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He leído, paradójicamente rápido, en el móvil, un post de Homo Minimus sobre la lentitud. Se cita a un autor, Carl Honoré, y su Elogio de la lentitud: desafiando el culto a la rapidez. Sería bueno preguntarnos de vez en cuando si vamos rápido y si vamos lento, y cuándo nos ha ido mejor la vida, las cosas. 

Recuerdo un partido de baloncesto, en las canchas de Yangüas y Miranda, en una tarde ya de noche de otoño, finales de los ochenta. Mi hermano mayor y unos tipos más. Me veo con el balón en mis manos, y con tanto afán por hacer algo y todas las cosas a la vez que al final no hice nada. Curioso recordar esa microjugada, ese instante de hace unos veinticinco años, a priori irrelevante, mi cabeza baja, el balón aferrado, el momento en que me lo quitan. Habría que analizar cómo funciona la selectividad de la memoria. Quizá se me grabó el instante porque mi hermano me dio un toque, joder, decídete, hombre, y me vi a mí mismo algo ridículo en este atasco deportivo, reconcentrado en mi mismo, sin canalizar la jugada por ningún lado. Bloqueado.

Las ganas de ir rápido puede provocar, supongo, esos bloqueos, de los que no me he librado del todo en la vida adulta o sea lo que sea este estadio vital en que ando. La idea de que ir lento sea el camino más rápido para llegar donde uno quiere llegar. El clásico “Vísteme despacio que tengo prisa”. Esa prisa traicionera que puede que haya provocado un exceso de horas de trabajo baldío, que haya prorrogado esa dulce condena en los castillos de naipes propios, con bases quizá más débiles de lo debido precisamente por esa velocidad. Velocidad, prima hermana de la ansiedad, vicios que supongo que se van limando con la edad, la experiencia y esas vainas. Una de tantas conquistas en las que hay que poner de tu parte, frenando como se pueda la excitación, las ganas de avanzar por avanzar aunque uno se haya metido en la ruta equivocada. El coche del Scalextric que sale descojonciado en la primera curva, mientras nuestro rival conquista, vuelta tras vuelta, con parsimonia de tortuga sabia, el campeonato doméstico.

Iré más lento en mis próximos proyectos. Y la perspectiva me alegra, porque intuyo que los resultados pueden ser interesantes y porque al dilatar la permanencia en el proyecto se dilata también la sensación, balsámica, solemne, quijotesca, de estar en el mundo por algo, para algo. 

© 2014, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):