Jay Pritchett (Modern Family) y el estrés matrimonial

César Landeta

Dentro del mélange de relaciones familiares y caracteres neuróticos que sus productores han seleccionado para integrar el plantel de la comedia americana Modern Family, resulta difícil extraer con los dedos en pinza un personaje al cual analizar sin sentir que se dejan de lado a otros, igualmente merecedores de yacer bajo la lupa del investigador psicológico.

Sin embargo, la trayectoria que va describiendo el singular Jay Pritchett (Ed O´Neil, en la serie) le hace digno de una mención especial para el final menos feliz de todos.

La primera pregunta que uno debería hacerse no es por qué este individuo elige para casarse a una despampanante bomba sexy, mucho más joven que él y con un carácter endemoniado. Con solo dar un somero vistazo a Gloria (Sofía Vergara), tendríamos una respuesta inmediata.

La verdadera cuestión es por qué, luego de aceptar sus tétricos orígenes y el hecho de que el padre de Manny (su hijo) aparezca de vez en cuando para competirle en admiración tanto con el muchacho como con la esposa, Jay siga empeñado en cambiarla para hacer que se adapte al American Way descuidando el hecho de que ella mantiene un férreo apego a sus tradiciones, a su pasado en un peligroso barrio colombiano y sin duda alguna, al hombre de quien anteriormente se divorció.

A pesar de que los guionistas intenten convencernos en cada capítulo de lo funcional que es aquella relación de pareja y que la irritabilidad de Gloria es únicamente debida a su cálida sangre latina, al espectador aguzado en su percepción le queda el regusto lingual de una insatisfacción en otros planos menos evidentes.

Veamos la situación con algo más de detalle: tomando en cuenta que Jay es un ex-combatiente de Vietnam (guerra terminada en 1975) y padre de un hombre que ha pasado largamente de los 30 años, lo más probable es que esté rondando la medianía de los 60 o tal vez, un poco más allá. Esto no implicaría nada preocupante per se, de no ser por el sobrepeso que le engrosa la cintura, los hábitos alimenticios que se le observan y el estilo de vida estresada y amargada que lleva, el cual le hace candidato de favoritismo en la penosa carrera del infarto o el accidente cerebrovascular. Con estos datos a la mano, ¿qué podríamos deducir entonces de su desempeño en el campo de la sexualidad, con semejante volcán a un costado?

Siendo como es Gloria una mujer inteligente y aguda en sus análisis, debe saber que está en vías de convertirse en una flamante viuda rica y por eso no interviene de manera eficaz para preservar la salud del hombre al cual se encuentra ligada… por los momentos. No obstante, sus constantes reproches y la forma como remarca la clara diferencia física que existe entre ambos, revelan a las claras que lo que gana en un plano lo extraña en  otro no menos importante.

Si estuviera en mis manos, le aconsejaría tener algo más de paciencia y compensar sus carencias con el ex-marido o algún otro “emergente al bate” que pueda surgir en el horizonte, hasta que llegue el momento en que su lamentable contraparte se decida a salir del juego, dejándole el campo libre ya sea para regresar a “la capital mundial del asesinato” – como ella misma llama a su país natal – o invertir su herencia en algún próspero negocio en los Estados Unidos, si es que por fin logra el ajuste necesario.

Naturalmente, es preciso reconocer que todo esto no es más que una especulación de mi parte; pero coincidirá conmigo el lector en que el pobre Jay tendría una vida algo más satisfactoria, si al escoger su pareja hubiese tomado en cuenta lo que sabiamente dice aquella vieja copla cubana:

 

El hombre cuando se casa con una mujer bonita, hasta que no llega a vieja el susto no se le quita.

© 2013, César Landaeta. All rights reserved.

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