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Ese momento en que el músico hace lo que sabe hacer y la gente, el público, calla, que es lo que debe hacer. La elegancia de una guitarra y una voz, unas manos que arpegian las cuerdas como si hubieran sido diseñadas para ello. Tan solo esos elementos para que se genere una sensación de plenitud que se prolongará durante la mayor parte del concierto, quizá algún momento para una introversión que es tan profunda que nos conduzca al sueño, pero es un sueño placentero y quizá necesario. La comunión entre ese mundo onírico y el otro mundo, onírico también, aunque real, que nos ofrece el moderno trovador. 


Para escribir bien no hay que aprender a escribir bien, sino a mirar bien, a ser alguien de bien. Lo mismo sucede con la música, esa que va más allá del cocacolismo electrificado que vale para un éxtasis pasajero. También nos gusta esa, porque nace de la misma fuente misteriosa, de esa fuerza que nos supera y se desbroza en acordes y notas. Pero luego hay otra que deja un poso, como los buenos libros, aquellos que han sido creados sin arreglo a la cuenta de resultados artística. Con una pureza que sorprende incluso a su creador. 

Me fijo en las manos del trovador, en su recurso a esos instrumentos antiguos, incluso en su apego a una lengua que tiene mucho de antiguo, una lengua que se forjó día a día, siglo a siglo, y que tiene el atractivo de todo lo que ha sobrevivido. Como las enseñanzas de un Patanjali. Me fijo en esas manos que no conocen la pereza y van trotando por las seis cuerdas sin pensar en la siguiente nota. Hay algo en la música que tiene que ver con el yoga: la constatación del presente. Cada nota, como cada respiración, es distinta, aunque se haya repetido una y mil veces. Pero ninguna de esas veces se ha repetido en ese preciso instante, las ocho y cuarto de un sábado, 26, de abril de 2014. Respira cuando leas esta frase: es algo que has hecho muchas veces, pero nunca en este preciso instante. Todo es novedad. 

Me fijo, al volver a Madrid, tras una comida al oeste de la ciudad, en las señales horarias del reloj. Las 19 y 36. Las 19:36. 1936. Desautomatizo esos dígitos tantas veces vistos, que ahora me recuerdan a las de una fecha ominosa en nuestra historia reciente. Las horas como fechas móviles, a partir de ahora veré las ocho y catorce de una manera distinta, quizá le dedique un minuto de silencio. 20.14. 

La idea de no pensar en el futuro más de la cuenta, como hace el músico cuando va cantando sus versos, cuando recita esos textos entre canción y canción sin ninguna prisa. Paladear el tiempo, acariciar la cresta de la ola. No es fácil. Por eso aplaudimos y hasta nos ponemos de pie y queremos estrechar la mano de ese ser que ha conquistado algo que de alguna manera envidiamos y admiramos.

© 2014, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):