacionado esté Heimat a lugares concretos –lugar de nacimiento, lugar de la infancia, lugar de la felicidad, el sitio donde se vive, se habita, trabaja, se tiene familia o amigos–, al final de cuentas no posee un lugar ni es lugar ninguno. Heimat es aterritorial. Heimat es utopía. El verdadero sentimiento de Heimat es la nostalgia. Pero incluso cuando uno no ha partido, el sentimiento de Heimat se alimenta de lo ausente, de lo que ya no está más o de lo que aún no es. Pues los recuerdos y el ansia son lo que convierten a los lugares en Heimat”.

Es precisamente esa idea de Heimat la que caló profundamente en la más controvertida de las músicas populares alemanas de la posguerra: el schlager alemán. Aunque estilísticamente hablando presenta un eclecticismo notorio, el schlager alemán puede ser definido como un género musical, ideológicamente conservador, de carácter romántico y con predominancia melódica, que goza de gran aceptación en Alemania, Austria, Suiza y en el norte del Tirol italiano. Si bien el término schlager data de la segunda mitad del siglo XIX, es recién a mediados del siglo XX, en el período posguerra, que la voz schlager adquiere una dimensión “nacional”. Hasta entonces el vocablo había denotado canciones que habían pegado, es decir, hits. Sin embargo, con la incorporación del adjetivo “alemán”, la voz “schlager” adquirió nuevas connotaciones, pasando a designar un cierto tipo de producciones musicales locales que buscaban contrarrestar la invasión musical norteamericana sucedida tras la derrota del Tercer Reich. “Nostalgia”, uno de los primeros éxitos de schlager alemán en la posguerra, interpretado por el austríaco Freddy Quinn, expresaba la ansiedad de un país en escombros que evocaba, ya no un tiempo glorioso, sino un pasado idílico: “Allí, donde brotan las flores” cantaba Quinn, “allí donde verdean los valles / allí me sentí en casa / donde encontré a mi amada / ahí está mi Heimat”.

“Nostalgia” inauguró un nuevo tipo de schlager, una tradición de cantos sobre un paraíso perdido que se extiende hasta nuestros días. El etnólogo alemán Ralf Grabowski ha sostenido, con acierto, que si en los 50 la Heimat del schlager estaba ambientada en los paisajes solitarios del litoral norteño, en los 80 esta fue desplazada hacia la montañas alpinas y sus verdes campiñas. Pero, en los últimos años, en cuanto utopía, la Heimat ha pasado a ser un lugar sin referente en el mundo real como el que canta Stefanie Hertel, la reina del schlager folklórico: “Construiremos una casita con los rayos del sol / y no dejaremos a nadie fuera / Te doy gustosa lo que tengo / ganas de vivir cada día / Deseo que veas cada flor / que florece escondida y si canta un ave sobre un árbol / haré con ello una canción”.

Se ha tildado al schlager de anacrónico por su actitud antimodernista, por su apego a la tradición en desmedro de la reflexividad posmoderna que revoluciona todo. Y es verdad. La Heimat del schlager se halla siempre en el pasado y encierra siempre una añoranza: “Allá hay una casita de la infancia”, canta el dúo Judith & Mel “con gusto miras atrás / a la lejana tierra mágica / y ves la felicidad de tu Heimat”.

Se ha criticado al schlager alemán igualmente por ser una empresa conservadora y escapista. Pero tal vez también sea una rebelión frente a la celeridad de una vida cada vez más liberal, más ajena e incompresible. En un país en el cual 11 millones de ciudadanos viven solos, el schlager ofrece familiaridad, seguridad y compañía y construye, por eso, comunidades cada fin de semana, ya sea en salas de conciertos, en sets de televisión, en las salas de estar pequeño-burguesas —unidas mediante las transmisiones mediales— o en los bares. En uno de ellos me imagino a Chicho bebiendo, sin planes, sin visa, sin trabajo fijo, sin seguro médico, sin fondo de pensión, ni nada; lo imagino, pegado a la barra, escuchando algún schlager, soñando con su Heimat alemana, tan cercana y tan distante como toda utopía.

© 2013, . Opinions set out in this post are those of the author(s) and do not necessarily reflect the official opinion of Suburbano Ediciones.

Compartir
Artículo anteriorCRÓNICAS ILEGALES: La excepción de Murphy…
Artículo siguienteViridiana: máscaras y liberación en Buñuel
Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).

Loading Facebook Comments ...

4 Comentarios

  1. muchas gracias por tus palabras, Susana. No he hecho de ninguna ciudad mi heimat, tal vez porque ni siquiera Lima lo fue. A propósito hay una palabra muy especial en alemán para definir ese estado: heimatlosigkeit que significa carente de heimat. Se aplica a los exiliados y a los parias, cuando es involuntario el estado, y a los cosmopolitas como yo. Entonces tiene, lo cual es muy interesante, connotaciones negativas. Ser heimatlos es muy malo, así me lo decían mis informantes cuando estudiaba el schlager.

  2. Muy interesante el artículo y la reflexión alrededor del Heimat. Hay mucho de soledad en todo ello pero también una manera distinta de definirse, re(construirse), inventarse. El tema de la identidad, la territorialidad, la nación, en definitiva la construcción de los sujetos individuales y colectivos merece ser mirada, profundizada y cmplejizada. Me gusta mucho además el que partas de un hecho aparentemente tan sencillo para adentrarte en una realidad que es más común de los que se cree. Pienso por ejemplo en todos aquellos que como tú viven desde hace años fuera del Perú.

Comments are closed.

Loading Disqus Comments ...