La cola de la serpiente

Leonardo Padura.

Editorial Tusquets.

185 páginas.

Anticipemos que por aquí somos muy aficionados al género negro. Al género negro clásico o al género negro no tan clásico; nos gusta cuando esgrime todos sus arquetipos o cuando parte de principios innovadores. Nos parece un excelente vehículo para todo tipo de voces, todo tipo de ideas, estilos y personajes. Los pactos con el lector en la novela policiaca son de probada eficacia: lo atrapas con un poco de sangre, olor a pólvora, y ya es tuyo; ya puedes meterle entre pecho y espalda lo que a ti te apetezca, lo masticará, lo tragará y lo digerirá sin chistar.

La cola de la serpiente es un relato de detectives de lo más clásico. Con todos sus ingredientes: el poli, el amigo del poli, el caso, la mujer fatal, el malo, el que no se sabe si es malo, el chulo, el soplón, el golpe en la cabeza en el momento adecuado, el papelito con la pista, la resolución agridulce… Leonardo Padura (La Habana, 1955) los dispone en un orden óptimo, los mezcla y los cuece en los tiempos exactos y los adereza con otros componentes más exóticos, que luego comentaremos, para darle un toque de inequívoca personalidad. La solvencia de Padura en estos trámites no es nueva, se explica si tenemos en cuenta que esta es la séptima novela de la serie del detective habanero Mario Conde, serie que comenzó con Pasado perfecto (1991) y que tiene encandilado a todo amante del género. Tanto, que Mario Conde (desafortunado nombre al que debes acostumbrarte si conoces la Historia económica reciente de España) ya le ha valido a Padura premios como el Café Gijón y el Dashiell Hammet en tres ocasiones.

En La cola de la serpiente encontramos a un Mario Conde cansado, harto de todo, al que no le apetece nada meterse en un nuevo caso, mucho menos si compromete a uno de sus mejores amigos, Juan Chion. Pero ha aparecido un chino muerto en el antiguo Barrio Chino de La Habana, y Conde debe husmear en la curiosa idiosincrasia de los orientales para hallar al culpable. La premisa es una excusa perfecta para narrar la crónica de una ciudad, La Habana de la carencia, disfuncional y desorganizada, que se hace patente en un Barrio Chino, ni tan chino ni tan barrio, donde los pocos ancianos que quedan, emigrados a la isla décadas atrás, viven aún con tristeza la soledad, la incomprensión del resto de los ciudadanos y el desarraigo.

“Este Barrio se muere y el que Juan conoció por el año 1930 vivía  y gritaba. No te hacías rico, pero tenías todos los placeres, buenos y malos, ahí mismo, en el corazón del Barrio: el opio y el mayón, el teatro y las putas, las sociedades y la lotería, las fiestas y las peleas, las pandillas y los usureros, las fondas baratas y los restaurantes con reservados, evocaba Juan Chion y el Conde pensó que, en realidad, del espíritu de este lugar que por las palabras de Juan imaginaba cada vez más colorido y agitado, apenas quedaba aquel olor denso pero inapresable, y la memoria de unos cuantos chinos en vías de extinción, todos tan viejos y esquivos como Juan Chion o el difunto Pedro Cuang.”

No cuesta trabajo encontrar aquí una metáfora de la posición de Cuba en el mundo, ni cuesta trabajo imaginar a Padura preguntándose si sus compatriotas exiliados tendrán que pasar por un trance parecido al de los chinos sin raíces que presenta en su novela.

Además de esto, ¿qué más hay en La cola de la serpiente? Pues muchas cosas. Y muy atractivas. Hay una sensualidad en la prosa, propia de los escritores caribeños, que afecta directamente a los cinco sentidos y que tiene la capacidad de catapultarnos hacia escenarios exóticos, húmedos y fragantes, en tan sólo un par de líneas. Hay mucho humor y mucha melancolía, páginas en las que al lector se le escapa alguna carcajada y otras en las que le apetecería encontrarse junto a Mario Conde para arroparlo e invitarle a un vaso del ron que a él le gusta. Hay también un componente nigromántico, quizá construido sobre tópicos pero, para mi gusto, irresistible, como sacado de uno de aquellos relatos que Robert Leslie o Robert E. Howard publicaban en revistas pulp norteamericanas: altares chinos, paleros cubanos, taoísmo y ngangas, puñales y símbolos esotéricos, mafias y kárate, santería, divinidades ambiguas.

“—Yo no cleo en eso, capitán, pelo hay gente que sí, ¿tú sabes? Eso es cosa de paisanos que hacen blujelías de neglos y de neglos que hacen blujelías con cosas de chinos. ¿Tú vas a entendel? Pedlo Cuang la debía y alguien se la cobló, y pol eso le puso la filma de San Fan Con.”

Sin duda, Caribe y Extremo Oriente se llevan estupendamente bien bajo la batuta de Padura.

Hay, por último, unos personajes humanos y entrañables, de esos a los que el lector les desea lo mejor, aún sabiendo que lo mejor les es absolutamente inaccesible, por sus caracteres y sus circunstancias. Son personajes con múltiples claroscuros, ni buenos ni malos, simplemente reales. Los encabeza Conde, un policía que no quiere ser policía pero que no tiene talento para otra cosa, un alcohólico que no encuentra su ron favorito en ningún lado, al igual que no consigue acceder al amor tal y como quiere, pero que, por fortuna, está sobrado de amistades.

“Pensó con dolor cómo de aquel tiempo de gracia y sueños la realidad le había robado demasiados jirones y que el mundo en donde vivía cada vez se parecía menos al prometido mundo perfecto que les dibujaron la retórica y la trascendencia del momento histórico, un mundo para cuya construcción, todavía en proceso, les impusieron precariedades y prohibiciones, y les exigieron sacrificios, negaciones y hasta mutilaciones, incluso físicas.”

Es, La cola de la serpiente, al igual que toda la serie de Mario Conde, un libro que uno se puede permitir el lujo de disfrutar, si quiere, de una forma inmadura. Como cuando era niño y se enfrentaba por la tarde a sus primeras novelas: sin subrayar, sin reflexionar, sin esfuerzos. Simplemente, leer. Pero también soporta otro tipo de lectura, mucho más exigente, la que se detiene en ingenierías, en mecanismos y engranajes: por ese lado también funciona. Las construcciones más perfectas son las que no dejan a la vista ninguna costura, ningún remache. En La cola de la serpiente no se encuentra la mano del autor a menos que uno se esfuerce en buscarla. Lo único plenamente perceptible es el sabor del relato. El color de una buena historia.

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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Paco Bescós

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.